miércoles, 23 de enero de 2013

El mes que viene…



El mes que viene en “El Diario del Vigilante”, nos engalanamos para presentar un nuevo relato basado en una joya del comic argentino: El Eternauta, de Héctor Germán Oesterheld.
¡Sí! ¡Mi primer Fanfiction sobre el Eternauta! Ambientada después de las tres primeras partes de la saga (“El Eternauta”, “El Eternauta: Segunda parte”, y la apócrifa “El Eternauta: Tercera Parte”) y antes de “El Eternauta: el Mundo Arrepentido”, mi historia nos presenta a Juan Salvo viajando a un continuum extraño donde nada es lo que parece. Un universo de locos que le deparara muchísimas sorpresas…

¡El mes que viene, en este mismo blog! ¡No se lo pierdan! :)

viernes, 18 de enero de 2013

Isaac Asimov’s, Revista de Ciencia Ficción 01



Nacido en Rusia de padres judíos y emigrado a los Estados Unidos a los tres años de edad, Isaac Asimov es profesor de química en la Universidad de Columbia y de bioquímica en la de Boston, y posee reconocida fama en los medios intelectuales de su país por su labor de divulgación científica.
Autor de más de doscientos libros sobre los más diversos temas -crítica literaria, psicología, matemáticas, poesía, ciencia ficción-, es más conocida, sin embargo, por ser uno de los indiscutidos maestros de la ciencia ficción moderna, junto a hombres como A. E, Van Vogt, Teodore Sturgeon, Clifford D. Simak y Fritz Leiber. En este terreno, es el creador de las "tres leyes de la robótica", que ofrecieron a los escritores de ciencia ficción posibilidades literarias sin precedentes.
Contiene los siguientes RELATOS:
    «Adiós, Robinson Crusoe», por John Varley
    (Good-Bye, Robinson Crusoe, 1977)       
    «¡Piensa!», por Isaac Asimov
    (Think!, 1977)
    «Cuarentena», por Arthur C. Clarke
    (Quarantine, 1977)
    «La Gallina Añorada», por Edward D. Hoch
    (The Homesick Chicken, 1977)
    «Nuestro Museo», por George 0. Smith (Artículo)
    (On Our Museum: A Preview of the New Smithsonian, 1977)
    «Soñar Acaso», por Sally A. Sellers
    (Perchance to Dream, 1977)
    «Secuestro Aéreo», por Herb Boehm (pseudónimo de John Varley)
    (Air raid, 1977)       
    «Periodo de Totalidad», por Fred Saberhagen
    (Period of Totality, 1977)
    «El Páramo de la Colina de Wetzel», por Sherwood Springer
    (The Scorch on Wetzel’s Hill, 1977)
    «La Era del Tubo de Henson», por William Jon Watkins
    (Coming of Age in Henson’s Tube, 1977)
    «Cambio de Tiempo», por Gordon R. Dickson
    (Time Storm, 1977)       
Contiene además un problema de Lógica, por Martin Gardner.
MI OPINION DE ESTE LIBRO
Hay Ciencia Ficción interesante, la hay entretenida, la hay fácil de digerir… pero también hay de la otra. La aburrida, la sosa, la que en el fondo te deja con sabor a poco y nada en realidad.
Con este libro, estamos en presencia de ésta última.
Con el ostentoso nombre del famoso escritor de CF Isaac Asimov, durante 1979 y 1980 salieron unos libros que pretendían recopilar –traducidos al español- los números de cierta revista de CF made in USA editada por el mismo Asimov. ¿Dije “editada por Asimov”? Craso error. Como él mismo lo explica en el prólogo de éste, el número uno, la revista solo lleva su nombre, siendo dejada la recopilación y edición REAL de los cuentos & relatos en otras manos. Es como que Asimov solo prestó el nombre, escribiría alguna cosilla interesante en la intro y luego la cosa pasaría a los cuentos de otros autores. En total, los libros editados en español son doce. Yo tengo algunos y lo más triste es que la calidad del material literario no mejora para nada a medida que avanzamos por ellos…
Iré al grano que no me gusta dar rodeos: el libro es una porquería y solo lo salva un mísero cuento del mismo Asimov. Nada más.
Sumado a eso está la PESIMA edición el español por parte de Ediciones Picazo, la cual lastra con una cantidad ingente de errores de ortografía que pondrían colorada hasta a mi antigua profesora de Literatura de la Secundaria.
Como ya he dicho, esta colección dura doce números y no mejora. ¿Mi más humilde consejo? Evítenla. No merece la pena. En lo personal me dio mucha lastima, por ejemplo, ver en este primer número a un grande de la CF como Arthur C. Clarke haciendo agua con un relato que solo ocupa una página y que ni se entiende. Queda más que en evidencia de que los Grandes también a veces escriben cosas no muy buenas…
Lo repito: un libro –y una colección de libros- totalmente prescindibles.
Saludos a todos.

Ciudad: Tomo 02, de Ricardo Barreiro



MI OPINION DE ÉSTE COMIC
Ya he comentado en este blog sobre “Ciudad”, la obra maestra de ese genio del comic que fue Ricardo Barreiro. Finalmente y como Regalo de Reyes, me compré el tomo número dos de esta increíble saga que sigue fielmente las aventuras de Jean y Karen, quienes perdidos en la Ciudad –una suerte de metrópolis infinita, punto neurálgico donde todo espacio y tiempo se juntan y donde todo y todos pueden existir – tratan de hallar una salida y regresar a su mundo de origen.
El Tomo 02 mantiene el mismo nivel que la primera parte de esta fabulosa historieta. En esta ocasión, Jean y Karen se las verán con un montón de nuevas cosas insólitas: un diluvio interminable, un barrio-comunidad que intenta aglomerar a otros vagabundos de la Ciudad asolado por una epidemia vírica, un parque lleno de plantas peligrosas, un enloquecido comisario que intentara matarlos y que los perseguirá por toda la urbe, los monstruos más famosos del cine y la literatura –que aparecerán para ayudarlos contra una raza de terribles hombres-lagarto que quieren matarlos – y, finalmente, un encuentro inesperado con otra luminaria del comic argento: Juan Salvo, El Eternauta.
Es justamente esta parte final la que llama mucho la atención, puesto que quienes leímos –y conocemos – al Eternauta tendremos una nueva ocasión de verle aquí, en otra de sus múltiples facetas. En esta ocasión, el Juan Salvo que aparece es uno que pareciera cansado y agotado de su largo peregrinar por las dimensiones, el tiempo y el espacio. Es él el que les enseña a Karen y a Jean la que parece la única salida de la Ciudad… aunque, ¿será realmente la salida o tan solo otra trampa más?
Con el excelente talento en el dibujo a cargo de Juan Giménez, “Ciudad: Tomo 02” es un comic altamente recomendable que no puede faltar en sus comitecas. Desde ya, lo recomiendo ampliamente.
Saludos a todos!!!

Crónicas del Angel Caido 2 (Dieciocho)



18
Un nuevo comienzo

La lapida de la tumba decía:
KATHERINE REYNOLDS
La miré por un rato en completo silencio. Después deposité el ramo de flores sobre ella. Me volví y miré la lapida contigua. El nombre de Peter estaba grabado en la piedra.
Madre e hijo, yaciendo juntos.
Madre e hijo, juntos en la eternidad.
Suspiré. Encendí un cigarrillo y me quedé observando las dos tumbas donde había quedado una parte de mi vida.
No pasó mucho hasta que alguien apareció a mi lado. Era Christian.
Iba vestido de cura todavía y me miraba preocupado.
-¿Estas bien? – me preguntó.
-Sobreviviré.
Se hizo el silencio. Un murmullo lo interrumpió. Christian oraba por Kate y Peter.
-Es bueno saber que sobreviviste a la batalla con Gabriel – dijo, al rato.
-No lo hice.
Me quedó mirando, boquiabierto.
-Pero entonces… ¿Cómo…?
-Milagro – sonreí, triste – A la final, nuestro Padre sí intervino. Decidió salvarme. Pero solo fue cuando demostré que entendía el valor de la vida humana. Cuando comprendí por qué Dios los ama tanto. Solo entonces mis pecados me fueron perdonados y se me permitió volver a la vida.
Christian estaba profundamente impresionado.
-¡Eso quiere decir que puedes volver al Cielo! ¡Es maravilloso!
-No tanto. No lo haré.
-¿No lo harás?
-No.
-¿Pero por qué?
-El Cielo no puede ofrecerme lo que la Tierra me ha enseñado: el valor de la vida humana, la fragilidad del hombre, lo poco que viven y lo maravillosos que pueden ser si logran dejar de lado sus diferencias y unirse. En el Cielo no podría haber entendido la verdadera belleza de la obra de nuestro Padre.
Christian guardó silencio, profundamente impresionado. Acaricié la lapida de Kate y me dispuse a irme.
-Lucifer – dijo Christian, deteniéndome – Espera. ¿Adonde vas? ¿Qué vas a hacer?
-¿Qué no es obvio, hermano? Voy a vivir. Voy a aprovechar la oportunidad que Dios me dio. Voy a hacer algo por los hombres.
Le apoyé una mano en el hombro. Sonreí.
-De alguna manera, Dios me dio a elegir entre el Cielo y la Tierra – le expliqué – y yo escogí la Tierra. Adiós, Christian.
-Adiós, hermano.
Me marché caminando por el sendero de gravilla, apretando contra mi cuerpo mi abrigo negro y fumándome mi cigarrillo. El Sol moría por el horizonte, a lo lejos. Pronto vendría la noche.
Mañana, seria un nuevo día.

Fin

jueves, 17 de enero de 2013

Crónicas del Angel Caido 2 (Diecisiete)



17
Apocalipsis

La llegada de Gabriel antes que yo a Nueva York se hizo sentir con una fuerte tormenta, con lluvia, rayos y vientos huracanados.
El fenómeno atmosférico tomó desprevenidos a los habitantes de la ciudad, pero la cosa no hizo más que empeorar. Gabriel se corporizó en la cima del Empire State ante millones de ojos que lo contemplaron, rodeado de rayos y truenos. Por un momento abandonó la apariencia humana y asumió la angélica, extendiendo sus alas y brillando con el fulgor de un Sol en miniatura. Y entonces habló, con voz como de trompeta:
-Ya cayó, ya cayó la Gran Babilonia, y se ha vuelto vivienda de demonios, guarida de toda clase de espíritus malos y nido de aves impuras y odiosas, porque todas las naciones se han emborrachado con el vino de su pasión inmoral, y los reyes del mundo han vivido en inmoralidad con ella, y los comerciantes del mundo se han hecho ricos con la abundancia de su derroche.
Señaló a la ciudad y a sus habitantes.
-Por aceptar entre ustedes al Inicuo y la marca de la Bestia, y adorarla, estáis condenados todos a perecer entre fuegos y lamentos. ¡Que la ira del Cielo descienda sobre todos vosotros!
La sentencia se cumplió rápido. Potentes rayos eléctricos comenzaron a caer sobre casas, edificios y personas, destruyendo y aniquilando.
Me corporicé en mitad de la Quinta Avenida, justo para presenciar la matanza. Una multitud aterrada huía en estampida buscando refugio, mientras del cielo caían los rayos uno detrás de otro, haciendo trizas todo y carbonizando al que tocaba.
Atemorizado y a la vez enfurecido, extendí mi poder para salvar a cuantos podía con un escudo invisible. Intentar desviar los rayos fue una tarea titánica que requirió de toda mi atención, por lo que no vi a Gabriel (en forma humana) cuando descendió a mi encuentro, esgrimiendo la cuchilla.
-¡Cuidado, Lou! – gritó una mujer.
Me di vuelta justo y bloquee su ataque. Le propiné tal puñetazo que lo mandé volando a través de varios rascacielos. A su paso, los hizo pedazos.
Me volví para ver a la mujer que me había salvado.
Era Kate.
-¡Kate! ¿Qué haces aquí?
-¡Eso no importa! ¡Debes detenerlo, Lou! ¡Destruirá toda la ciudad!
La tomé entre mis brazos y la abracé. Ella no se resistió; me devolvió el gesto.
-Perdóname, Kate – le dije – Ha sido mi culpa. Todo ha sido mi culpa.
-No, Lou. Perdóname tú a mí – suplicó – Tú has sido la mejor cosa que nos pasó en la vida a Peter y a mí. Tú no tienes la culpa. Sé que intentaste salvar a mi hijo… y por eso, te estoy agradecida.
Lloraba. Yo también lo hacía.
-Kate, me enseñaste a volver a amar, a querer y comprender a la humanidad. Pero principalmente, me aceptaste tal cual soy. ¡Te debo tanto!
-Lou, yo… - se interrumpió. Abrió los ojos como platos y escupió sangre.
-¿Kate?
Se desplomó muerta sobre mis brazos. Cerca, Gabriel sostenía la punta de la lanza, de la cual chorreaba sangre fresca.
-¡Ha caído, ha caído Babilonia la Grande, madre de las prostitutas de la Tierra! ¡Ha caído la infame fornicadora! – rugió, extasiado - ¡Tu prostituta ha muerto, Lucifer! ¡Tú eres el siguiente! ¡Ven por mí! – y desapareció en el aire.
Deposité el cuerpo de Kate con cuidado en el suelo. Cerré sus parpados despacio y la besé en la boca con ternura.
Al momento vi alzarse su espíritu, brillante, que me miró con amor antes de que las puertas del Cielo se le abrieran y la llevaran.
“Te amo, Lou”, dijo y se fue.
-Yo también te amo, Kate – le susurré, con lagrimas en los ojos – Ve con tu hijo. Descansa en paz.
Me tomé un minuto para rezar por ella. A mi alrededor Nueva York se incendiaba. Los rayos eléctricos seguían cayendo de las nubes.
Me santigüé y me erguí, decidido a acabar con Gabriel. Lo capté cerca. Seguía llamándome, con su voz de arcángel:
“Ven y enfréntame, Lucifer”.
-¡Ya voy, maldito! Ya voy – me esfumé tras él.

La ultima batalla seria dentro de la catedral de San Patricio. Estaba vacía cuando llegué, a excepción de Gabriel quien con su apariencia humana, contemplaba al Cristo de madera en la cruz.
-Te hace pensar, ¿no es así? – me dijo, sin volverse para mirarme. No respondí. Observaba su espalda con cada partícula de odio que podía sentir. Se acercó al altar y encendió una vela – El por qué nuestro Padre no mueve un dedo para detenerme. En mi fuero interno, lo deseaba. Me decía: “Él lo hará. Me castigara”. Pero nada de eso ha sucedido y ahora lo veo tan claro.
Me miró. Sonreía.
-Dios es impotente – sentenció – Al ser tan evolucionado, tan superior, no puede inmiscuirse en los asuntos del Universo, bajo pena de destruirlo si lo hace. ¡Por eso Dios nos creó a nosotros, los ángeles! Para mantener el balance, el equilibrio. ¿Te das cuenta, Lucifer?
-De lo único que me doy cuenta es que hoy vas a morir – le informé, serio.
-¡Que dramático! Eres un dramaturgo por excelencia, mi amigo. Te felicito por eso, pero me temo que el que va a morir eres tú. Y dime, ¿estarías dispuesto a hacerlo para detener esto? ¿Para salvar a esos pecadores de ahí fuera?
No hubo vacilación en mi respuesta.
-Sí.
-¡Que valiente! ¡Que noble! Que estúpido – hizo una pausa y entonces, agregó - ¡Pues ven a mí! La hora ha llegado.
Me le arrojé encima. Forcejeamos.
A nuestro alrededor la tormenta que destruía Manhattan concentró todo su poder sobre nosotros. Volaron los bancos donde los feligreses se sentaban, exploraron las estatuas de los santos, se rompieron los vitrales, la tierra tembló y los rayos eléctricos junto con el viento, destrozaron la catedral.
Gabriel me dio puñetazo tras puñetazo, magullando mi forma terrenal. Yo le devolví otro tanto.
A cada golpe que nos dábamos, un rayo hacia impacto a nuestro lado. Volaron en pedazos los ladrillos del piso.
Todo se acabó cuando Gabriel sacó la cuchilla de la lanza y me la incrustó en el pecho…
Sentí el ardor, el fuego definitivo quemándome por dentro. Enceguecido por una luz blanca que emanaba de mi cuerpo, me tambalee y caí.
-¡Muere! – oí decir a Gabriel.
Pude sentir como se me chamuscaban los ojos, como el fuego quemaba mis alas. Pude sentir el dolor de un infierno atroz que me devoraba, y luego…
Todo terminó.

Oscuridad. Solo oscuridad.
Y luego, una luz. Calida, amistosa, acercándose.
La miré confundido, hasta que la luz tomó forma. Era Cristo, Dios hecho hombre. Me sonreía.
-Por amor, Dios es grande y majestuoso – dijo – y omnipotente. Nada es imposible para Él.
-¿Por qué dejó que todo esto pasara? – pregunté.
-Para que aprendieras el valor de la vida humana. Para que comprendieras por qué mi Padre los ama tanto. Solo cuando aceptaste a la humanidad en tu corazón, aceptaste finalmente la obra de Dios en tu alma. ¿Comprendes por qué Dios los ama?
-Porque son frágiles y vulnerables.
-¿Y qué más?
-Porque tienen un gran potencial para el Bien. Pueden amar, porque Dios los capacitó para hacerlo, y pueden hacer grandes cosas si se les concede tiempo y mundo.
Cristo asintió.
-Además, Dios los dotó con Libre Albedrío – agregué – La capacidad de elegir.
-El árbol de Edén solo era una prueba. El hombre eligió. Siempre elige.
-Pero aquella vez eligió mal por mi culpa – admití – Yo soy el causante de todos los males que les afligen.
Cristo suspiró.
-Es verdad. Pero, ¿estas arrepentido de todo ello? ¿Arrepentido de corazón?
-Totalmente. Ahora entiendo mis errores. Ahora comprendo mis equivocaciones. Estoy arrepentido. Por favor, perdóname – supliqué.
Me miró con dulzura.
-Tus pecados te son perdonados. Vete y no peques más – dijo.
Sentí un tirón. Algo me jalaba lejos de Jesús.
La oscuridad volvió.

Cuando abrí los ojos de nuevo, estaba tendido en el piso destruido de la catedral de San Patricio. Tenia la punta de la lanza clavada en el pecho y Gabriel me miraba, sorprendido.
-¿Pero que…?
Me arranqué la cuchilla y al extraerla, la herida sanó milagrosamente. Me puse de pie despacio.
-¡No! ¡Esto no está pasando! – Gabriel retrocedió.
Avancé hacia él, preparándome para darle la estocada mortal, pero me detuve.
-No – dije – No soy como tú. No soy un monstruo. No soy un demonio. Ya no más.
Incineré el arma. Se derritió y cayó al suelo, inútil.
-Tu condena por tu pecado ha de ser la vida… una vida humana para lamentar las que cegaste hoy.
Le puse una mano en la cabeza. Su cuerpo se iluminó por un segundo. Cuando acabó, Gabriel retrocedió horrorizado.
-¿Qué me has hecho?
-Te he sellado en tu forma carnal. Ya no tienes poderes ni eres un ángel. A partir de este momento, hombre es lo que serás y el pesar y el remordimiento por lo que hiciste será tu tortura – sonreí – Te deseo una vida larga, Gabriel. Disfrútala… si puedes.
Me di vuelta y comencé a abandonarlo. Antes de marcharme del todo, le hice un último comentario:
-Ahora que eres humano, puedes morir como tal. Si el peso de tus pecados te atormenta mucho, puedes optar por el suicidio. Pero ten presente una cosa: cuando hayas muerto no será la luz de Dios la que vendrá a buscarte, sino el reino de las tinieblas y mis demonios. Píensalo dos veces antes de cometer esa locura.
Me fui. Gabriel se desplomó, humano y abatido, llorando en el piso.

miércoles, 16 de enero de 2013

Crónicas del Angel Caido 2 (Dieciseis)



Cuarta Parte
16
El principio del Fin

Intenté llamar a Kate por teléfono varias veces. Solo conseguía hablar con la contestadora automática. Le dejé como veinte mensajes.
No me respondió ninguno.
Solo, atrincherado en mi penthouse, me encerré. Me aislé del mundo a medias. Digo a medias porque miraba por la TV cómo seguían las cosas allá afuera. Lo hacia desplomado sobre un sillón, vestido en bata y con una lata de cerveza en la mano.
El mundo se preguntaba dónde estaba el Ángel Caído. Todos ya sabían que el motivo de mi reclusión se debía a la muerte del hijo de Kate, pero no les quedaba clara mi participación en el hecho. La policía visitó la escena de mi combate con Uriel y solo hallaron destrozos y cenizas.
La punta de la lanza no estaba por ningún lado.
Supuse que Rafael o Gabriel se la habían llevado. Esperaban su turno para probar suerte y liquidarme.
Mientras tanto, el mundo seguía girando…
Los fanáticos religiosos habían tenido una escaramuza con los satanistas. Estos últimos decidieron salir a las calles a “alabar a su Señor” públicamente, lo que ocasionó un encontronazo con los cristianos que me repudiaban. Todo acabó en una pelea a puño tendido.
“Yo Soy Lucifer”, película que trataría sobre mi vida y mis desventuras, se seguía anunciando con bombos y platillos, pese a todo. Se estrenaría pronto, Daniel Craig haría de mí y curiosamente Angelina Jolie aceptó hacer de Kate, por lo que cobraría una cuantiosa suma de dinero por su participación en este film. Constituía el reparto el veterano actor Morgan Freeman, quien haría de Dios.
-Morgan Freeman de Dios… el mundo se ha ido al carajo – mascullé, hastiado. Apagué la tele y me asomé a la ventana, a mirar el paisaje de rascacielos neoyorquinos.
Fue entonces cuando lo vi.
Parado sobre la cornisa del edificio vecino, cual estatua gárgolea, desafiando la gravedad.
Rafael.
Me miró, sereno, las manos en los bolsillos de su traje.
Eché la cortina. Volví al sillón y encendí la tele otra vez. Abrí otra lata de cerveza.
Sabía que no podía entrar en el edificio. Un rápido vistazo a los símbolos grabados en las paredes y puertas me lo confirmaban. Hechizos poderosos protegían el lugar. Él no podría entrar, pero la pega era que yo no podía salir, justamente por él.
Estábamos en un punto muerto.

Pasaron unos días.
Mi reclusión voluntaria tenía en vilo al mundo. Todos ansiaban saber de mí.
La cadena de televisión levantó el programa de Kate al renunciar ella a continuarlo. En su lugar pusieron la serie que tanto le gustaba a Peter, “Supernatural”.
Hastiado de los hermanos Winchester y sus cacerías de demonios, me levanté y me asomé a la ventana a mirar.
Rafael seguía ahí.
Me estaba esperando.
De hecho, podría hacerlo eternamente.
Me cansé.
-Quieres asesinarme, ¿eh? – dije al arcángel. Pese a la distancia, me escuchó – Muy bien, pero seamos justos. Esto lo decidiremos en otra parte. Sígueme.
Desaparecí, trasladándome a otro lado. Rafael me siguió.

El lugar era el desierto de Judea, en Masada. En la fortaleza histórica de roca de Herodes. Estaba enclavada en una montaña; una descollante estructura labrada en piedra natural, cuya cima acababa en una meseta rocosa y llena de arena.
Ahí me materialicé, dispuesto a enfrentarme a Rafael.
Como esperaba, vino detrás mío. Nos encontramos cara a cara entre las ruinas.
-Han ido demasiado lejos, ¿sabes? – le dije, cruzado de brazos.
-Tú también – me replicó, pero no había odio en su rostro, solo tristeza – Asesinaste a Miguel y a Uriel.
-¡Uriel mató a un inocente! ¡Que se pudra en el Infierno!
Rafael sonrió, triste.
-Temo que ese podría ser el destino de todos nosotros.
-¿Viniste a intentar matarme o a hablar?
Silencio. De sus ropas, extrajo la cuchilla de la lanza.
-Se supone que debo hacerlo. Que debo castigarte por haber interferido con el plan de Dios.
Me reí en su cara.
-¡Me lo dice alguien que le dio la espalda al Creador para asesinar a su hermano! Déjame decirte, Rafael, algo sobre Dios. ¡No va a levantar ni un dedo para evitar este drama! Yo pensé que las cosas habrían cambiado por allá arriba, pero evidentemente me equivoqué – me paré en cruz, con los brazos extendidos – Adelante. Haz tu trabajo. Estoy harto. Acaba conmigo.
Rafael no se movió.
-¿A que esperas? ¡Venga, ya! ¡Hazlo! ¡Clávamelo en el pecho!
El arcángel avanzó hacia mí, la punta de la filosa cuchilla señalándome. Cuando estuvimos frente a frente, me miró con dolor.
-¡Hazlo! – le insté.
-No puedo.
-¿Por qué?
-Porque eres mi hermano. Y te amo.
Lloraba. Arrojó el arma hacia una pendiente. La cuchilla se perdió en el abismo que se extendía a nuestros pies, allá a lo lejos entre rocas afiladas.
-No puedo matar a mi propio hermano – dijo él – No puedo cometer esa herejía. Esto ha ido demasiado lejos…
Calló. Continúo llorando.
-Lamentable.
Los dos nos quedamos helados al oír aquella voz. Gabriel había aparecido y nos miraba con severidad.
-Lamentable ver la falta de fe de un ángel del Señor – dijo, con desprecio – Has caído seducido por Satanás, Rafael. Es una pena. Deberás morir también para pagar por tus pecados.
Gabriel se movió rápido, muy rápido.
De un puñetazo me arrojó de la montaña hacia el desierto y con la cuchilla de la lanza en la mano, asesinó a Rafael de una estocada en el pecho.
Luz, campanadas. Luego, ojos chamuscados y un cadáver que yacía con las alas quemadas en el suelo.
Gabriel se volvió hacia donde yo había caído. Pese a la distancia y mientras me recuperaba del golpazo, lo oí perfectamente hablándome…
-Acabemos con esto como se merece, Lucifer. No en un desierto de roca donde nadie podrá ver tu muerte, sino a ojos de todos. Ven detrás de mí. Voy a la ciudad de donde saliste, a desencadenar el Apocalipsis. Ven, porque lucharemos juntos la última batalla.
Gabriel se esfumó. Me apresuré en seguirlo.
El final estaba por comenzar.

Las Naves del Tiempo, de Stephen Baxter



«El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania…»

MI OPINION DE ÉSTA NOVELA

Hay novelas de las que uno espera mucho. Novelas que se comienzan a leer antes de empezar la primera página, en comentarios, críticas y alabanzas. Son ese tipo de novelas que vienen precedidas por fanfarrias y trompetas, y que aspiran, o al menos eso nos han hecho creer, a ser una de las grandes novelas del género en estos últimos años. Normalmente, y salvando contadas excepciones, la mayoría de ellas no alcanza las ilusiones creadas, siendo, a decir verdad, bastante mediocres. Este no es el caso de “Las Naves del Tiempo”. No estamos ante un libro malo y decepcionante, estamos, directamente y sin ambages, ante un libro muy malo y muy decepcionante.

El libro arranca en la mañana inmediatamente posterior a los últimos sucesos de la novela de H.G. Wells. El Viajero -pues Baxter sigue dejando innominado al protagonista- parte de nuevo hacia el futuro, donde comenzarán de nuevo sus andanzas. Pasará por sucesivos mundos (o mejor dicho, líneas de tiempo) alternativos, producto todos ellos de sus continuos viajes en el tiempo: un mundo futuro en que los Morlocks han construido una esfera de Dyson, una Inglaterra de 1938 que lleva veinticuatro años de guerra con Alemania, una Tierra en la que la humanidad es el resultado de la evolución de una colonia prehistórica de viajeros temporales... Después de estos viajes, que llenan (o mejor dicho, rellenan) la novela de algunas aventuras deslucidas y en mi opinión aburridas, es cuando la historia arranca e intenta tímidos vuelos fuera de los dominios de lo ya explorado y lo ya contado. En este último tramo los llamados Constructores (y luego los Observadores), y por ende el propio Baxter, se lanzan a aventuras y proyectos casi divinos, reformando y, en cierta formas, diseñando y construyendo universos enteros. Aun siendo con diferencia lo más interesante de la novela, uno no puedo dejar de recordar al maestro Stapledon, y cómo estos tímidos aleteos quedan en poca cosa ante las grandes aventuras trascendentes de sus novelas. Por ultimo, y por medio de juegos malabares y de algún bucle temporal que otro, el Viajero, después de ser inmortal, inmaterial y divino, acaba volviendo a los brazos de la Eloi Weena para descansar por fin de sus aventuras.

Estamos ante una novela morosa y lenta, en la que el ritmo brilla por su ausencia y que se ve lastrada por un exceso de páginas y aventuras intrascendentes. Los personajes están apenas dibujados y en ningún momento llega a importarle lo mas mínimo al lector lo que les pase. El estilo es frío y excesivamente distante, sobre todo para tratarse de una narración en primera persona. Es curioso cómo aun habiendo logrado captar la letra del estilo del Wells, Baxter no ha podido capturar el espíritu, eso que hacía que a pesar de la narrativa aparentemente falta de emotividad de La máquina del tiempo disfrutaras tanto y sufrieras y te alegraras con el protagonista, cosa que en ningún momento llega a ocurrir con la novela de Baxter.

En otro orden de cosas, los fallos de coherencia y lógicos de la novela son clamorosos, sobre todo en una novela presuntamente de ciencia-ficción hard. Dejando de lado la tendencia que tiene últimamente todo el mundo de tirar una bomba atómica sobre sus protagonistas y que éstos sobrevivan, ¿cómo hace un inglés del siglo XIX para comprender en pocos días, tal vez en pocas horas, teorías y conceptos como los de la relatividad, la mecánica cuántica... y a partir de ahí ser capaz de manejarlos con total soltura? ¿Cuál es el origen de las misteriosas propiedades de la plattnerita, el mineral que permite el viaje en el tiempo? ¿Por qué no hay cientos, miles o millones de viajeros del tiempo enredándolo todo? ¿Y por qué se reverencia al Viajero como el primer (precisamente) viajero del tiempo, cuando Baxter machaca una y otra vez que cuando hay por medio un viaje en el tiempo la ley causa-efecto no tiene sentido? ¿Y cómo saben los Constructores quién es él? Etcétera, etcétera, etcétera...

EN SINTESIS:

Un fallido intento de secuela de la novela original de Wells, la verdad. No me atrevería a recomendarla, pero ya saben lo que pienso: todos pueden leer lo que les plazca, así que… ;)

¡Un saludo a todos!  

martes, 15 de enero de 2013

Crónicas del Angel Caido 2 (Quince)



15
¿Dónde estas, Dios?

Kate quedó devastada. Su hijo había muerto y yo no podía hacer nada para devolverle la vida. Se llevó a cabo un servicio fúnebre a cajón cerrado y un entierro en el cementerio, a los cuales asistí igual de consternado por la pérdida.
Mientras bajaban el cajón y el sacerdote (incomodo por mi presencia) leía algo del Libro de los Salmos, busqué la mirada de Kate tras las gafas oscuras que llevaba puestas.
No la hallé. Me rehuyó y yo sabía bien por qué.
Porque yo tenía la culpa.
Si Kate nunca hubiera sido elegida por mí, si no me hubiera involucrado tanto con ella y Peter, el chico seguiría con vida.
Así que una vez más, yo tenia la culpa de todo.
Cuando el oficio religioso acabó, busqué a Kate para charlar a solas. Al principio se negó a escucharme, pero luego cedió.
-Kate, lo siento tanto…
-¿De verdad? ¿O es acaso alguna especie de mentira satánica?
Había un tono sarcástico en su voz, pero yo sabia que por dentro la comían el dolor, el odio y la impotencia.
-Sabes que nunca te he mentido, Kate – dije. Rió amargamente.
-Dame algún consuelo, entonces. Lou, ¿por qué? ¿Por qué pasó esto? ¿Adónde fue mi hijo? ¿Al Cielo? ¿O acaso deambula perdido en las tinieblas, hostigado por tus demonios?
-Tu hijo está en el Cielo – le aseguré – Yo lo vi ir hacia la luz.
-Oh, ¿pero como puedes estar seguro, si el acceso al Cielo te está vedado? ¿Cómo puedes saber que mi hijo no sufre?
Me quedé en silencio. Ella lloró, con el alma rota.
-¿Por qué permitió Dios que muriera mi hijo? ¿Por qué? – me preguntó - ¿Dónde está Él?
-Kate, yo… - empecé, pero me interrumpió.
-¡Te buscaban a ti! ¡Es a ti a quien querían liquidar, no a Pete! ¡No a mi niño! – estalló. Me increpó mientras me golpeaba el pecho - ¡A ti! ¡A ti!
Se derrumbó en un mar de lágrimas. Intenté consolarla, en vano.
-Lo nuestro se terminó – me dijo - ¡Se acabó! ¡Buscate otra agente de prensa!
-Kate…
-Solo… ¡Solo aléjate de mi vida!
Se dio la media vuelta y se marchó. Me quedé solo, el corazón encogido en mi pecho, el alma echa trizas. Como ella, yo también tenía una pregunta para mi Padre: ¿Por qué?
La diferencia con ella era que yo podía írselo a preguntar directamente.
El Cielo me estaba vedado, hasta hoy.
Me desmaterialicé. Me desembaracé de mi cuerpo carnal y convertido en espíritu puro, ascendí. Atravesé la lóbrega región de las tinieblas, la más cercana a la Tierra, y como un cometa o estrella fugaz pasé entre las almas atadas al mundo material y mis demonios, quienes al ver la expresión de furia de mi rostro se apartaron de mi camino.
Subí y subí más alto, hacia el reino de la luz.
De improviso, aparecieron los portones del Cielo: titánicos, macizos, dorados. Llenos de inscripciones en todos los idiomas del mundo, que decían: “Bienaventurados los que cruzan esta puerta, puesto que verán a Dios y Él los consolará”.
Los portones estaban cerrados para mí.
-¡Abran! – clamé - ¡Debo ver a mi Padre de inmediato!
Los portones temblaron. Se abrieron lentamente. Sonaron cánticos portentosos, bellas melodías, coros de voces, todos juntos entonando alabanzas al Creador.
Una luz tremenda se filtró hacia fuera. Tuve que usar mis alas para cubrirme. De repente cientos de ángeles me rodeaban. Estaban sorprendidos de verme ahí. Algunos, casi podría decirse que molestos.
-Luciel, ¿Qué haces aquí? – me preguntó un Querubín. Resplandecía tanto como yo lo hice en mis mejores días.
-¡Déjenme pasar! ¡Debo ver a Dios!
-No puedes entrar – decretó un Serafín, igual de luminoso que sus hermanos – Esta prohibido que entres.
-¡Déjenme pasar o tiro los portones a patadas! – amenacé.
Una risa dulce y calida se dejó oír. Yo la conocía y los demás también.
-Dejadle entrar – dijo la voz de Dios. De inmediato se hicieron todos a un lado y me zambullí en el Paraíso.

Vastos campos de verdes praderas, lagos y árboles. Cúpulas y edificios blancos. Gente cantando y bailando, abrazándose entre sí, felices. Pasé volando con la velocidad de la luz entre todos ellos. De repente, mi vista captó un alma recién llegada: Peter.
Estaba esplendido, radiante, junto a otras personas que no conocía. Como todos en ese lugar, era feliz.
…Y como todos en el Cielo, no recordaba su paso por la Tierra ni lo que quedó atrás: una madre dolorida, con el corazón roto y sus esperanzas hundidas en una ciénaga espiritual.
¿Por qué? ¿Por qué? La pregunta clamaba por salir de mi boca. No pude aguantarlo más.
-¿POR QUÉ? – grité.
La luz de Dios vino a mi encuentro. A diferencia de cuando descendía a la Tierra, el Señor no necesitaba apariencia de hombre para manifestarse. Aquí, toda su gloria refulgía ante mí.
Me cubrí los ojos con las manos. Plegué un ala para protegerme. La luz y la Presencia de Dios estaban enfrente mío.
-Luciel, mí amado Luciel – dijo, con ternura.
-¿Por qué? – pregunté - ¡Han intentado matarme, Padre! ¡Mis hermanos han intentado matarme! ¿Acaso tú los enviaste tras mi búsqueda? ¡Un inocente ha resultado muerto y ahora yace en tus Campos Elíseos, feliz y sin memoria del corazón hecho añicos que dejó en la Tierra! ¡En tu Sagrado Nombre, contesta a mi pregunta! ¿Por qué no lo impediste? ¿Por qué no detuviste a Uriel? ¿Por qué?
La luz de Dios se ensanchó. Pareció llenar todo el Cielo con Su Presencia. Luego se volvió más tolerable. Ante mis ojos, la luz tomaba forma…
Dios no necesitaba forma en el Cielo. Que la tomara solo significaba una cosa: comunicarse conmigo de una manera más directa, mejor.
En concreto, se convirtió en el Nazareno, su Hijo Unigénito, Dios Encarnado, Dios hecho hombre, el Mesías, el Salvador, Rey de Reyes, Señor de Señores. El Verbo, la Palabra.
-“Cuando todo comenzó, ya existía la Palabra” – recité de memoria – “Y Aquél que es la Palabra estaba con Dios, y era Dios. En el Principio, pues, Él estaba con Dios…”
Cristo sonrió. Su rostro barbado irradiaba paz y serenidad.
-¿Por qué? – repetí más sosegado, pero igual de dolido.
Jesús suspiró.
-¿Por qué Dios permite el sufrimiento? ¿Por qué Dios te dejó seguir existiendo? – dijo - ¿Sabias que si así lo hubiese querido, Dios habría eliminado todo de un plumazo? Tú, Adán y Eva, los demonios, la Tierra, el Universo – negó con la cabeza – Pero no lo hizo. ¿Te imaginas por qué?
-Seguramente que no. Ahora me dirás que es un misterio.
-No. Es la cosa más sencilla de todas: por amor. Dios ama a todos, por más imperfectos que seáis. Él es un Padre y como tal, comprende que a veces los hijos no salen como uno lo espera. Pero los ama y acepta tal cual son, puesto que Él los ha creado.
-¿Y que me dices de los cuatro arcángeles? ¡Quieren eliminarme! ¿Qué he hecho yo para merecer este castigo? ¿Acaso no me han visto arrepentirme del mal que ocasioné en el pasado? ¡Yo amo a Kate y a Peter! Y les fallé…
Cristo asintió. Me puso una mano sobre el hombro.
-El dolor que sientes es natural. No te cierres a ello. Deja que te fortalezca, que te vivifique.
-¿No vas a detener a los rebeldes? – pregunté.
-No.
-¿No? ¿No? – exclamé, exasperado - ¡Pueden morir más personas por esto! Si no los vas a detener, ¿Quién lo hará?
Cristo sonrió.
-Tú lo harás – dijo.
-¿Es una especie de prueba? – inquirí. No me respondió - ¡Háblame! ¡No me des más rodeos! ¡Padre, quiero hablar contigo! – pedí - ¡Quiero hablar con el Padre, no con el Hijo! ¡Con Yahvé!
Cristo desapareció. La luz de Dios volvió a refulgir con la potencia de billones de estrellas.
-Yo Soy el que Soy – proclamó Dios – Alfa y Omega, Principio y Final. Único Dios verdadero; fuera de mí no hay Dios ni salvación. Quien cree en mí, vivirá. Quien deposite su fe en mí, nunca morirá.
-Santo, santo es el Señor Dios, Todopoderoso. El que era, es, y vendrá – dijeron a coro los ángeles que estaban cerca nuestro. Volví a taparme con mi ala la cara, para evitar que la luz Divina me hiciera daño.
-¡Padre! ¡Te lo imploro! ¡Detén a los arcángeles! ¡Para esta locura!
-Lo siento, Luciel. No puedo – dijo el Señor – No debo.
-¿Por qué?
-Porque los amo y temo que mi intromisión complique aun más las cosas. Lo que ha de pasar, pasara. Yo lo sé porque para mí ya ha ocurrido y está por ocurrir.
-¿Entonces que he de hacer? ¿Enfrentar a mis hermanos? ¿Matarlos?
-No te lo puedo decir, pero lo que hagas será para que aprendas.
-Aprender, ¿Qué?
-Por qué amo a la humanidad.
-¡No tiene sentido! – protesté, pero el coro angélico volvió a entonar sus alabanzas.
-Señor y Dios nuestro, tú eres digno de recibir la gloria, el honor y el poder; porque tú hiciste todas las cosas y por tu voluntad existen y fueron creadas.
-¡No es justo! – seguí protestando - ¡No es justo!
-Adiós, hijo. Vuelve a la Tierra.
Intenté resistirme, pero la luz de Dios me empujó fuera del Cielo.
Los portones se cerraron.

Volví a corporizarme en el cementerio, desde donde había partido. Mi alma seguía dolida. Ahora, todavía más al saber que el Cielo se lavaba las manos otra vez.
Kate se había ido. Ya no quería verme jamás.
Estaba solo, tan solo…
Comenzó a llover. Me apretujé el abrigo contra el cuerpo y comencé a caminar, sin rumbo.