miércoles, 28 de noviembre de 2012

The Walking Dead: El Gobernador, de Robert Kirkman y Jay Bonansinga



Grimes, Glenn y Michonne, descubren el pueblo de Woodbury cuando buscaban los restos de un helicóptero que se había estrellado. Allí se encuentran con una retorcida combinación de deporte y perversión; como si se tratara de un circo, los muertos vivientes se enfrentan los unos a los otros por un trozo de ser humano. Y todo es obra de El Gobernador, el déspota que fundó y controla Woodbury. Pero ¿cómo llegó hasta aquí?
En un principio, cuando la epidemia comenzó, Philip reunió a un gran grupo de supervivientes alrededor de cuatro calles de la ciudad y se denominó a sí mismo: El Gobernador. Parecía un líder justo y fuerte, pero pronto su lado maquiavélico salió a relucir. Esta es su historia…
Inspirada en los comics y la exitosa serie de televisión, Timun Mas publica la primera novela de The Walking Dead que narra la historia del villano más grande de la serie, el Gobernador.

MI OPINION DE ÉSTA NOVELA

Pocos villanos en la historia de los comics han sido tan carismáticos como lo es El Gobernador. Para aquellos que leímos el comic y para los que ven la serie de TV, la imagen de Philip Blake es a la vez atractiva como temida. Hay algo en él que no está del todo bien… para nada.

Pero el caso de la novela que nos ocupa, una joya literaria del Genero Z, es más complejo.

Para aquellos que no vieron (¿hay alguien?) la serie de TV “The Walking Dead”, les resumiré que Philip Blake es el despótico y terrible Gobernador del pueblo de Woodbury, donde un centenar de supervivientes se alojan, en apariencia a salvo de la plaga de los muertos vivientes. Su fachada ante la gente del pueblo es la de un gobernante duro pero justo, lo cual esconde un pasado bastante trágico, aunque antes de proseguir debo hacer una salvedad: el Gobernador que sale en la serie de TV difiere mucho del que sale en el comic (y en el que está basada esta novela). No solo difieren en aspecto, sino también en ciertos hechos… pero bueno, todavía hay que ver cómo va a evolucionar el personaje de la serie de TV. A lo mejor con ciertas vueltas de tuerca (de las que abundan y muchas por suerte, en la serie) termine pareciéndose más a su homologo en los comics.

Bien, volviendo al tema de la novela en sí y al personaje del Gobernador en los comics…

Esta novela, escrita en conjunto por Kirkman y Bonansinga sirve como precuela no solo a “The Walking Dead”, sino al personaje. Nos lo presenta como un sobreviviente más de la extraña plaga que ha azotado la Tierra y que pone a los muertos a caminar como zombies hambrientos de carne humana. Él, junto con su hermano Brian, su hija Penny y su amigo Nick, recorrerán un largo y duro camino en medio de un mundo arrasado por el apocalipsis para encontrar un sitio seguro donde vivir.

Los que amamos el Genero Z y en especial las historias humanas de supervivientes, estaremos de parabienes con esta novela. Se explora muchísimo el costado humano de Philip antes de ser el Gobernador. Uno conoce sus miedos y sus emociones; ve el amor casi obsesivo –que degenera en enfermizo- por su querida hija Penny. También asiste a los lazos de amistad y familia que lo unen a Brian y Nick. Aquí no es uno solo el protagonista, lo son todos ellos. De manera más o menos coherente, intentan los cuatro (Philip, Brian, Nick y Penny) de sobrevivir como pueden en un mundo que de repente se vuelve hostil. No tanto por la presencia de muertos vivientes, sino por el lado del mismo ser humano.

El enemigo más peligroso, en estas historias, siempre –siempre- es el mismo hombre. Triste, pero cierto…

Los Blake lo comprueban en carne propia en su larga travesía que los lleva a pasar incluso por la infestada ciudad de Atlanta, donde se hace patente el grado de desolación y de infección que la plaga Z ha causado.

No es esta –la historia de Philip y compañía- una historia fácil. Es más bien compleja, muy compleja y bastante bien elaborada. Kirkman sigue demostrando que es un hábil narrador y se nota. Los que somos tanto fans por igual del comic y de la serie de TV  reconoceremos muchos tópicos de ambas aquí, entre sus paginas. Y nos sorprenderemos muchísimo con otros…

No voy a comentar ABSOLUTAMENTE NADA del final de este libro, del fatal desenlace de los acontecimientos, a pesar de que algunos los conocen. Baste decir que me ha dejado totalmente SORPRENDIDO. Es bueno resaltar en un libro y más de zombies, que la historia descripta contiene maravillas e inesperadas vueltas de tuerca. Hay una que es asombrosa, pero que a mí entender, ha sido gratificante –por lo lógico de la sucesión de hechos, digo, no por la desgracia en sí misma, claro-.

Así que, pasemos a…

EN SINTESIS: ¿QUE TAL EL LIBRO?

Decir “bueno” es decir poco. Excelente es la palabra justa. Bien armado, bien estructurado, con suficientes dosis de acción y de historias humanas. Con emoción, sustos y sentimientos. Con todo lo que una buena historia de zombies debe tener. Realmente, excelente.

Lo recomiendo totalmente. Para los fans de la serie y para los fans del comic. Vale la pena.

¡Saludos a todos!

domingo, 25 de noviembre de 2012

El mes que viene…



El final de mi saga de Superman. Finalmente, para acabar el año, publicaré mi ultimo fanfic (al menos de momento) sobre el Hombre de Acero: “Superman Eternamente”, donde el protagonista es el mismísimo hijo de Clark Kent, Thomas, quien tendrá la difícil tarea de calzarse la capa y el traje de su padre después de su fallecimiento a manos de Doomsday.
Un final a todo trapo, con personajes invitados, algunos viejos conocidos y muchas sorpresas. ¡No se lo pierdan! :)

jueves, 22 de noviembre de 2012

Superman: Hijo de Dios (Doce)



DOCE

Después de su resurrección, Kal-El se presentó en persona a sus discípulos, y durante un tiempo los acompañó, dándoles así claras pruebas de que estaba vivo; y les hablaba de lo que debían hacer en su ausencia, cuando se fuera.
-No estaré con ustedes mucho más – les recordó – Ya mi hora de irme se acerca.
-Maestro, ¿adonde iras? ¿Acaso no es éste el momento cuando darás otra vez su independencia a la nación de Israel?
-No les toca a ustedes saber cuando o en qué fecha van a cumplirse esas cosas; vuestra misión será ir y hablar de mí, tanto en Jerusalén como en toda la región de Judea y de Samaria, y hasta en las partes más lejanas del mundo. Y predicar nuestro credo… que el Amor, la Verdad y la Justicia prevalezcan ante todo.
Todos asintieron, comprometiéndose con la santa causa. Kal-El supo que ya era hora de irse.
Se elevó en el aire, flotando. Ante la atónita vista de sus discípulos, subió hasta el cielo y se fue volando. Empezaba así una leyenda…

De regreso en la Fortaleza de la Soledad, en el desierto, Kal-El habló con Jor-El por ultima vez.
-Hijo mío, tu primera parte en tu larga misión ha concluido con éxito. Ahora, debes encarar un largo viaje.
-¿Adonde iré?
-A las estrellas, a esperar el momento de tu regreso. La Humanidad es joven y debe asimilar tus enseñanzas, madurarlas. Cuando estén listos, regresaras para reunirte con ellos otra vez – la voz de Jor-El hizo una pausa – Hijo, esta será la nave que te llevara a tu nuevo hogar…
Una pared de cristal se abrió. Una nave grande compuesta del mismo material apareció a la vista. Kal-El miró al interior de su cabina; un panel de control hecho de cristales de Krypton brillaba con fuerza.
-Este vehículo te llevara hasta las estrellas – repitió Jor-El – a tu nuevo hogar.
-Padre, he estado pensando en algo… Tengo un pedido que hacerte.
-Dime cual es.
-Deseo llevar a alguien más conmigo.

La mujer se encontraba sentada en una silla, sola, dentro de su rustica vivienda. Miraba el fuego encendido en un brasero, con tristeza en su corazón.
Su hijo había muerto hacía poco, y ella nada puedo hacer. Con muchísimo dolor, fue una de las que acudió al Gólgota a ver cómo era fijado en la cruz de madera. Lloró y lloró durante un tiempo y le rezó al Señor para que se lo devolviera, pero a la final, como el mítico Job, agachó la cabeza y aceptó el golpe con entereza.
“Lo que Dios da, Dios quita”, se dijo.
En ese momento, un viento fuerte abrió la puerta de entrada a la casa. Maria se volvió y lo vio; vestía una túnica y una capa blancas, y su barbado rostro le sonreía.
-¡Kal-El! ¡Estás vivo! – exclamó ella, llorando de la alegría. Lo abrazó – ¡Bendito sea el Señor!
-Madre – dijo él, y pese a que ella no era su madre verdadera, la palabra nunca sonó tan dulce en su boca – Escucha: he venido a buscarte. Quiero que vengas conmigo.
-¿Ir? ¿Dónde?
-A las estrellas… al Reino de Dios… Subo hacia allá y tú vienes conmigo.
La miró con infinita ternura. Ella de devolvió la mirada con igual cariño y amor. Luego, bajó sus ojos, con humildad.
-Si esa es la Voluntad de Dios, solo me queda cumplirla – dijo – Yo soy esclava del Señor; que Dios haga conmigo lo que has dicho.

La nave de cristal surgió de la Fortaleza elevándose hacia el cielo. En su interior, sus ocupantes observaron como la Tierra se iba alejando de ellos.
Al llegar cerca de la orbita lunar, Kal-El y Maria miraron al planeta por ultima vez. Era una esfera azul y blanca, suspendida contra un negro telón de fondo salpicado de estrellas.
-¿Volveremos alguna vez? – preguntó ella. Kal-El sonrió.
-Volveremos – respondió, con firmeza. Tocó uno de los cristales del panel de control.
La nave se deslizó lejos de la Tierra a hiper-velocidad. Como una estrella fugaz, se perdió en el infinito.


FIN

Superman: Hijo de Dios (Once)



ONCE

-Hijo mío – dijo Jor-El.
Kal-El abrió los ojos. Estaba dentro de la Fortaleza de la Soledad. Los cristales brillaban a su alrededor.
-¿Por qué? – preguntó.
-Para que se cumpliera tu destino, tu propósito – explicó la voz de Jor-El – Tú sacrificio no ha sido en vano. Nada se ha perdido tras esta acción.
-¿Pero por qué debí morir para cumplir con mi destino? Padre, no entiendo.
-No es fácil hacerlo, Kal-El – terció Jor-El – Durante años, ésta gente profetizó la llegada del Mesías, un enviado divino que los liberaría del yugo de las naciones que los esclavizaban y oprimían. Pero tú has hecho algo más que cumplir con esas profecías. Tú muerte servirá de recordatorio para aquellos que te seguían y les impulsara a hacer buenas obras. Tus discípulos crecerán y finalmente, tú historia será contada. La historia de un ser venido de fuera de éste mundo que inspiró la fuerza de la paz, no la guerra. Que predicó el amor, la verdad y la justicia. Y que vivió, murió y resucitó como prueba de fe para la esperanza. Hijo mío, tú eres esperanza para la Humanidad. Un símbolo que les inspirara a ser mejores personas.
Jor-El calló. Kal-El ponderó sus palabras.
-Has dicho: “Que vivió, murió y resucitó…” ¿Significa eso que no todo acabó aquí?
-Hijo, esto no ha hecho más que empezar…

El cristal sobre el pecho del cuerpo envuelto en una sabana brilló con el fulgor de un sol en miniatura. La cueva tembló por unos momentos.
No pasaría mucho hasta que la figura cubierta por el sudario se alzara, viva de nuevo, y con su enorme fuerza removiera la roca que tapaba la entrada.
Respirando una amplia bocanada de aire, Kal-El miró hacia el cielo. Todavía estaba medio oscuro. Era el primer día de la semana, tres días después de su aparente muerte.
Un ruido cercano le llamó la atención. Sus superoidos detectaron el sonido de pasos. A supervelocidad se ocultó tras unos árboles. Vio entonces a la mujer llegar; era Maria Magdalena, una de sus discípulas más queridas. En cuanto contempló que no estaba puesta la piedra en su lugar y el sepulcro vacío, se echó a llorar sin consuelo, creyendo que se habían robado el cuerpo de su Señor.
Él salió de su escondite a su encuentro.
-Mujer, ¿Por qué lloras? ¿A quien buscas? – le preguntó.
-A mi Maestro. Se lo han llevado y no sé donde lo han puesto.
Pero al volverse para ver con quien hablaba, vio a Kal-El sonriéndole con ternura.
-Maria – dijo él.
-¡Maestro! – exclamó ella, feliz de volverlo a ver. Corrió a abrazarlo.
“Kal-El”, dijo la voz de Jor-El en su mente, “Recuerda: no puedes entretenerte aquí. Hay cosas que hacer antes de que partas”.
Era verdad. Se separó de Maria y le dijo:
-Anda y dile a mis hermanos que subo donde está mi Padre y Padre de ustedes.
Ella asintió y contenta, se marchó. Fue a cumplir con lo que le pidió.
Kal-El miró hacia Jerusalén. Frunció ligeramente el ceño. Era cierto, tenía cosas que hacer antes de partir.

Lexius Luthor todavía dormía en el interior de su palacio cuando una violenta ráfaga de viento que entró por la ventana le despertó. Una figura ataviada con una túnica y capa blancas se presentó ante él.
-¿Tú? ¡No puede ser! ¡Éstas muerto! – dijo.
-No. Estoy vivo, Luthor. Lamento desilusionarte.
-¡Guardias! ¡Guardias!
Pero Kal-El se movió supervelozmente y atrancó la puerta del aposento. Atrapado, Luthor se levantó de la cama y corrió hasta el cofre de plomo con la Kryptonita dentro.
Nunca llegó a tocarlo. Kal-El se lo arrebató de las manos, fue hasta el balcón de la habitación y con todas sus fuerzas, lo arrojó en dirección al cielo. Con pasmo, Luthor vio cómo su única arma contra el intruso desaparecía en las alturas y a la distancia. Al ver el rostro serio del kryptoniano, retrocedió.
-Tú… ¡Tú no puedes tocarme! – dijo – ¡Soy el gobernador de Judea! ¡No puedes hacerme nada! ¡Una orden mía y tu gente la pasara muy mal! Tú…
Una sombra apareció detrás de Luthor. Éste apenas tuvo tiempo de volverse y de ver el rostro pétreo y los ojos rojos… instantes después, Darkseid tomaba posesión de su cuerpo y se volvía hacia Kal-El con desprecio y furia.
-¡Maldito seas, kryptoniano! – exclamó el Oscuro Señor – ¡Ignoró cómo has hecho para regresar de entre los muertos, pero juro que no descansaré nunca hasta destruirte por completo!
-Lo sé. Y es por eso que debo detenerte ahora.
Darkseid se mofó de él.
-¿Y como pretendes hacerlo?
-Contaba con que te tomaras la molestia de presentarte ante mí directamente una vez que viniera a ver a Luthor – se sacó el cristal kryptoniano del cuello – Y ahora, no solo lo has hecho, sino que también has entrado en un cuerpo material determinado. Lo único que necesitaba para hacer… ¡Esto!
Kal-El arrojó el cristal a los pies de Luthor. Explotó y un agujero negro se abrió, succionándolo con fuerza. Al darse cuenta de la trampa, Darkseid intentó huir abandonando el cuerpo de Luthor, pero aun en su forma inmaterial ya era demasiado tarde para él. Ambos fueron llevados por el agujero negro hacia la Zona Fantasma.
El vortice se cerró, cumplida su misión. Lo hizo justo cuando los soldados golpeaban la puerta cerrada de los aposentos del gobernador.
-¡Señor! ¿Está usted bien? – preguntaron – ¡Por favor, abra!
Kal-El consideró que su trabajo estaba cumplido. Se marchó por donde vino, a supervelocidad.

Superman: Hijo de Dios (Diez)



DIEZ

Kal-El fue llevado al Gólgota. Una multitud se apiñó para ver la ejecución. Con una toga harapienta y la Kryptonita encadenada a su cuerpo, los romanos lo obligaron a cargar con el madero de tormento. Si la roca verde no hubiera estado sobre él, seguramente habría podido hacerlo sin problemas. Ahora, cada paso que daba le parecía eterno.
Al llegar al lugar, los soldados le despojaron de la toga dejándolo con un simple taparrabos. Le colocaron una corona de espinas en la frente y procedieron a clavarlo en la cruz. Lo hicieron acostar sobre el madero y le separaron los brazos por encima de la cabeza, las palmas abiertas hacia arriba. Aquellos fueron los primeros lugares donde insertaron los clavos.
Oleadas de dolor lo atravesaron. Lloró y gritó como nunca lo hiciera en vida. Luego, siguieron con sus pies. Antes de alzar la cruz, un soldado tuvo una idea atroz…
-Dicen que éste es el Salvador. Pues bien, propongo que lleve sobre su pecho la marca de su delirio.
Y con una espada, tallaron en carne viva sobre su pecho desnudo un símbolo, la “S”.

Cerca del mediodía, todo acabó. Kal-El expiró.
No solo fue por las heridas inflingidas a su cuerpo. Gran parte de la responsable fue la Kryptonita atada alrededor de su cuerpo. El envenenamiento celular fue tal que resultó imposible revertirlo.
Cuando la multitud de espectadores se marchó más tarde, bajaron el cuerpo del madero. Le sacaron la roca verde, junto con las cadenas, y lo llevaron a un sepulcro preparado para tal ocasión.
Lexius Luthor acudió a ver el cuerpo. Con cierta satisfacción, contempló el cadáver envuelto en su sudario. Ya no tenía que temer a éste pretendido Mesías. Muerto él, su culto lo acompañaría al olvido. De eso, se encargaría personalmente él cuando asumiera como Emperador de Roma.
Ah… Emperador de Roma. Luthor lo tenia bien planeado. Habría que quitar algunos cuantos estorbos de en medio, pero lo conseguiría. Estaba seguro de ello.
Antes de despedirse del cadáver colocado en la cueva que hacía las veces de sepulcro –un detalle curioso. Pese a que por “pedido de la gente” Luthor ordenó ejecutarlo, lo honró de alguna manera al depositar el cuerpo en una tumba decente– sacó de entre sus ropas el cristal kryptoniano de Jor-El.
-Pensaba quedármelo, pero creo que es tuyo – dijo, depositándolo sobre el cadáver.
Cumplida así su última tarea, el gobernador salió de la cueva y ordenó a sus soldados colocar la piedra para tapar la entrada.
Todo había concluido.
Al menos, por tres días.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Superman: Hijo de Dios (Nueve)



NUEVE

Kal-El fue llevado atado ante Luthor. Pese a que podía, en ningún momento intentó liberarse de sus captores. El gobernador romano lo esperaba en la sala de audiencias, sentado en su majestuoso trono. Cerca y a su lado, un representante del Sanedrín, el Tribunal Supremo judío, aguardaba de pie, mirando con frío desprecio al recién llegado.
-Bien, bien, bien. Al fin nos conocemos en persona – dijo Luthor, sonriendo. Kal-El no dijo nada. En completo silencio, lo miró – ¿Qué? ¿No dices nada ahora? ¿El gato te comió la lengua? Que curioso que un gran maestro religioso que gusta hablar a las multitudes, ahora que comparece ante la Ley no tenga nada que decir.
Silencio. Los azules ojos de Kal-El seguían fijos en el hombre calvo que tenia enfrente.
Lexius suspiró y se volvió hacia el representante del Tribunal Supremo judío.
-¿De qué se acusa a éste hombre? – preguntó. La sonrisa de tiburón en su rostro no presagiaba nada bueno. Es más, la pantomima que siguió le dio una idea aproximada a Kal-El de que aquello seria una burla de juicio, apenas una argucia legal para acusarlo formalmente de lo que ese hombre quisiera.
-Los miembros del Sanedrín y yo hemos encontrado a éste hombre alborotando a nuestra gente – dijo el representante del Tribunal Supremo – Dice que no debemos pagar impuestos al Emperador romano y también alega que él es el Mesías, es decir, un rey.
Las acusaciones eran una falacia, pero Kal-El no dijo nada. Luthor se volvió hacia él.
-¿Eres tú el Rey de los Judíos?
Silencio. No hubo respuesta.
-¿Es que no vas a hablar? – Luthor perdió la paciencia. Se puso de pie y se le acercó. Lo miró directamente a los ojos, de frente a frente – Se te acusa de alborotar a toda la gente de Judea con tus falsas enseñanzas. Eres el líder de un culto sedicioso que conspira contra el Emperador y el Sacro Imperio Romano. ¡Guardar silencio ante estas graves acusaciones no te salvaran de recibir tu castigo!
Pero Kal-El no respondió.
En el colmo de la furia, Luthor mandó a llamar a un guardia. Éste le trajo un pequeño cofre de plomo.
-Ahora veremos cuanto tiempo puedes mantenerte en silencio – el gobernador abrió el cofre. El brillo de la Kryptonita iluminó el rostro de Kal-El.
El impacto fue igual a un fuertísimo golpe. Kal-El  se desplomó en el piso, súbitamente debilitado. Grandes dolores y calambres recorrieron su cuerpo. Se arrastró, vencido, por el suelo.
-Vaya, vaya… parece que el Gran Hombre no lo era tanto a la final – Luthor tomó la roca verde. Se la acercó a la cara. El kryptoniano jadeó y sudó. Miraba suplicante al hombre que encima suyo esgrimía lo único que podía acabar con él – Como te decía… estás acusado de conspirar contra el Emperador y el Sacro Imperio Romano. La pena por tamaña afrenta usualmente es la muerte. Pero esto debe tener al menos un marco legal – Lexius sonrió – Así que te diré qué haremos: dejaré que sea el pueblo de Jerusalén, el mismo que te acogió, quien decida tu suerte. Por costumbre, suelo soltar un preso durante la pascua… el hecho es que si deciden que quedes libre, lo estarás.
Pese a sus prometedoras palabras, la expresión de su rostro quería decir lo contrario. Luthor no pretendía para nada que Kal-El saliera vivo de aquello.
Mandó a llamar a sus soldados. Dándoles la roca verde, les dio instrucciones de ponerla alrededor de su cuerpo con una cadena y darle una buena paliza, según él, “como medida ejemplificadora”.
Debilitado por la Kryptonita, Kal-El fue llevado a rastras por los romanos, quienes hicieron lo que su señor les ordenó. Engancharon la roca verde con cadenas a su cuerpo y lo golpearon. Le dieron cientos de azotes por todos lados hasta hacerlo sangrar.
La quitaron la ropa y el cristal kryptoniano que llevaba al cuello. Kal-El se desesperó. El cristal era su único enlace con la esencia de Jor-El en la Fortaleza. Intentó evitar que se lo quitaran, pero lo único que consiguió fue recibir otra salva de golpes por parte de sus captores.

Luego de la tortura inhumana que le inflingieron, los soldados le llevaron al palacio de Luthor otra vez. Una multitud había sido reunida afuera y el gobernador habló con ellos desde su balcón. Hizo que se leyera la sentencia y a continuación, dijo al pueblo:
-Me han traído a éste hombre, diciendo que alborota a la gente; pero yo lo he interrogado y ya ven, no lo he encontrado culpable de ninguna de las faltas de que lo acusan…
Luthor mentía. Quedaría sin duda como el héroe de aquella historia. O, al menos, como el que hizo lo posible por salvar a un acusado de padecer una injusticia. En suma, a ojos de todos, quedaba como un gobernante firme pero justo.
-Lo voy a castigar, y después lo soltaré – continuó diciendo. Era una persona lista. Había colocado estratégicamente a su gente entre la multitud. Su trabajo era arengar por todo lo contrario que pregonaba.
-¡Fuera con ese! ¡Deja libre a Barrabas! – gritaron.
Barrabas era un hombre al cual habían metido a la cárcel hace poco acusado de montar una rebelión en la ciudad y por asesinato. Los agitadores de Lexius pidieron por él.
-¿Y que desean que haga con éste otro hombre? – preguntó a la multitud.
-¡Crucificalo! ¡Crucificalo!
El clamor era grande. Luthor se volvió hacia Kal-El. Después de los golpes y azotes lucía un aspecto desolador. La Kryptonita seguía atada a su cuerpo por cadenas y apenas podía sostenerse en pie.
-Pues, ¿Qué mal ha hecho? – seguía el gobernador. En esencia, era un hombre cruel y disfrutaba mucho con aquel espectáculo – Yo no encuentro en él nada que merezca la pena de muerte. Lo voy a castigar, y después lo dejaré libre.
-¡No! – gritaron – ¡No! ¡A Barrabas! ¡Queremos que sueltes a Barrabas!
-¡Deja libre a Barrabas!
-¡¡Crucificalo!!
Lexius suspiró, ejecutando el papel de un hombre atormentado por la decisión que iba a tomar. Hizo que un soldado le trajera una palangana con agua y una toalla.
-Sea como ustedes piden – dijo – Yo, me lavo las manos.
…Y las metió en el agua.

Superman: Hijo de Dios (Ocho)



OCHO

La pascua llegó y finalmente Kal-El y sus discípulos tuvieron su ultima cena. Se reunieron los doce y él frente a la mesa y comieron pan sin levadura y cordero.
-Tengo un anuncio que hacerles – les dijo, después de repartir el pan y el vino ceremonialmente a cada uno de ellos – Uno de ustedes va a traicionarme.
La noticia fue una bomba. Los discípulos se miraron unos a otros, confundidos. ¿Quién de todos ellos podría hacer semejante cosa?
Pero Kal-El lo sabía. Había visto con sus rayos X el Símbolo Omega en la frente de Judas. La marioneta de Darkseid lo miró a su vez, con una leve sonrisa en el rostro.
-Lo que vas a hacer, hazlo pronto – le dijo a Judas.
Se hizo el silencio entre los presentes. Judas se levantó, hizo una reverencia y se marchó.
-Maestro, ¿Qué sucede? – le preguntaron.
-La hora de la prueba más difícil para mí se acerca, como ya les he anunciado con anterioridad. Voy a ser entregado a nuestros enemigos.
-¡No, Maestro! – saltó uno de los discípulos – ¡No lo permitiremos! ¡Lucharemos por ti!
Kal-El negó con la cabeza.
-No lo harán. Ninguno de ustedes.
-¡Pero…!
-¡No arriesgaran sus vidas! Vendrán a buscarme solamente a mí. Nada más. Ustedes no deben intervenir – les explicó – Ahora, acompáñenme – se puso de pie – Vamos a Getsemani, al cerro de los Olivos. Deseo orar.
Lo siguieron hasta allá. Mientras sus discípulos se quedaron abajo, él subió al cerro y en solitario, usó el cristal kryptoniano para comunicarse con Jor-El…
-Padre, si quieres, libérame de sufrir esta prueba – suplicó – Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
-Hijo mío – dijo la voz de Jor-El – No hay otro camino más que éste. Tienes que seguirlo. Es una vía dolorosa y llena de sufrimiento, pero es la única. Tu accionar salvara a muchos.
-¿Cómo? Padre, explícamelo, por favor. ¿Qué me espera?
Pero Jor-El no se lo dijo. Se hizo patente que evitó entrar en detalles y se refirió a otras cosas:
-La artimaña de Darkseid es grande, pero no es el único que desea tu muerte. Un poderoso hombre también desea destruirte, Kal-El. Ha venido observándote hasta ahora. Va a ser él quien te derrote y te humille.
-¿Qué debo hacer?
-Nada. No has de usar tus poderes está vez. Hijo mío, ármate de valor; esto es para que puedas cumplir con tu misión. Tu accionar salvara a muchas vidas.

Resignado, Kal-El regresó con sus discípulos. Justo en ese momento llegaron los soldados romanos, guiados por Judas.
-Ese. Es él – el discípulo traidor lo señaló. Los soldados avanzaron para apresarlo.
-¿Han salido ustedes con espadas y palos, como si yo fuera un ladrón? – les dijo – Cuando yo estaba con ustedes todos los días en el templo, ni siquiera me tocaron; pero ésta es la hora de ustedes, cuando la oscuridad es la que domina.
Miró a Judas. Dentro de él, Darkseid sonreía. Sin duda, esas palabras eran una bella ironía.
-¿Qué hacemos con el resto? – preguntó un soldado a su capitán, señalando al resto de los discípulos.
-Solo tenemos ordenes de llevar a éste – señaló a Kal-El – ¡Andando! ¡El gobernador espera!

martes, 20 de noviembre de 2012

Superman: Hijo de Dios (Siete)



SIETE

El tiempo siguió pasando…
Las obras milagrosas y misericordiosas de Kal-El y sus discípulos se extendieron por todas partes. Todo mundo hablaba de sus sabias enseñanzas y de sus asombrosos poderes.
Llegó entonces finalmente el tiempo de ir a Jerusalén. De todos los lugares de Israel, era el único hasta el momento que hacía años Kal-El no había pisado. Sus discípulos quisieron preparar entonces su entrada como se lo merecía el autentico Mesías prometido; consiguieron un hermoso caballo blanco, un semental purasangre.
Se lo presentaron, pero Kal-El solo sonrió y negó con la cabeza.
-Ustedes han visto como yo actúo – los reprendió sutilmente – Somos personas sencillas y humildes. Con este pequeño burro bastara.
-¿Un burro? – dijeron ellos, confundidos. Miraron al animal. Era inevitable comparar uno con el otro y no ver la clara diferencia. Pero su Maestro había hablado… seria un burro, pues.
Sobre él, Kal-El penetró tras las fortificadas murallas de Jerusalén. Al entrar, todos los creyentes que le seguían comenzaron a gritar de gusto y a alabar a Dios por todos los milagros que habían visto. Dijeron:
-¡Bendito el Enviado que viene en Nombre del Señor! ¡Paz en el cielo, y gloria a Dios!
Había por allí apostados muchos soldados romanos, quienes observaron la escena con burlona curiosidad. Se mofaron del hombre que entró en la gran ciudad arriba de un simple burro y al cual los judíos recibían como a un rey.
Lexius Luthor se enteró que el Hombre Milagroso estaba finalmente en su ciudad… y no le gustó nada de nada.
-Escúchenme bien – dijo a sus hombres – Quiero que lo sigan a todas partes. Quiero conocer todos sus movimientos mientras esté en Jerusalén, ¿está claro?
Los subalternos del gobernador romano obedecieron sus ordenes y se mezclaron con los seguidores de Kal-El, quién una vez en la ciudad, se dirigió al templo. Para su indignación, lo encontró convertido en un bazar.
-En las Escrituras se dice: “Mi casa es casa de adoración”. ¡Pero ustedes la han hecho cueva de ladrones!
Los vendedores se indignaron ante aquellas palabras. Se armó una gresca. Uno de ellos se acercó a Kal-El con un cuchillo y quiso apuñalarlo con él; para su insólita sorpresa, la hoja filosa se quebró ante el contacto con su impenetrable piel.
El kryptoniano fijó entonces sus ojos en las mesas con mercancías y botellas. Utilizando su visión de calor a potencia moderada, las hizo estallar. Los vendedores se espantaron, recogieron todas las cosas que quedaban y se marcharon finalmente del templo.
-¡Arrojaba fuego de los ojos! – comentarían más tarde algunos.
Cuando las cosas se calmaron, Kal-El predicó su evangelio allí mismo. Los espías de Luthor vieron en aquello una posibilidad de tenderle una trampa y hacerle decir algo que les diera el pretexto para entregarlo al gobernador. Le hicieron la siguiente pregunta:
-Maestro, sabemos que dices y enseñas lo que es correcto, y que no juzgas por las apariencias a los hombres, sino que enseñas con verdad el camino de Dios. Dinos, pues: ¿está bien pagar impuestos al Emperador romano, o no?
Kal-El no era ningún tonto. Se dio cuenta de la trampa tendida, aunque desconociera quién pretendía gastarla aquella jugarreta tan ruin. Simplemente respondió:
-Enséñenme una moneda – y cuando así lo hicieron, preguntó – ¿De quien es la cara y el nombre que tiene escrito?
-Del Emperador – le contestaron.
-Pues denle al Emperador lo que es del Emperador, y den a Dios lo que es de Dios.
Hubo murmullos de admiración. Los espías de Luthor le refirieron luego todo el asunto y el calvo procurador romano lo halló en extremo fascinante…

La fiesta de la pascua se acercaba, conforme el tiempo fue pasando. Kal-El y sus discípulos continuaron en Jerusalén, predicando y ayudando a la gente, para desazón de Luthor, quien veía como éste nuevo culto crecía día a día bajo sus narices con suma preocupación. Algo debía hacerse y pronto. Por eso, comenzó a idear planes para matar al líder de la que consideraba una secta sediciosa israelí.
Normalmente como gobernador no tenia problemas en hacer cumplir su voluntad, pero su temor estaba en la gente. Su fachada era la de un gobernador firme, pero justo. No podía aprehender a Kal-El sin motivos, ya que entonces atraería una revuelta a su puerta. El Hombre Milagroso era muy querido por todos, casi era un héroe –un superhéroe, si las historias sobre sus legendarios poderes eran ciertas– y por tal motivo, tenia que ir con cuidado a la hora de trazar sus planes.
En realidad, Luthor tuvo un golpe de suerte. No estaba solo en su cruzada contra el “Enviado de Dios”. Darkseid, que estaba al tanto de sus preocupaciones, decidió darle una manito. Entró en Judas, al que también llamaban Iscariote, uno de los doce discípulos principales de Kal-El, y entonces fue a ver al gobernador hasta su palacio.
-Señor – dijo un guardia entrando en los aposentos de Luthor – Hay un hombre que insiste en verle.
-¿Quién es? Estoy ocupado ahora – replicó Lexius, sentado ante una mesa y leyendo unos pergaminos importantes que venían desde Roma.
-Es un judío, señor.
-¿Un judío? – Luthor arqueó una ceja.
-Afirma ser un seguidor del que llaman “El Nazareno” – le informó el guardia – Ese extraño predicador israelita.
-Sí, sí, ya sé quien es. ¿Pero por qué vendría un seguidor de ese hombre a verme?
-Lo ignoro, señor. Solo nos ha dicho lo siguiente: “Díganle a Luthor que tengo la solución a sus problemas sobre cierto Mesías judío”.
-¿Eso dijo?
-Eso y que le mencionáramos la letra “S”.
El guardia vio palidecer a su señor. No entendía a qué se debía. Aquellas palabras de ese extraño israelita no tenían el más mínimo sentido para él.
No sucedía lo mismo para su jefe. Luthor recordó repentinamente su pesadilla de hace bastante tiempo atrás…
-Dejen pasar a ese hombre – ordenó – Tráiganlo ante mi presencia y déjenme solo con él.
-¿Señor?
-¡Obedezca, soldado!
-¡Si, señor!
Así lo hizo. Lejos de mostrarse atemorizado o cohibido ante él, cuando Judas entro en la habitación se paseó por ella como si fuera el mismo Emperador romano. Sin temor, tomó asiento en la silla del gobernador y habló:
-Kal-El… tú lo quieres muerto. Yo, también.
Ignorando el atrevimiento descarado con el que ese arrogante judío se dirigía a él, Luthor respondió:
-…Y supongo que tú me dirás cómo acabar con él.
-Exacto.
-Bien. Tienes cinco segundos para convencerme. Si a los cinco segundos no lo estoy, me encargaré personalmente de que te crucifiquen en el Gólgota junto a los delincuentes. Adelante.
A Darkseid le bastó con uno solo. Surgió del cuerpo de Judas como una bruma negra y adoptó forma humanoide ante un aterrado Luthor. En ese solo segundo, el gobernador romano vio su rostro pétreo y sus ojos al rojo vivo, antes de que volviera a ser niebla otra vez y entrara en Judas de nuevo.
-¡Santos dioses! – exclamó Luthor, recuperándose de la impresión.
-No blasfemes. Existe un solo Dios: YO – dijo Darkseid, hablando a través de su sirviente – Volvamos al asunto: Kal-El. Lo quieres muerto, yo también. Pero tú tienes un problema y es conservar tu fachada de gobernante justo. Y yo tengo otro, que es mi imposibilidad de atacarlo directamente, dada mi naturaleza extra-dimensional.
-¿Extra-qué?
-No importa. De todas maneras, hay un par de cosas que tienes que saber sobre Kal-El. Una de ellas es que es inmune a todas tus primitivas armas. No lo dañaran ni las espadas, ni las flechas, ni las lanzas… a menos que cuentes con esto.
De entre sus ropas, Judas sacó una piedra verde y brillante. Luthor la observó con curiosidad.
-¿Qué es eso? – preguntó.
-Esto es lo único que le roba todo su poder a Kal-El. Ponselo encima y se volverá tan dócil como un gatito – le entregó la Kryptonita.
-¿Esto puede matarlo?
-Si se expone mucho rato, sí. Pero solo basta con que la uses un poco sobre él y se debilitara tanto que podrás torturarlo – sonrió – Deseo que lo hagas.
-Mi problema sigue siendo el mismo. Si lo atrapo entre la multitud, armaré una revuelta.
-Por eso no te preocupes. Yo te lo entregaré en bandeja de plata. Tú encárgate de las argucias legales. Creo que no te costara hacerlo pasar por enemigo del estado y autor de sedición para con el Imperio.
Judas se puso de pie. Comenzó a marcharse.
-Estaremos en contacto, Luthor. Hasta entonces – se despidió.
Cuando Darkseid –dentro del cuerpo de Judas– se marchó, Luthor admiró la roca verde y brillante.
Una sonrisa torva se dibujó en sus labios.

Superman: Hijo de Dios (Seis)



SEIS

Kal-El y sus discípulos continuaron con su obra de predicación y ayuda al prójimo durante mucho tiempo más. Ahí adonde iban, las multitudes se agolpaban para verlo y los enfermos le suplicaban que los cure. La gente tenía muchas dolencias y no era sino gracias a sus poderes y la avanzada ciencia médica de Krypton con los que él se valía para sanarlos.
Por ejemplo, hubo un caso muy llamativo: el de la hija de Jairo.
Jairo era el jefe de una sinagoga. Éste hombre acudió a ver a Kal-El y se postró a sus pies, rogándole que acudiera a su casa con él para que curara a su hija, quien tenia unos doce años y estaba muriéndose.
-Levántate, buen hombre, y enséñame el camino – le dijo él – Ya mismo quiero verla.
Pero entonces, cuando llegaron a la casa, alguien salió a recibirlos con la funesta noticia: la niña había muerto.
Jairo se agarró la cabeza y lloró. Conmovido, Kal-El le colocó una mano en el hombro y le dijo:
-No temas; solamente cree, y tu hija va a sanar.
Fue así como entraron en la vivienda y pudieron observar el cuerpo de la chiquilla acostada en la cama. Todos estaban llorando y lamentándose por ella, pero Kal-El, con voz firme, proclamó una noticia sorprendente:
-No lloren; la niña no está muerta sino dormida.
Hubo airadas protestas. ¿Cómo puede ser, dijeron, que estuviera dormida y no muerta? El médico que la vio estaba allí mismo y fue quien declaró que la niña estaba fallecida.
-La niña vive – insistió Kal-El y hablaba con conocimiento de causa, puesto que le había echado un vistazo con su visión de rayos X al cuerpo en la cama y vio cómo su corazón seguía latiendo, a un ritmo menor, pero latiendo todavía.
La niña estaba en un coma profundo, pero seria inútil explicarles a esas sencillas gentes el hecho en sí mismo. No lo entenderían.
Kal-El suspiró y tomó algo de entre sus ropas. Un cristal kryptoniano que llevaba atado alrededor de su cuello. Lo había utilizado muchas veces; durante su estadía en la Fortaleza de la Soledad en el desierto, Jor-El le enseñó cómo usarlo. Era en realidad un avanzado dispositivo capaz de curar cualquier dolencia física humana.
Apoyó el cristal en el pecho de la niña y éste se iluminó. Todos los presentes contuvieron la respiración.
-Muchacha, levántate – le susurró.
Y la niña abrió sus ojos y al instante recuperó la salud. Al ver lo que había acontecido, todos estallaron de júbilo y felicidad.
-Denle de comer y cuiden de ella – les dijo Kal-El, guardándose el cristal.
-¡Maestro, no sé como agradecérselo! – exclamó Jairo, con lagrimas de alegría en sus ojos.
-Alaba a Dios por esto – le recomendó antes de irse con sus discípulos Kal-El – Recuerda siempre ver por los que menos tienen. Ayuda al desvalido. Sé un buen creyente, un buen esposo y un buen padre.

Ocho días después, Kal-El subió a un cerro para orar. Sus discípulos aguardaron su regreso abajo, donde acamparon.
Sólo en medio de la cima, él observó a la distancia, a las estrellas, y tocó el cristal kryptoniano atado alrededor de su cuello. No solo era un dispositivo que servia para curar, también era un enlace permanente con Jor-El.
-Padre, aquí estoy – dijo.
Al instante el cristal se iluminó y la voz de Jor-El surgió de él.
-Hijo mío – le dijo – has obrado bien. Has ayudado a mucha gente en éste tiempo, pero debo prevenirte: un gran mal se acerca.
-¿Darkseid?
-El Oscuro Señor no se ha rendido. Su obsesión es destruirte. Buscará todos los medios para hacerlo, incluso, algunos que ni imaginas. Pero hay algo más… Serás sometido a una prueba dura, difícil, en el tiempo por venir. Ten presente que debe ser así, puesto que he dispuesto todo para que tu misión de salvación llegue a una conclusión satisfactoria.
-¿Qué he de hacer?
-Por lo pronto, prepararte para ese momento. Y preparar a tus discípulos – la voz de Jor-El hizo una pausa – No voy a mentirte, hijo mío. Puede que para salvar a los hombres debas perder la vida…
Se hizo el silencio. Kal-El cerró los ojos. Suspiró.
-Si eso falta para ayudar a las personas y cumplir con mi destino, que así sea. Lo enfrentaré.
-Estoy orgulloso de ti – confesó Jor-El – No temas. Nunca estarás solo. Yo siempre te acompañaré.