lunes, 25 de febrero de 2013

2010: Odisea Dos, de Arthur C. Clarke



Una expedición ruso-americana parte hacia Júpiter para averiguar qué sucedió con la nave espacial Discovery nueve años antes. Prolongación de 2001: Una odisea del espacio.

MI OPINION DE ÉSTA NOVELA:

Dicen que segundas partes no son buenas. No es este el caso… “2010: Odisea Dos”cumple y supera las expectativas con creces. Continuación directa de su antecesora – con ligeras modificaciones en las locaciones donde está ambientada– esta segunda parte de la saga sigue manteniendo el dinamismo y la frescura de la primera, junto con las acostumbradas dosis de rigor científico que Arthur Clarke nos regala en cada una de sus novelas.
Todo se inicia diez años después de los acontecimientos de “2001”… El Doctor Heywood Floyd –personaje ya visto al inicio de la anterior novela– se junta con la tripulación de astronautas de la nave rusa “Leonov” y se embarca en un viaje a Júpiter para descubrir el misterio que encierra el gigantesco monolito negro que flota cerca del gaseoso planeta, exponente único de la presencia de vida extraterrestre en el pasado. La misión también es una misión de rescate, ya que Floyd va tras la abandonada nave “Discovery” y averiguar qué le ocurrió a su tripulación, especialmente a su comandante, el astronauta Dave Bowman
Si bien la novela se toma su tiempo, avanza y nos narra en términos reales lo que tomaría un viaje de ida y vuelta a Júpiter. Por otro lado, llama la atención el cambio de escenario impuesto por Clarke. Ya no son las cercanías de Saturno, como en la novela anterior, sino de Júpiter donde todo transcurre. Clarke explica en la introducción del libro que prefirió cambiar la localización astronómica de los hechos para ceñirse a la versión cinematográfica de la película “2001”.

A destacar de esta segunda parte la reaparición de Bowman, quien convertido en un ser de energía pura investiga, en su momento, la Tierra y el propio Júpiter, como si de una sonda viviente -manipulada por los constructores del monolito- se tratase. Una parte fascinante y muy, muy reveladora…

EN SINTESIS:

Recomendable. Al igual que el primer libro, éste los dejará con la boca abierta tras su insólito final. Cuenta con un plus extra de que también entre sus paginas regresa HAL 9000, la carismática supercomputadora de “2001”. Realmente un muy buen libro.

¡Saludos!

miércoles, 20 de febrero de 2013

2001: Una Odisea Espacial, de Arthur C. Clarke



Un sobrecogedor viaje interestelar en busca de la evidencia de que el ser humano no está solo en el cosmos. Una expedición a los confines del universo y a los del alma, en la que pasado, presente y futuro se amalgaman en un continuo enigmático. ¿Qué esencia última nos rige? ¿Qué lugar ocupa el hombre en el complejo entramado del infinito? ¿Qué es el tiempo, la vida, la muerte?
Una grandiosa novela de dimensiones épicas con un amplío abanico de interpretaciones. Arthur C. Clarke colaboró estrechamente con Stanley Kubrick en la producción de la célebre película homónima.

MI OPINION DE ÉSTA NOVELA:

¿Cómo describir a “2001: Una Odisea Espacial”? ¿Cómo una obra maestra de la ciencia-ficción? ¿Cómo un clásico? Hay libros que merecen estar enmarcados en dicha categoría. “2001…” es uno de ellos.
Antes de continuar, debiéramos abordar una cuestión práctica: ¿Cómo debería el lector abordar esta novela? Si lo hace como ciencia-ficción futurística, se topa uno con el inevitable: “Estamos en el año 2013… ya lejos del “futuro” 2001 imaginado por Arthur Clarke en su novela”. Es cierto. Entonces, ¿Cómo debemos abordarla? Pues de forma simple: toda la acción transcurriría en un universo alternativo.
Ciertamente cuando vivimos el año 2001 –fecha funesta si las hubo, con todo ese asunto de las Torres Gemelas, sin ir más lejos– todavía no existía la exploración espacial intensiva como la planteada por Clarke en su libro. Digamos que pese a todos sus adelantos tecnológicos, en lo que se refiere a exploración espacial, la raza humana lleva un atraso considerable. En las décadas del 60 o 70 se pensaba que a estas alturas el hombre ya tendría colonias en la Luna o habría puesto un pie en persona en Marte. Es evidente que nada de eso ha sucedido ni sucederá por un largo, largo periodo de tiempo más…

Pero me voy por las ramas. Hablemos de “2001…”, la excelente novela de ciencia ficción de Arthur Clarke.

Todo se inicia hace millones de años atrás, cuando una presencia extraterrestre, valiéndose de un avanzado dispositivo de alta tecnología con forma de monolito rectangular de color negro, irrumpe en el planeta y manipula los destinos genéticos de los primeros homínidos, creando así a la raza humana. Millones de años después, cerca del 2001, la Humanidad ya ha dominado su entorno y se encuentra en los albores de un nuevo milenio de exploraciones espaciales. Es en ese marco de cosas que en la Luna es encontrado enterrado otro Monolito negro idéntico al primero. Para analizar la primera –y de momento única– prueba de vida extraterrestre, es llamado el Doctor Heywood Floyd, protagonista de la primera parte de la novela.
Floyd y sus colegas científicos investigan el Monolito, intentando descubrir su origen y secretos… hasta que el aparato se activa por sí mismo y manda una señal a un punto concreto del espacio exterior.

Saltamos entonces en el tiempo. Ya es el año 2001. Los astronautas David Bowman y Frank Poole son los primeros hombres en misión a Saturno. Viajan a bordo de la nave espacial Discovery en compañía de la supercomputadora HAL 9000, el cerebro electrónico encargado de mantener el correcto funcionamiento del vehículo y el cumplimiento de la misión. ¿Su destino real? El misterio, el enigma a revelar, el cual se encuentra encarnado en un nuevo Monolito, este de enormes dimensiones, que se halla cercano a Saturno, en una de sus lunas…

No puedo decir que la novela sea de ágil lectura. Habría que decir que la ciencia-ficción de Clarke es más ciencia de verdad que ficción. Solo si realmente gusta uno del género podrá disfrutarla.
Las partes a mi juicio más interesantes son el viaje espacial a Saturno en sí y la naturaleza del Monolito y la historia de sus creadores. De lo primero tenemos una cuidadosa descripción pormenorizada de una travesía espacial en términos reales por el espacio, momentos en los que los que amamos el cosmos y soñamos –vanamente– viajar por él nos regodeamos con la visión de su majestuosidad a través de los sentimientos y emociones de los astronautas Bowman y Poole al respecto. De lo segundo –la naturaleza del Monolito y sobre los seres que lo construyeron– tenemos poco pero conciso: Clarke los llama “Los Primeros” y han sido una raza que comenzó como nosotros. Después de un largo camino en la evolución, ahora son auténticos seres con poderes y habilidades similares a los dioses…

Otro punto a destacar de la novela es la computadora HAL 9000. Con su personalidad propia, no duda en recurrir al asesinato para evitar la desconexión por un malfuncionamiento interno. Hal mete miedo, pero creo justo decir que es el iniciador de una larga lista de ordenadores de ficción en el cine y en la literatura que se rebelan contra sus creadores.

EN SINTESIS: 

Una excelente novela, altamente recomendable para todos, incluso para quienes vieron la película de Stanley Kubrick y no entendieron el final –los hay, no les extrañe–. El libro tiene la ventaja de ser más explicativo con ello.

¡Saludos a todos!   

El Eternauta: El Planeta de los Simios (Epilogo)



Epilogo

Vicente López, provincia de Buenos Aires, Argentina.
Invierno de 1959

El Eternauta cerró los ojos, cansado. Aguardé a que continuara hablando. Seguramente las próximas palabras que saldrían de su boca me maravillarían y sobrecogerían otra vez. Llevaba horas escuchándolo y sin embargo no dejaba de sentirme fascinado y triste a la vez por su trágico destino.
-“En uno de los innumerables billones de galaxias que hay en el universo luce una estrella de mediana magnitud, y uno de sus satélites, un descolorido e insignificante planeta, está ahora sin vida” – recitó, con voz grave – Ese bien podría ser el epitafio perfecto para la Tierra, Germán. Le iría como anillo al dedo…
Sonrió, con tristeza.
-Pero, ¿en verdad fue el fin de la Tierra? – le pregunté – ¿Qué pasó con los simios? ¿Con Cornelius y Zira?
-Tiempo antes del estallido de la bomba del Juicio Final, Cornelius y Zira lograron escapar a la destrucción de la Tierra. Junto con un científico chimpancé recuperaron la nave de Taylor del fondo del lago donde se había hundido y la restauraron. Usándola, atravesaron a la inversa la brecha en el continuum y desembocaron en el año 1973, en Norteamérica. Al principio, fueron tratados y recibidos como celebridades por las gentes de esa Tierra, pero luego cuando fue conocido el destino que le aguardaba al ser humano en el futuro –terminar como ganado inferior dominado por los simios– hubo quien los persiguió y los mató…[1]
“Antes de morir, Zira dio a luz a un hijo, un chimpancé. Su nombre era Cesar y como su homologo humano le esperaba un destino de grandeza. En 1991, en un mundo alternativo, Cesar conduciría a los simios en una gran revuelta que acabaría con la toma del poder, y el nacimiento de un nuevo planeta de los simios. En este caso, ya no serian las guerras nucleares las que le darían origen al mundo del año 3978, sino esta revuelta.”[2]
“Aunque ni eso te lo puedo asegurar, Germán, puesto que la historia de ese continuum ha cambiado drásticamente y si bien hubo una guerra atómica más tarde, Cesar se encargó de ayudar a los sobrevivientes simios y humanos por igual a escapar a zonas seguras, donde intentaría luego crear una comunidad para que ambas razas pudieran convivir en paz.”[3]
El Eternauta calló. Me miró, con sus ojos que lo habían visto todo y sonrió. Lo hizo como ya era su costumbre desde que le conocí: con tristeza.
-Seguramente te estarás preguntando qué moraleja deja esta historia – dijo – ¿Cuál de ambos males es el mas peor y cual el menos terrible? ¿Los simios o los humanos? No lo sé. Creo que nadie tiene esa respuesta todavía. Por lo pronto, esta ha sido solo una historia más de las tantas que he visto en mis viajes por el tiempo, pero por suerte para ti, tengo otra. Una sobre un continuum donde tú, yo y la invasión de los Ellos no pasaba más allá de ser una famosa historieta de ciencia-ficción de culto… hasta que Ellos llegaron en verdad y el horror empezó de nuevo.[4]
Me apresté a oír, otra vez, al Eternauta. Solo se tomó una pausa antes de comenzar y la hizo para mirar a mi estudio. Nos encontrábamos sentados el uno frente al otro, tan solo separados por mi escritorio. Afuera, el invierno helado amustiando las plantas. Adentro, el calor del chalet herméticamente cerrado y el silencio, roto solamente por su voz grave y profunda una vez se decidió a  hablar de nuevo.
Esto es lo que me contó…


Fin


[1] Ver la película “Escape del Planeta de los Simios”.
[2] Ver la película “La Conquista del Planeta de los Simios”.
[3] Ver la película “La Batalla del Planeta de los Simios”.
[4] Ver el comic “El Eternauta: Odio Cósmico”.

El Eternauta: El Planeta de los Simios (Once)



11
El Juicio Final

Volvía a ver a Taylor más pronto de lo que hubiera imaginado. Los mutantes me llevaron de nuevo con él a nuestra habitación de confinamiento y entonces pudimos hablar sobre lo que estaba pasando…
-Planean enviar la bomba a través del tiempo al pasado – le expliqué – Utilizando lo que averiguaron al estudiar mi habilidad de desplazamiento espaciotemporal y la brecha en el continuum por la que llegaste a este época, esos dementes pretenden enviar la bomba a 1972 para hacerla detonar y así destruir la Tierra.
-¡Es una locura! – estalló Taylor – ¿Qué beneficio podrían obtener de ese sinsentido? ¡Si la Tierra es destruida en el pasado, nunca existirá este futuro, ni ellos tampoco!
-Eso mismo les dije, pero no les importa. Creen que su misión sagrada es evitar la ascensión al poder de los simios. Están dispuestos a destruir todo un universo con tal de acabarlos…
-¡Están locos!
-Pero hay más, Taylor… ¡Los simios están aquí!
-¿Qué?
Le referí el episodio con Méndez y cómo tanto él como sus seguidores habían captado mentalmente la llegada de una sorpresiva partida de exploradores gorilas.
-Por un lado, es una suerte. Eso quiere decir que no podrán enviar la bomba atrás en el tiempo, pero el peligro sigue vigente – razonó Taylor – No dudaran en usarla ahora si se sienten amenazados. ¡Debemos salir de aquí cuanto antes y evitarlo!
-¿Pero cómo?
Taylor señaló un conducto de ventilación cercano.
-Lo tenia pensado desde hacía rato. Creo que los ductos de ventilación nos llevaran fuera de esta habitación. Quizás hasta el salón donde tienen la bomba.
-¿Y luego?
-Luego, intentaré desactivarla. A parte de astronauta y Coronel, soy científico. Creo poder neutralizar ese aparato.
-Hagámoslo.
Con cierta dificultad, sacamos la reja del conducto de ventilación y nos colamos por él, con la esperanza de llegar a tiempo antes de que las cosas se fueran al diablo.

***

Los simios habían penetrado rápidamente en los subterráneos donde los mutantes se ocultaban. Llenos de ira descontrolada –aumentada por las infaustas revelaciones anteriores sobre su verdadero origen– y espoleados por Ursus, los soldados acribillaron a balazos a todos los que se encontraron a su camino.
-¡Destrúyanlos! ¡Acaben con todos! ¡¡MUERTE A LOS HUMANOS!!
Su furia asesina los llevó al gran salón donde yacía la bomba. Allí se encontraron cara a cara con Méndez, quien los enfrentó sin temor y totalmente indignado.
-Herejes. ¿Cómo osan profanar este santuario?
-¿Santuario? ¡Horrenda criatura! ¡Esto no es un santuario! ¡Es una fosa común! – le espetó Ursus –  ¡Acaben con él!
Los gorilas dispararon sus rifles y fusilaron a Méndez, quien se desplomó sin vida en el piso.
-¡Destruyan esa cosa! – ordenó el General, pisoteando el cadáver con asco y señalando a la bomba.
-¡ALTO! ¡No la toquen!
Todos se volvieron, las armas en alto, para apuntar a Taylor y a Juan, quienes habían llegado justo a tiempo en el momento más drástico de la situación.
-¿Taylor? – dijo Zaius, reconociéndolo. Acto seguido, se volvió hacia su compañero –  ¿Tú? ¡Entonces era cierto! ¡Podías hablar!
-¡Maten a esos dos humanos! – ladró Ursus.
-¡No! ¡Un momento! – Taylor alzó las manos – ¡Esperen! ¡No somos sus enemigos! ¡Solo queremos desactivar la bomba!
¡PAM, PAM, PAM!

***

Todo parecía haberse congelado en el tiempo. Taylor alzaba sus manos en señal de rendición y de repente le dispararon a quemarropa.
Literalmente lo fusilaron ante mis ojos. Cayó al piso, bañado en sangre. No lo pensé dos veces; corrí de inmediato hacia el viejo orangután y le robé la pistola que llevaba en la mano. Usándolo como escudo, encaré a los simios:
-¡Tiren sus armas! ¡Tiren los rifles al piso ya! ¡O les juro que le vuelo los sesos!
Los gorilas vacilaron. Miraron a Ursus.
-¿A qué esperan, idiotas? – les dijo –  ¡Maten a ese humano!
Nadie se movió. Estábamos en un punto muerto. Con Zaius de escudo, me acerqué a Taylor. Milagrosamente todavía seguía con vida, aunque no por mucho. Sus heridas eran fatales. Le ayudé a ponerse de pie.
-Llévame… ugh… llévame a los controles de la bomba – me pidió.
-¡Disparen a los humanos! – rugió Ursus – ¡Ya!
-Pero… pero el Dr. Zaius está enfrente – replicó un soldado.
-Sí. Es una pena. Será una perdida terrible para la Nación Simia, pero debemos cumplir con nuestro deber. ¡Mátenlos!
-Ahí está… la supuesta moral superior de sus simios, Zaius – susurró Taylor, frente al panel de control de la bomba. Sangraba por todas partes y hacía un esfuerzo sobrehumano para no rendirse – No son ustedes… mejores que los hombres…
-¿Cómo te atreves a cuestionar nuestra moral, bestia bruta? – retrucó un indignado Zaius – ¡El único mal aquí es el del hombre! – me miró. Continúe apuntando la pistola sobre su cabeza pero sabía que llegado el caso no podría jalar el gatillo. Pese a todo, no podía matar a sangre fría – ¡La única cosa vil y rastrera en este mundo son los humanos! ¡Seria mejor para todos que se rindieran y murieran como los animales estupidos que son!
-No comprende, ¿verdad, Doctor? – Taylor, moribundo, depositó su mano sobre un enorme botón rojo del panel de control. Lo miré, alarmado. ¿Qué pretendía hacer? – ¿Ve esta cosa? Tiene… el poder de incinerar al mundo en un holocausto demoledor… con solo apretar este botón, la detonaré si no se rinden todos ustedes… ahora.
-¡Más a mi favor para insistir en la malevolencia del hombre! – Zaius se volvió hacia Ursus – ¡General, haga lo que tiene que hacer! ¡Estoy dispuesto a sacrificar mi vida si es necesario con tal que fusile a estos monstruos! ¡Dispare sin temor!
-Ya lo oyeron, señores – Ursus se dirigió a sus tropas – ¡Preparen armas! Apunten…
-¡Taylor! – me volví hacia él, desesperado –  ¿Qué hacemos?
El astronauta norteamericano solo sonrió, con tristeza.
-Es el fin, Juan. Para todos – dijo. Comenzó a desplomarse sobre la consola de mandos de la bomba, muriendo por sus heridas.
-¡¡FUEGO!!
El grito de Ursus se mezcló con el atronador sonido de los múltiples disparos de los rifles. Vi llegar mi fin y pensé en Elena y en Martita… en que ya no podría buscarlas más entre los contínuums.
Mi viaje había llegado a su fin.
¿O no?
La conocida sensación del frío del inter-continuum se apoderó de mí. ¡Me iba! Mi cuerpo se volvió intangible, por lo que las balas pasaron a través de él sin provocarme daño alguno. Vi a Zaius caer fusilado… y vi a Taylor, ya casi muerto usar las fuerzas que le quedaban para presionar el botón rojo del detonador.
¡El detonador! ¡La bomba Alfa-Omega!
Un titánico destello inundó al mundo. Atiné solamente a cubrirme la cara con las manos, aunque no hizo falta. Terminaba de desvanecerme en el aire al mismo tiempo en que la bomba explotaba con desgarradora furia, enviando una onda de destrucción por toda la superficie del globo. Incinerando en un instante todo lo que se cruzó al paso de la bola de fuego atómico.
Aquel fue el fin de la Tierra.

El Eternauta: El Planeta de los Simios (Diez)



10
La verdad oculta

La expedición encabezada por el General Ursus y el Dr. Zaius a la Zona Prohibida había llegado a las cercanías de las ruinas de Nueva York. Desde la distancia y con el ceño fruncido, el viejo orangután contempló la que una vez fuera una majestuosa urbe con desdén.
-¿Qué se supone que estamos viendo, Doctor? – inquirió Ursus, a su lado.
-Un monumento a la infamia. Una imagen de la blasfemia…
-A mí me parece una ciudad.
-No se pase de listo conmigo, General – el orangután lo miró, serio – Hágame caso. Demos media vuelta y volvamos a casa.
-De ninguna manera. Estamos aquí, así que vamos a explorarla – Ursus se volvió hacia sus soldados –  ¡Atención! ¡Adelante! ¡Vamos, vamos!
En fila, la legión de gorilas armados se dirigió hacia la ciudad.

***

La escena en sí misma era totalmente bizarra: mutantes adorando a una bomba atómica como a un dios. Estupefacto, observé cómo Méndez y su gente reverenciaban al arma que podía destruir la vida en la Tierra y le dirigían oraciones.
-Bendita sea la Bomba y bendito sea Su Fuego – recitó Méndez – Por su Divino Poder, los impíos y pecadores serás castigados.
-¿Ustedes  quieren enviar atrás en el tiempo eso? – pregunté.
Méndez se santiguó. Se puso de pie y como si fuera lo más normal del mundo, reanudó su charla conmigo.
-Cuando capturamos al astronauta Taylor, supimos al leer su mente que en algún lugar del espacio había una brecha en el tiempo – me explicó – por la que tanto él como la tripulación de su nave cruzaron a nuestro continuum. Pero no fue hasta tú llegada que tuvimos la clave que nos indicó la dirección que nuestros experimentos al respecto deberían seguir. Planeamos enviar el Arma Divina al pasado de nuestro continuum y detonarla.
-¡Pero si hacen eso, destruirán la Tierra!
-Purgaríamos la Línea de Tiempo y el odioso imperio de los simios nunca llegaría a existir.
-¡Pero ustedes tampoco! – exclamé – ¿Qué no lo ven? ¡Si la bomba destruye la Tierra en el pasado, este futuro no existirá y por ende, ninguno de ustedes tampoco!
Méndez me miró fríamente.
-Es el precio que estamos dispuestos a pagar – declaró – El sacrificio máximo a nuestro Dios. La Tierra será purgada de la inmundicia simia para siempre jamás.
Retrocedí, asqueado.
-¡Pero morirán millones de inocentes!
Silencio. Méndez solo se limitó a mirarme.
-¡Es una locura! ¡Estarán condenando sistemáticamente a millones de personas a una muerte horrible!
Méndez continúo en silencio. Parecía petrificado donde estaba.
-¡No pueden hacerlo! – insistí.
Méndez frunció el ceño. Los demás mutantes le imitaron. Me percaté de que no me estaban escuchando en lo más mínimo. Es más, ni siquiera parecían estar pensando en mí.
-Los simios – dijo otro mutante, saliendo del trance telepático que todos compartían – Están aquí.

***

Ursus y Zaius contemplaban los restos de la Quinta Avenida en silencio. El resto de la tropa de gorilas, armas en mano, miraban para todas partes nerviosos.
-¿Algo que decir al respecto de lo que estamos viendo, Doctor? – preguntó el General. Zaius se acarició la barba con parsimonia.
-Tan solo las ruinas de una vieja ciudad condenada. Es todo – comentó.
-¿En serio? – el General lo miró, suspicaz –  ¿Construida por quién?
Zaius permaneció en silencio.
-Le he hecho una pregunta, Doctor – insistió el militar – ¿Quién construyó esta ciudad?
-¿Importa, acaso?
-¿Está escondiéndome información deliberadamente?
-Hay cosas, General, que es mejor no saberlas.
-¿Quién construyó esta ciudad? – insistió de nuevo el gorila.
Presionado, Zaius respondió:
-Los mismos que la destruyeron.
-No juegue a los acertijos conmigo, anciano – Ursus lo enfrentó – ¿Acaso se refiere a nuestros antepasados? ¡Responda! ¿Qué es lo que sabe usted?
Zaius se mordió los labios. El resto de los soldados de Ursus se mantenían al margen de la discusión. Asistían a la misma como espectadores que apenas entendían algo.
-¡Responda! ¿Quiénes vivían aquí antes?
-¿De verdad quiere saberlo, General?
-Se lo estoy preguntando…
-¿Aun a riesgo de enloquecer por lo que puedo decirle, quiere saberlo?
-¡Hable ya y déjese de rodeos!
-Muy bien. Usted lo pidió – Zaius señaló a la ciudad – Esta urbanización fue edificada y también destruida por manos humanas.
Ursus abrió la boca… y la volvió a cerrar. Un amplio murmullo se extendió entre los soldados. Todos estaban estupefactos con lo que habían oído.
-¡Está delirando! – el General resopló – ¡Dígame la verdad, Zaius!
-Se la estoy diciendo.
-¿Humanos construyendo cosas? ¡Es imposible! ¡Solo son unas bestias, brutas y descerebradas!
-Hubo un tiempo, hace mucho, que no fue siempre así. Los humanos gobernaban este planeta, General, y nosotros… - el orangután enmudeció.
-Nosotros, ¿Qué? ¡Continúe!
-Nosotros éramos sus animales. Sus bestias. Los que permanecían en jaulas en zoológicos y circos, para diversión de sus crías.
Ursus se tambaleó. Se sacó el casco y miró al orangután a los ojos.
Decía la verdad.
-Todos estos años… desde hace miles de años… ¿Hemos vivido una mentira? ¿Acaso nuestra Sagrada Biblia también mentía cuando decía en el Génesis que Dios creó al simio a Su Imagen y Semejanza?
Zaius guardó silencio. Había dicho todo lo que tenia que decir.
-¡No puede ser! – exclamó Ursus – ¡No puede ser! ¡Sencillamente, no puedo creerlo!
-¿Ve por qué nuestros antepasados nos prohibieron venir aquí? ¿Se da cuenta de las implicaciones de todo esto?
-¡Usted lo sabía y no nos dijo nada!
-¡Lo saben un puñado de miembros del Senado y nada más! El resto de la población vive en la ignorancia y es mejor que así sea, General. Por el bien de todos.
-¡No esperara que sea parte de esta mentira!
-¿Y qué prefiere? ¿Volver y decirle a la Nación Simia la verdad? ¿Qué no somos los reyes de la Creación que creíamos ser? ¡Piense! ¿Qué efectos tendrá todo eso ante la guerra contra el General Thade? ¡La moral de todos se ira por el piso! ¡Habrá suicidios en masa! ¡Depresión! No, Ursus, usted va a callar. Todos ustedes – Zaius miró a los gorilas – Todos van a callar lo que aquí se ha dicho.
Un grito desgarró el aire. Ursus y Zaius se volvieron y vieron que quien gritaba era un soldado. Señalaba histéricamente al cielo.
Unas nubes oscuras y abigarradas se habían juntado sobre la metrópoli en ruinas y entre ellas asomaba un rostro titánico y monstruoso. Una calavera humana feroz, de cuyas cuencas vacías surgían fuego y rayos eléctricos.
La visión llenó de espanto a los gorilas, quienes soltaron sus armas y empezaron a correr. Ursus les gritó para que volvieran y enfrentaran al descomunal espectro, pero era en vano. Solo el Dr. Zaius mantenía la cabeza en frío y analizaba aquel despliegue de efectos visuales con firmeza.
-Es un truco – dictaminó.
-¿Qué? – Ursus observó al espanto. No se movía del cielo. Era horrible, pero no hacía otra cosa que flotar suspendido allí.
-Es un truco – repitió el orangután – Una maniobra de disuasión. Alguien no nos quiere aquí.
-¿Pero quién podría vivir en este sitio?
La calavera se esfumó. Las nubes también. Acto seguido, una pared de llamas se materializó. Lo hizo junto con la visión de cientos de simios crucificados.
Esta vez Ursus retrocedió.
-¡En nombre del Legislador! ¿¿Qué es esto??
-Otro truco – Zaius caminó hacia el fuego. Lo atravesó sin quemarse – ¡Solo meras ilusiones!
El anciano orangután rebuscó entre sus ropas y sacó una pistola. Apuntó y efectuó un solo disparo. Las visiones cesaron abruptamente.
Un mutante yacía muerto en el piso, con un balazo en la frente. Ursus y varios gorilas se acercaron para verle mejor.
-¿Qué es eso?
-Un humano de alguna clase – explicó Zaius – Un humano con el poder de proyectar alucinaciones.
-¡Es una aberración!
-Sospecho que hay más de uno, General. Y que deben esconderse fuera de vista… quizás bajo la ciudad.
-¡Entonces los buscaremos y destruiremos! – Ursus había recuperado la energía - ¡Aniquilaremos a todas estas criaturas hasta que no quede ninguna!
-Entonces… ¿Guardara el secreto de la Zona Prohibida?
-¡Haré más que eso, Doctor! ¡Lo sepultare para siempre! – el militar se volvió hacia sus dispersas tropas –  ¡Reagrúpense! ¡Formación de ataque! ¡Vamos a buscar una entrada al subterráneo ya mismo!
El Dr. Zaius esbozó una pequeña y disimulada sonrisa. Después de todo, las viejas tradiciones y tabúes seguirían intactos… tal y como debía ser.

martes, 19 de febrero de 2013

El Eternauta: El Planeta de los Simios (Nueve)



9
Los mutantes

No sé con franqueza qué era lo que esperaba ver, pero lo cierto era que quienes aparecieron en la puerta lucían exactamente como Taylor y yo. Es decir, eso si descontábamos la ropa: una amplia túnica, debajo de la cual había un traje de corte futurístico ceñido al cuerpo. Incluso, el traje les cubría la cabeza dejando al descubierto solamente la cara y ésta era humana.
Los mutantes no dijeron nada. Como Taylor me previno, no hablaban. Al menos no con la boca. En mi cabeza sentí una voz clara y precisa, y ésta me ordenaba que los acompañase.
Era imposible resistirse a aquél mandato. El poder telepático era tal que mansamente como un corderito les seguí. Taylor quedó en la habitación, prisionero todavía. Esperando cuando lo necesitaran…
Caminamos por un largo pasillo cilíndrico bien iluminado, repleto de bustos. Todos representaban a un mismo hombre cuyo nombre leí en la base de uno de ellos como “Méndez”.
El paseo acabó cuando me introdujeron en un gran salón, donde tres hombres –más mutantes– me esperaban. Al único que reconocí fue al que parecía el líder: era el tipo de los bustos, Méndez.
-Soy… - empecé, pero tuve que callar. Con la mente, Méndez respondió antes de que pudiera continuar hablando.
“Sabemos quién eres”, dijo telepáticamente, “Juan Salvo, el Eternauta, el viajero del tiempo… te conocemos”.
Un desfile de imágenes se formó en el aire. Eran mis recuerdos y Méndez los estaba proyectando a medida que los extraía de mi mente. La Nevada Mortal, la guerra contra los Cascarudos, los hombres-robot, los Gurbos, los Manos y los Ellos. Elena, Martita, Favalli, Pablo, Franco, Mosca, Lucas, Polsky… Toda mi tragedia era proyectada en el aire con toda la crudeza visual, como si de una película se tratase.
Cuando la exhibición de poder telépata acabó, Méndez habló de nuevo:
“Hallamos interesante el concepto del viaje en el tiempo, puesto que pese a que lo intentamos, nuestros experimentos al respecto terminaron en sendos fracasos. Tu presencia aquí es una bendición, puesto que nos confirma que puede hacerse.”
-No controlo mi viaje en el tiempo – retruqué – Solo voy donde las mareas del flujo cósmico me llevan.
“Lo sabemos, pero hemos analizado la inestabilidad atómica de la que eres portador y dentro de poco podremos reproducirla artificialmente… solo deseamos enviar algo al pasado.”
Temí preguntar qué cosa era, pero Méndez no me lo dijo de inmediato. Siguió hablando…
“Una vez este mundo perteneció a nuestros ancestros”, explicó, “La raza humana. Y los simios ocupaban su lugar correspondiente en zoológicos y circos. Pero entonces todo cambió bruscamente. Hubo guerras y el poder atómico fue utilizado. Los cielos se encendieron y las ciudades ardieron… Cuando la Tercera y la Cuarta Guerra Mundial acabaron, el daño ya estaba hecho. A la Tierra le tomó mucho tiempo recuperarse…”
“Cuando la radiación residual desapareció, los simios evolucionaron y le robaron a nuestros ancestros el control del planeta. Lo que quedaba de los hombres involucionó a un estado mental animal y entonces el planeta de los simios nació.”
Méndez hizo una pausa en su monologo telepático. Aguardé a que continuara.
“Nuestros ancestros, los sobrevivientes de las lluvias radiactivas, se escondieron en refugios subterráneos y desde entonces han sido nuestro hogar. Desde aquí, con nuestros poderes, observamos cómo los infames simios llevaban su civilización y estamos al tanto de su gran guerra hoy en día…”
-¿Guerra? ¿Qué guerra?
Un nuevo desfile de imágenes apareció flotando en el aire. Méndez y sus hombres las proyectaban a modo de ilustración del relato. Mostraba a simios peleando encarnizadamente entre sí.
“La civilización simia está dividida en dos facciones: la Nación Simia, en el norte, y el Imperio del Sur. Éste último es gobernado por el despótico General Thade, un chimpancé guerrero devenido en emperador de facto. Una aberración para los mismos monos, puesto que los chimpancés ocupan un rol menor en la escala de posiciones de la sociedad simia. Cruentas batallas vienen produciéndose desde hace 20 años y la sombra de Thade es objeto de preocupación para los gobernantes del Norte. Mucha preocupación. Lo es también para nosotros, cansados como estamos de permanecer bajo tierra mientras que esos animales bárbaros pelean sobre el que es por derecho nuestro planeta. Pero ahora que estas aquí y que hemos analizado tu habilidad de moverte por el tiempo y el espacio, estamos en condiciones de cambiar las cosas. Como dije, solo queremos enviar un objeto al pasado… un solo objeto que cambiara drásticamente el curso de la Historia.”
Tenía que saberlo. Tenía que saberlo y ya. Formulé la temida pregunta.
-¿Qué cosa?
Méndez se volvió. Una luz se encendió al fondo del salón… y lo vi…
Apoyado sobre un pedestal frente al cual se alzaba un centro de mandos de avanzada tecnología, un gran misil nuclear brillaba bajo los reflectores. Tenía una capa de cobalto encima y una serie de letras grabadas en una de sus aletas. Eran una “A” y una “O”.
-La bomba del Juicio Final – dije, con un hilo de voz – La Bomba Alfa-Omega.
-El instrumento Divino – me corrigió Méndez.
Di un respingo. ¡Había hablado en voz alta! Prescindiendo del contacto telepático, había pasado al verbal.
El mutante y sus compañeros se agacharon, arrodillándose ante el cohete, de modo reverencial.
-Nuestro Dios – dijo, conmovido.

lunes, 18 de febrero de 2013

El Eternauta: El Planeta de los Simios (Ocho)



8
Taylor

Recuperé la conciencia de a poco. A intervalos, sentí que alguien me tocaba y me susurraba algo. No fue sino hasta que desperté del todo que me di cuenta de que me hallaba encerrado en una especie de habitación subterránea de alguna clase… y que no estaba solo.
-¿Cómo se encuentra? – me preguntó un hombre, inclinándose sobre mí.
Sorprendido de ver a otro ser humano como yo que hablaba, me incorporé un poco. Estaba tendido sobre una litera. Para mi desgracia, cuando intenté levantarme completamente sentí un fuerte mareo, como si alguien hubiera hecho un revuelto con mi cerebro.
-¿Está bien? – me volvió a preguntar el hombre.
-Todo me da vueltas…
-Tranquilo. La sensación pasará dentro de unos momentos. Temo que yo también la experimenté al llegar al lugar. Es un efecto colateral del choque mental.
-¿Choque mental? ¿De qué está hablando?
-¿Qué es lo último que recuerda?
-Yo…
Me quedé mudo. Recordé a Martita, corriendo hacia lo profundo del pozo del subterráneo y luego, el golpe.
-Mi hija – dije – Yo… he visto a mi hija.
-Una ilusión, seguramente. Todo con el fin de atraerle a uno de sus accesos a su territorio.
-¿De quién habla? ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?
El hombre suspiró ruidosamente.
-Mi nombre es George Taylor… Coronel George Taylor – se presentó.
-¡Taylor! – exclamé - ¡Usted es el que Zira mencionó!
Taylor se sorprendió.
-¿Conoce a Zira?
-¡Vaya sí no! Su marido y ella me ayudaron a escapar de los gorilas en el pueblo de los simios. Soy Juan Salvo.
El astronauta me miró, perplejo.
-¿Es usted español?
-Argentino – le corregí.
-¿Argentino? – frunció el ceño – No sabía que en Sudamérica también hubiera astronautas.
-Pues hasta donde sé, no los hay… soy un viajero del tiempo, como me imagino que lo es usted.
-De modo que ya lo sabe, ¿verdad? Esto es la Tierra.
-Lo que no me queda claro es el año…
-De acuerdo con el timer de mi nave antes de hundirse en un lago cuando llegué, es el año 3978. 3979, si la computadora de a bordo le erro el cálculo. Pleno siglo 40.
Taylor hizo una pausa. Se apoyó en una pared y se cruzó de brazos.
-Pero mejor empecemos por el principio – dijo – ¿A usted lo envió la ANSA a buscarme?
-¿ANSA?
-Administración Espacial Americana.
Pestañee.
-Querrá decir la NASA…
-¿La NASA? ¿Qué es eso?
Me llevé una mano a la cabeza. El mareo del principio se había transformado en una molesta migraña. Encima, todos aquellos interrogantes que se acumulaban no ayudaban a mejorarme.
-Espere un segundo, Taylor. Creo que venimos de mundos diferentes. Primero le contaré toda mi historia y luego oiremos la suya. ¿Qué le parece?
-Por lo pronto, no hay apuro – señaló a una puerta reforzada de acero – Estamos encerrados aquí. Hasta que decidan lo contrario, somos prisioneros. Así que tiempo tenemos de sobra.
Sin más, empecé con mi relato…

Taylor escuchó toda mi historia de cabo a rabo sin interrumpir. Al principio, se mostró escéptico, pero luego tuvo que rendirse ante las evidencias. Así como él era un astronauta que cruzaba el espacio, yo era un Eternauta, un viajero en el tiempo. Cuando acabé, una parte del asunto estaba aclarada. Faltaba la otra, la que le correspondía a él…
-Bien, creo que no tiene intenciones de mentirme, aunque se me hace difícil creer una historia como la suya – admitió – Pero dado que ambos estamos aquí y que en un mundo donde los humanos no hablan, nosotros podemos hacerlo, creo que es posible lo que cuenta. Mi historia es esta…

…Y Taylor me habló entonces de su vida.
Me contó que había nacido en Estados Unidos a finales de 1920. Que asistió a la escuela primaria en Fort Wayne, Indiana. Que se graduó con honores en West Point en 1941, y luego pasó a ser piloto de “Ace Fighter” en la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea. Que con el tiempo se convirtió en el primer candidato del cuerpo de astronautas del Programa ANSA para viajar al espacio…
Y aquí venia la parte más fundamental de todas, el punto de divergencia entre su Tierra y la mía.
La ANSA proyectó una misión espacial y para eso fabricó una nave, la Icarus. Dicha nave salió de Cabo Kennedy en enero de 1972 y contaba con –además de Taylor– los astronautas Dodge, Stewart y Landon.
-Solo yo sobreviví – dijo – Los otros… bien, no hay necesidad de hablar de los demás ahora…
-Me imagino que se habrá dado cuenta de las divergencias entre su mundo de origen y el mío – tercié – No solo venimos de diferentes épocas, sino de contínuums diferentes.
-Es cierto. En mi mundo no ocurrió nunca la invasión de los que usted llamó “Los Ellos”.
-Y en el mío el hombre todavía no había pisado el espacio en persona…
-Fascinante. El caso es que los dos somos viajeros del tiempo, parece.
-Así es.
-Y los dos tuvimos la desgracia de aterrizar en la misma época post-apocalíptica.
Taylor me refirió aquí sus desventuras en el planeta de los simios. Me contó sobre su llegada, cómo conoció a Zira y a Cornelius, y en especial a los gorilas y al Dr. Zaius.
Su narración continúo luego con el atroz descubrimiento de la Estatua de la Libertad en la costa y el oscuro entendimiento de que no estaba en ningún planeta alienígena, sino que se hallaba en la Tierra en todo momento y lo que eso significaba.
-Fueron las bombas atómicas – dijo, convencido – Las guerras nucleares redujeron al mundo a lo que vemos hoy, inutilizando al hombre y dándole paso al simio en la escala evolutiva. Pero hay más…
Taylor reanudó su relato y me contó lo que seguía de su viaje por la Zona Prohibida, junto con su compañera, Nova. Me contó que al igual que yo había llegado a las ruinas atomizadas de la ciudad de Nueva York y que aquí, merced a ilusiones y manipulación mental, sus ocupantes le hicieron prisionero.
-Ignoro qué ha sido de la pobre Nova en estos meses. Supongo que nada bueno – se lamentó – Ellos me retuvieron aquí desde entonces, alimentándome y cuidándome, y nada parecía cambiar hasta que apareció usted y le trajeron.
-¿Quiénes son “ellos”, Taylor? – inquirí.
-Mutantes – se estremeció – Humanos genéticamente alterados descendientes de aquellos que fueron irradiados por las explosiones atómicas pero sobrevivieron. Hay toda una colonia de mutantes viviendo debajo de lo que fuera Nueva York, a expensas de la Nación Simia que existe fuera de los límites de la Zona Prohibida. Y poseen terribles poderes mentales. Con ellos pueden hacer que uno vea y oiga lo que ellos quieran…
-Martita… mi hija…
-Seguramente lo leyeron de su mente y lo proyectaron, usándolo para atraerle. Son telepatas, Salvo. Se comunican con el pensamiento. Rara vez hablan como usted y yo lo hacemos.
-Pero, ¿Qué quieren? ¿Por qué nos retienen aquí?
-Lo ignoro con certeza. Creo que a lo mejor para hacer experimentos. Lejos de lo que podría creerse estos seres ansían recuperar el dominio de la humanidad sobre la Tierra. Y odian a los simios. Totalmente.
-Antes de venir aquí escuché que entre los simios habían quienes estaban decidiendo romper el viejo tabú de ingresar en esta zona…
-¡Sería una catástrofe! – exclamó Taylor, visiblemente alarmado – ¡Los mutantes que viven aquí disponen de un arma de destrucción masiva que podría acabar con toda la vida en la Tierra! La he visto; le llaman “La Bomba del Juicio Final”. La bomba Alfa-Omega, un dispositivo millones de veces más peligroso y mortífero que los que se usaron sobre Hiroshima y Nagasaki. ¡Si los simios ingresan en la Zona Prohibida, la usaran!
Justo cuando iba a replicar algo, un ruido en la puerta de acero me interrumpió. Nuestros carceleros habían venido…