miércoles, 24 de abril de 2013

Historia de la II Secesión de los Estados Unidos de América, de J.A Fortea



Año 2180, los Estados Unidos se enfrentan a la amenaza de la secesión de California. El Gobierno Federal y el Congreso de California, mantendrán una confrontación política y legal en la que nadie querrá ceder.
California, ante una situación de corrupción sin precedentes, tiene la intención de desligarse del destino del resto de la Unión. A partir de aquí comienza una novela de infinitas intrigas políticas en el marco de un pulso entre el fabuloso poderío de una Nación y la decidida determinación de un inmenso Estado como el californiano.
Ésta es una novela sobre el Poder, una larga reflexión acerca de la naturaleza del Poder, y de cómo una democracia puede irse viciando hasta tal punto que la República abandone su esencia para convertirse en Imperio sin perder sus formas externas democráticas

MI OPINION SOBRE ÉSTA NOVELA:

Es difícil hablar de ésta novela. Para empezar, creo que decir que “es una novela de ciencia-ficción” no seria lo adecuado, como tampoco que es una novela del género fantástico/religioso. Si bien “Historia de la II Secesión de los Estados Unidos de América” sirve como una especie de precuela a “Cyclus Apocalypticus”, la fabulosa obra maestra del Padre Fortea sobre la Era del Apocalipsis, este libro también se puede leer de manera independiente de ella. Insisto: no es fácil catalogar esta novela y ya les explico el motivo…
“Historia…” arranca en el año 2180, un año antes de los acontecimientos que dan inicio a “Cyclus Apocalypticus”. Su protagonista es el Presidente Ethan Ellsworth, el Primer Mandatario de turno de los Estados Unidos, quien ya va por su segundo periodo lectivo. Una crisis surge de repente, cuando el estado de California decide separarse de la Unión de los Estados Unidos y para ello apela a todos los recursos que tiene disponibles: la Ley, el Tribunal Supremo, etc.
 “Historia de la II Secesión de los Estados Unidos de América” es la historia de esa separación y todo el trasfondo político que la rodea. Si tuviera que a la fuerza arriesgar una calificación para esta novela, diría que bien podría entrar dentro de la novela política, porque entre sus páginas se tocan muchísimos temas sobre ello. El Padre Fortea de nuevo maravilla con su fluida narración y su gran conocimiento sobre el Gran País del Norte y cómo funcionan sus leyes. Para un neófito en la materia, el libro es difícil de entender. Yo, debo confesarlo, de política estadounidense no sé ni mu, pero sé lo que es el juego del Poder. Esta novela tiene mucho de eso: intrigas palaciegas y juegos de poder. Política y corrupción, las dos temáticas que parece manejar –y muy bien– este libro.
Ethan es un presidente pobre, incapaz de hacerle frente al cambio que exigen las masas. Gobierna un país corrupto, donde hasta el FBI y la CIA han sido comprados por una fuerza extranjera que quiere apoderarse de USA, encarnada en el personaje de Fromheim Schwartz, político líder de la Republica Europea, a quien aquellos que leímos la anterior novela del Padre Fortea reconocemos como el Anticristo (el primero en venir, de una larga lista de sucesores aun más siniestros que él). Es la mano de Fromheim la que secretamente y en las sombras, orquesta la decadencia moral y política que vive USA en ese ficticio y futuro año 2180.

El libro es muy bueno, pero lo repito, es más una novela de intriga política que algo de ciencia-ficción. No hay aquí muchas descripciones de altas tecnologías, apenas se habla de ellas, como sea grandes obras arquitectónicas imposibles para nuestra época y recursos (el Edificio Gates en Manhattan, un inmenso rascacielos cilíndrico espectacular), bases navales gigantescas, tipo portaaviones titánicos para albergar tropas, algún que otro acorazado orbital y algunas aeronaves de transporte personal. Poco para decir “ciencia-ficción”, pero creo honestamente que la narración, donde tiene más peso, es en la parte política. En aquello de cómo una Nación Democrática se desliza a la decadencia y del más oscuro fango, se sale hacia un naciente Imperio. Algo que podría –a titulo de sonar exagerado– tener unos impresionantes paralelismos de cómo se va llevando la política por acá en Argentina, por estos días, pero ese es otro tema que –por razones personales– no pienso tocar aquí…

EN SINTESIS:

El libro no es malo, pero tampoco es súper bueno. Es una novela que puede leerse independiente de su antecesora. La recomiendo, pese a todo.

Saludos a todos!  

martes, 16 de abril de 2013

Cyclus Apocalypticus, de J.A Fortea



Año 2181-2213. El Anticristo, la Gran Apostasía, la Abominación de la Desolación... la historia que pone fin a la Historia. Este libro es la historia de una civilización sobre la que se van a abatir las siete trompetas apocalípticas, un mundo sobre el que se van a derramar las siete copas de la ira de Dios, una humanidad sobre la que se abrirán los siete sellos bíblicos.
Una novela cuyo personaje es la entera civilización de finales del siglo XXI y principios del XXII. La visión de la destrucción del mundo desde el lado de los no creyentes. La crónica de la deconstrucción de una sociedad planetaria.

SOBRE SU AUTOR:

José Antonio Fortea Cucurull (Barbastro, España, 1968) es sacerdote y teólogo especializado en demonología. Cursó sus estudios de Teología para el sacerdocio en la Universidad de Navarra. Se licenció en la especialidad de Historia de la Iglesia en la Facultad de Teología de Comillas. Pertenece al presbiterio de la diócesis de Alcalá de Henares (Madrid). En 1998 defendió su tesis de licenciatura "El exorcismo en la época actual" dirigida por el secretario de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Actualmente está preparando en Roma su doctorado en Teología.

MI OPINION SOBRE ÉSTA NOVELA: 

Hay libros que son sencillamente geniales. No puedo dejar de reconocer que éste es uno de esos. Señoras y señores, sin pelos en la lengua, puedo decirles sin temor a equivocarme, que estamos en presencia de una OBRA MAESTRA de la narrativa apocalíptica.
“Cyclus Apocalypticus” es la primera de diez novelas escritas por el Padre Fortea, conocido teólogo y experto demonólogo. En clave de ciencia-ficción, este gran hombre nos plantea en ésta novela el Apocalipsis desde la óptica de los no creyentes, de los enemigos de Cristo y de Dios.

Pero me apuro: vamos por partes.

La novela arranca en el año 2181 y abarca un largo periodo de tiempo hasta el 2213, narrándonos la epopeya de una futura civilización tecnocratica y globalizada. En un mundo dividido entre la Confederación (de la que forman parte países como Estados Unidos y casi todos los de América) y la Republica Europea (todos los países de Europa, parte de África y de Asia), el Bien y el Mal medirán fuerzas en el que solo puede ser descrito como el último combate entre ambos. Muchos vivirán, pero otros muchos morirán, durante las ciento y pico de páginas que componen esta obra maestra.
El Padre Fortea crea un clima muy creíble y sólido en esta novela. El libro impacta desde la primera escena, con un monje viendo desde un monasterio una ciudad tecnificada al estilo de las de la película “Blade Runner”, o el planeta Coruscant de “Star Wars”: edificios gigantescos, altísimos, surcados de aeronaves y demás vehículos de alta tecnología. Y en ese escenario de ciencia-ficción hard, el drama, el desarrollo de la epopeya… la lucha del Bien contra el Mal, de Dios contra el Diablo.

No hay un protagonista fijo en esta novela; a decir verdad, el Padre Fortea lo que hace es describir un mundo y a sus habitantes. Y lo hace de manera magistral. Por supuesto, si habría que buscar un protagonista a la fuerza, más allá de lo citado, seria el Anticristo, mítico personaje que hace aparición entre estas paginas, encarnado en diversos momentos de la historia en los Emperadores de la Republica Europea, devenida en un Imperio férreo y expansionista con el correr del tiempo, conforme avanza la trama.
El Anticristo en esta novela es primero Fromheim, un político sin escrúpulos y ateo, que orquesta un master plan para quedarse con la presidencia de los Estados Unidos. Escenas memorables son aquellas como las del atentado al Congreso, cuando un par de aviones caza lo vuelan en pedazos con los Senadores adentro... Gracias a él, Fromheim no solo logra consolidar su poder como Emperador de la Republica Europea, sino que también convertirse en Presidente de USA (elecciones amañadas mediante) y suspender por tiempo indefinido –mediante ciertas medidas– la democracia.
Luego, el Anticristo es uno de su sucesores, ya avanzado los años. El Emperador Viniciano, un autentico déspota, quién no duda en perseguir a los cristianos y encerrarlos en gigantescos campos de concentración e instaurar una nueva teocracia mundial, que adorara a Dagon, un falso dios que en realidad es la representación de Satanás

Hay mucho para contar sobre las cosas que suceden en las páginas de esta novela. No podría abarcarlas todas. Imagínense que desde 2181 hasta 2213 hay mucha tela para cortar. Lo que sí puedo decirles es que la lectura de este libro es altamente adictiva. No he podido dejar de leerlo… Es tan, pero tan bueno, que no dudo en recomendarlo a todo aquel que desee leerlo.
Al fanático de la ciencia-ficción le gustara, pero sobre todas las cosas como he comentado, el libro está escrito desde el punto de vista de los no creyentes, así que no se toparan en él con las típicas monsergas usuales de corte religioso que uno podría esperar en una obra que está escrita, justamente, por un cura. Es en realidad un libro muy, pero que muy bueno.

¿INTERESADO? ¿CÓMO LO CONSIGO?

El libro lo puedes tener de dos formas. La primera es la usual, comprándolo en tu tienda más cercana. Pero también hay que reconocer que no todo el mundo puede hacerlo, dado que es dificilísimo conseguir la obra del Padre Fortea fuera de España. La segunda opción que es viable para todos es pedirlo para que te lo envíen en formato PDF por correo electrónico. Y es a la siguiente dirección: fort939@gmail.com
Escriban allí sin temor. Un colaborador del Padre Fortea les proporcionara ésta y las demás obras de la Decalogía (así se llama la Saga del Apocalipsis de Fortea) en PDF lista para leerla en sus PCs (o, como es mi caso, imprimirla y luego leerla, jejeje).

EN SINTESIS: 

El libro es GENIAL. Al menos, para mí lo ha sido. Sin duda, esperen más comentarios del resto de las novelas que componen esta saga. Desde este humilde blog, yo recomiendo “Cyclus Apocalypticus” y todas las novelas que le siguen.

¡Saludos a todos!

lunes, 15 de abril de 2013

Transformers: Sacrificio


(Escrito por Federico Hernán Bravo)

 

Optimus Prime.

Megatron.

Autobot y Decepticon.

Desde hace millares de años, esta fabulosa raza de seres mecanoides llamada Transformers lleva a cabo una terrible y encarnizada guerra por el control de su futuro. Una guerra devastadora que se extendió desde Cybertron, su planeta natal, hasta la azul Tierra y aún más allá, a los confines últimos de la Galaxia.

Una guerra que, quizás, ha evolucionado tanto hasta sólo convertirse en un nexo, una contienda, entre dos personalidades duales.

Dos formas de ver, sentir y entender la vida.

Optimus Prime.

Megatron.

Autobot y Decepticon.

En una contienda entre ambos, ¿quién ganaría?

¿Quién de los dos saldría vencedor de esta terrible lucha cósmica? ¿Cuál de ambos bandos se alzaría con la victoria final, sobre la superficie de un desolado planeta Cybertron?

*** 

La batalla parecía interminable y el panorama era tan negro como lo era desde hacia millares de años.

Frente a Optimus Prime, ilustre líder de los Autobots, un tendal de cuerpos mecánicos, partes destrozadas o parcialmente carbonizadas se extendían hasta el infinito. Toda la metálica superficie de Cybertron, antiguamente lustrosa en tiempos pretéritos, se había convertido en un cementerio de chatarra robótica infernal.

Jamás imaginó Optimus que las consecuencias de aquella guerra cósmica devastadora contra sus rivales, los Decepticons, podrían desembocar en tamaño holocausto, en tamaña matanza sin par. De pie, entre los restos de cientos de Transformers aniquilados, entre las carcasas reducidas a pedazos de antiguos camaradas Autobots, compañeros, familiares y amigos caídos en la batalla, por primera vez sintió, en lo que ya iba de su larga tecno-orgánica vida, un inmenso pesar.

Un sufrimiento terrible.

—Todo esto podría haberse evitado —se dijo a sí mismo, meneando la cabeza desolado. En momentos como aquel, casi envidiaba a sus amigos humanos de la Tierra, quienes tenían la capacidad de derramar lágrimas por los fallecidos. Lo cierto era que de los foto-receptores que eran sus ojos, Optimus no podía sacar ni la más mínima gota de humedad en honor de tantas vidas cibernéticas apagadas en su plenitud—. Lo lamento mucho, hermano —siguió diciendo, ahora agachándose para sostenerle la mano a un Autobot moribundo, caído a su lado—. Esto no debería ser así. Esto no debería suceder de esta forma. Tanta muerte... tanto dolor...

—Optimus... —el Autobot moribundo se esforzaba por continuar funcionando, en vano. Optimus se daba cuenta de que se encontraba al límite de su operacionalidad. Pronto, dejaría de existir. Se apagaría irremediablemente, como tantos otros, y su Chispa, su esencia energética de vida, se uniría a la Gran Matriz de la Creación, como siempre sucedía.

—Perdóname, por favor —suplicó el líder de los Autobots, consolando al caído—. Perdóname por no haber salvado tu vida.

—¡Oh! ¡Qué conmovedor!

Un repentino estallido de luz violácea se produjo. Prime retrocedió, sorprendido. Un disparo de energía había cesado más aprisa la existencia del robot mortalmente herido, reduciéndolo a un cascarón quemado. Una terrible carcajada de burla resonó en el aire, como continuación de la voz sardónica que la había antecedido.

Optimus se volvió, enfrentando al recién llegado. Parado en mitad de aquel campo de chatarra, un nuevo robot se erguía, desafiante. Una figura blanca y gris, quien mientras sonreía malévolamente le apuntaba con su cañón de fisión.

—Megatron —dijo Optimus, reconociéndolo.

—Prime... Mi querido y obtuso Prime —Megatron volvió a reír. Se aproximó más al Autobot, pisando, al hacerlo, despreciativamente los restos de varios robots caídos, entre los que también había muchos Decepticons abatidos—. Me conmueves, Prime. ¿Llorando? ¿Por los moribundos? Una actitud muy orgánica de tu parte. Quizás te lo pegaron esos sucios monos sin pelo de la Tierra...

Otra carcajada. Megatron se detuvo a escasos centímetros de Optimus, el cañón de fisión en alto.

—Pobre, pobre Prime... Sinceramente no quería darle crédito a esos rumores que recorrían las trincheras de nuestro planeta. Los que decían que te habías vuelto blando, que la guerra te había "humanizado" —el Decepticon pronunció esta palabra con asco—. Pero ahora veo que es todo cierto —dijo, con una torva sonrisa congelada en su rostro de metal—. Los años se te vienen encima, viejo enemigo... Deberías retirarte a un desguasadero y dejar que las maquinas de desarme te reduzcan a un bonito y compacto montón de basura.

—El pobre eres tú, Megatron —dijo Optimus, firme en su lugar, la mirada en alto—. Y, creeme, te compadezco. Estamos aquí, en mitad de un campo sembrado de millones de nuestros hermanos muertos, y ni siquiera puedes sentir la más mínima vergüenza, la más pequeña misericordia por ellos. Te compadezco, Megatron. Eres incapaz de sentir nada.

—No necesito tu compasión. ¡Ahórratela! —los fieros ojos del Decepticon brillaron rojos, rebosantes de odio puro—. ¡Esto es la guerra! ¡No puede haber ni debilidades ni flaqueza en una guerra!

—Esto no es una guerra... esto es un error —Optimus señaló al campo de batalla—. ¡Un horror! Y es un horror que no puede continuar... Megatron, en nombre de la Matriz, ¡te ruego que este infierno termine! ¡No puede ser que nuestras diferencias continúen extendiéndose de esta manera!

—Prime, te prometo algo: esto terminará, de eso puedes estar seguro. Terminará... ¡cuando yo gane!

Silencio. Los dos Transformers se miraron por un largo minuto, hasta que:

—De modo que... ¿Has venido personalmente a terminar conmigo? —preguntó Optimus.

La sonrisa de malevolencia sin límites volvió a asomar en el rostro de Megatron.

—Muy bien... ¡Acabemos con esto!

Los dos Transformers se dispusieron a luchar. Megatron le propinó a Optimus un feroz puñetazo que lo mandó por el aire contra una cercana torre de metal. Luego, voló hasta él y comenzó a aporrearlo con todo.

—¡Eres débil, Prime! Siempre lo sospeché —exclamó el Decepticon, golpeando sin piedad a su rival—. ¡No tienes la mas mínima oportunidad!

—No soy débil, Megatron —el puño del villano fue detenido por la mano del Autobot. Ambos comenzaron a forcejear entonces en un titánico choque de fuerzas sin igual—. ¡El débil eres tú! ¿No te das cuenta? ¡Esta guerra es un horror! ¡Millones han muerto hoy por culpa de tu arrogancia! Te lo vuelvo a pedir... ¡Finaliza esto!

—¡Claro que lo haré! ¡Cuando te mate!

Megatron elevó su rodilla, golpeando a Optimus en el pecho, provocando que uno y otro se separaran. Aprovechando su ventaja, el líder de los Decepticons enfocó su cañón de fisión nuevamente en su rival. Optimus, ni lento ni perezoso, se aferró del arma y a pura fuerza bruta, desvió el disparo contra el plomizo cielo de Cybertron. A continuación, se lo arrancó del brazo a su contendiente.

—¡Sin trucos! —Optimus arrojó el cañón lejos de su alcance—. Solos tú y yo... ¡Sin armas!

—¿Crees que necesito de mi cañón para destrozarte? ¡Iluso! —el Decepticon cerró sus puños y lo golpeó, con rabia—. ¡Te arrancaré tus circuitos con mis manos!

La pelea se reanudó. Cada ataque entre ambos robots producía temblores en la zona. No había nadie mas allí, salvo los incontables restos de sus caídos, sembrados en torno de ambos como grotescas flores de acero de pesadilla.

Pasaron las horas... y ninguno de los dos pareció cesar. Tanto la fuerza de Optimus como la de Megatron siguieron igualadas. Sin embargo, sus cuerpos de metal comenzaron a exhibir sendas marcas de daño. El gris y el rojo de ambos mecanoides ya no brillaban igual; profundas grietas se abrieron en rincones de su superficie y muchos cables colgaban sueltos, de brazos y piernas.

Una pausa se produce, en mitad de la contienda de titanes. Otra vez se vuelven a mirar cara a cara, el tiempo más que suficiente para hablar.

—Es inútil, Prime —jadeó el Decepticon. Aceite o algo similar emergía a modo de sangre de la comisura de sus labios—. ¡Jamás podrás vencerme! Soy el más poderoso de los dos.

—El poder, como tú lo llamas, no lo es todo, Megatron —replicó Optimus—. Hay cosas que trascienden el poder. Cosas que valen mucho más que las necias ideas ambiciosas que siempre han conducido tu vida. ¡Cosas como el respeto, la decencia, el amor y la vida misma! ¡Las mismas cosas que tú aborreces y, que sin embargo, son el pilar de mi fuerza!

La risa de Megatron provocó ecos en el aire.

—¡Son debilidades, mi querido Prime! Nada más que eso. Conceptos ajenos a nosotros, seres superiores, por encima de toda esa basura biológica. ¡Cuando entiendas esto, comprenderás el por qué de mi lucha!

—No lo puedo creer... ¡Es lo ultimo que esperaba oír de ti! ¿Seres superiores? ¿Qué clase de propaganda discriminadora Decepticon es esa? ¿Seres superiores? ¿De qué "superioridad" me hablas? ¡Reacciona, Megatron! ¡No somos dioses! ¡No somos mejores que los seres biológicos! La prueba la tienes a tu alrededor —Optimus extendió sus brazos heridos, en dirección al cementerio que les rodeaba—. ¡Mira! Esta guerra... Esta horrible matanza... ¿Es acaso una muestra de "superioridad"? ¿Pretendes decir que las vidas caídas de tantos Autobots y Decepticons, de tantos Transformers, de tantos de nuestros hermanos, es símbolo de nuestra "superioridad"? ¡Estás equivocado! ¡Es una barbarie!

—No estoy de acuerdo —el puño de Megatron se estrelló con violencia en el rostro de Optimus—. ¡Somos superiores! Todas las tonterías que has dicho sólo son el resultado de la contaminación que has sufrido al pasar por la Tierra. Los sucios humanos tienen la culpa. No temas, Prime —sonrió—. ¡Todo esto terminará cuando mueras!

—¿Es eso lo que necesitas? —Optimus retrocedió, dando un margen de distancia. Megatron se sorprendió. El Autobot estaba evadiendo el combate—. ¿Es sólo mi muerte la que te daría satisfacción? ¿La que pondría final a esta horrorosa guerra?

—¿Qué rayos estás haciendo?

—Algo que jamás pensé realmente que iba a hacer —el líder de los Autobots se agachó y recogió un rifle láser de entre los cuerpos de otros robots caídos. Se lo arrojó a su enemigo para que lo agarrara—. Darte la oportunidad de cumplir tu sueño.

Optimus se paró en medio de un montículo de Transformers abatidos, abriendo sus brazos en cruz y esperando.

Megatron estaba perplejo.

—¿No es lo que querías hasta hace un rato? ¿Matarme?

—¡Estás loco, Prime!

—¡Vamos! ¡Dispara! ¡Aquí estoy! —dijo Optimus, sin titubear—. Si este sacrificio, si esta única muerte sirve para que te sientas lleno y que la matanza de tantos y tantos termine, estoy dispuesto a dejarte hacerlo.

El Decepticon enmudeció. Estaba absolutamente desconcertado.

—¡Adelante! ¿Qué estás esperando? ¿Qué podría retrasar ahora al Todopoderoso Megatron? ¿Qué podría impedir que cumpla con su destino? ¡Adelante! ¡Dispárame!

—Estás loco, Prime —Megatron rió, pero esta vez la carcajada murió en su boca al ver la seriedad del otro—. ¿Estás hablando en serio, verdad? ¿Pretendes morir para que una guerra termine? ¿Es así o es que acaso tu sinapsis cerebral se atrofió de tantos golpes?

—Somos tú y yo, en este valle de lágrimas... Rodeados de millones de vidas apagadas... De seres que cayeron presas de la locura, de la barbarie... Si hago esto, es por ellos, por los miles de miles de millones de ellos. Y por los millones más que están allá afuera, en el Cosmos... Por los seres biológicos, que tanto desprecias... Por la gente de la Tierra.

—¡Estás demente!

—No, Megatron. Estoy muy cuerdo. Si esto sirve para aplacar tu ira, ¡que así sea! ¡Dispara!

El rifle láser fue apuntado a Optimus directamente a su cabeza. Megatron vaciló un momento.

—¡Te voy a matar, Prime! ¡Te voy a destruir totalmente!

—Hazlo.

Nueva vacilación del Decepticon. El arma se balanceó en su mano, casi tembló.

—¿Te das cuenta, verdad? ¡Vas a morir! ¿Estás realmente dispuesto a hacerlo? ¿A costa de que con esto, la guerra acabe? ¿A costa de que yo gane?

Hubo una fiera determinación en Optimus cuando respondió.

—Sé que el mundo bajo tu yugo sería algo aterrador, pero acabarían los derramamientos de vidas inocentes de la forma en la que hoy y ahora suceden —dijo—. Sí, con tal de detener la guerra... Sí.

Silencio.

Megatron apuntó el arma, dispuesto a disparar. La cabeza del Autobot estaba a tiro. Una vez apretado el gatillo, volaría en partículas y se apagaría inexorablemente.

Lo iba a hacer. Mataría a su enemigo tan odiado.

Vaciló.

—¡Maldita seas, Prime! —escupió al final Megatron, arrojando el arma al suelo—. ¡No! No tiene sentido... ¡No de esta forma!

—¿Por qué?

—¿Por qué? —la pregunta descolocó al Decepticon. Furioso, se acercó a su rival y agitó un dedo delante de él—. ¡Te diré por qué! —le espetó—. ¡Morirás, Prime! Pero será a mi manera. ¡Jamás a la tuya! ¿Crees que soy idiota, verdad? —sonrió—. ¿Esperabas a que me tentara y apretara el gatillo? ¿Y qué sucedería luego de tu muerte, eh? ¡Los sucios Autobots que comandas te tomarían como un mártir! ¡Espolearían tu estúpida causa con más fiereza que nunca!

Optimus no dijo nada. Permaneció en silencio.

—¿No me equivoqué, cierto? ¡Optimus Prime, el Gran Mártir de la Causa Autobot! ¡Se dejó morir como el sacrificio para detener la guerra! ¿Qué clase de payaso crees que soy? ¡Olvídalo! —Megatron se volvió, comenzando a retirarse del lugar—. Morirás, eso tenlo por seguro, pero cuando caigas solo será a mi manera... ¡Sin gloria! ¡Sin triunfos! ¡Sin nada! ¡Caerás como tantos otros!

El Decepticon se fue. Solo al fin, en el campo de batalla, el Autobot suspiró, por primera vez agotado.

—Supongo que es un empate, entonces —dijo una voz, emergiendo de un rincón en sombras.

—Podríamos decir que sí —Optimus se volteó hacia la figura recién llegada, otro Transformer de gran tamaño que caminaba lentamente hacia él—. No creo que Megatron aceptara aquello de "uno de los contendientes abandonó la lucha".

—¿Estás bien?

—Estaré mejor, Ultra Magnus, cuando todo esto acabe —miró hacia el horizonte de Cybertron, en donde antiguas y grandes ciudades-fábrica ardían en llamas—. Cuando la guerra en verdad acabe.

—No pude evitar ver y oír el final de esta contienda, Optimus —declaró Ultra Magnus, preocupado—. Me preguntaba... ¿Realmente ibas a dejar que lo hiciera? ¿Ibas a permitir que te matara para terminar con la guerra?

Hubo un largísimo silencio, hasta que Optimus contestó. En todo momento, su vista estaba posada en el horizonte y en el inmenso campo de muerte y destrucción que les rodeaba.

—Sí.

jueves, 4 de abril de 2013

Habemus Papam (Cinco)



5

“Annuntio vobis gaudium mágnum; Habemus Papam”.
Tras el primer anuncio desde el balcón, la multitud de creyentes reunidos en la plaza exclamó a una, llena de gozo. Desde su posición, oculto todavía tras las cortinas rojas, el nuevo Papa aguardaba su momento.
Su corazón latía con fuerza. El que hasta hace poco fuera el cardenal Peter O’Toole le rezaba a Dios en ese instante con los ojos cerrados. Llevaba encima el atuendo papal y se sentía extraño…
“Dios, dame fuerzas”, decía en su mente, “Santa Maria, Madre de Dios, dame fuerzas. Amado Jesús, te pido que me guíes para estar a la altura de la situación. Hay allá afuera tanta gente… Dios, dame las fuerzas para poder ser el digno representante tuyo”.
El anuncio en el balcón prosiguió. Las palabras, pronunciadas en latín, continuaron:
“Emminentissimum ac reveren dissimum Dominum, Dominum Peter, sanctae romanae ecclesiae cardinalem O’Toole, qui sibi nomen imposuit Juan Pablo III”
La algarabía fue total, sumada a la sorpresa por el anuncio de quién seria el Papa. El periodista en la plaza, junto a sus colegas, se quedó estupefacto. Solo cuando le fue traducido el mensaje dado desde el balcón, comentó:
-¡Damas y caballeros, un hecho increíble, pero no del todo inesperado! – dijo – ¡El cardenal norteamericano Peter O’Toole acaba de ser nombrado jefe máximo de la Iglesia católica! ¡Ha decidido llamarse Juan Pablo III, en evidente homenaje a uno de sus antecesores, el recordado y querido Juan Pablo II! ¡Es un momento histórico! ¡Otro Papa americano!
-¡¡Viva el Papa!! – gritó alguien.
-¡Viva! – fue la respuesta de la multitud.
-Atención… Ahora hay movimiento en el balcón otra vez… parece que el nuevo Papa va a salir…
Las cortinas, echadas brevemente tras el anuncio, se agitaron de nuevo. A continuación, apareció la comitiva papal portando la cruz y detrás de ella, venia el mismísimo Santo Padre.
“Mi Dios”, pensó Juan Pablo III al ver a la multitud. Hubo nuevos gritos de ovación, risas y algarabía en general. Las banderas de todos los países del mundo y del Vaticano se agitaron en el aire y el Papa se congeló un instante en el balcón.
-¡Viva el Papa!
-¡¡Viva!!
-¡Viva Cristo!
-¡¡Viva!!
Desde donde estaba, Su Santidad podía oír aquellos gritos. La fe, el cariño… todo eso era palpable desde allí donde estaba parado. Juan Pablo III podía sentirlo, olerlo. Era su momento y el momento de Dios. Alzó una mano y saludó. Sonrió, limpia y radiantemente, provocando un alud de aplausos de toda la gente en la plaza.
Le acercaron un micrófono. Suspiró. Era hora de hablar con los feligreses.
“Amado Cristo, guía mi lengua”.
-Queridos hermanos y hermanas – empezó, en un perfecto italiano – benditos sean todos ustedes.
Más aplausos y gritos. Los “¡Viva!” se multiplicaron.
-Con humildad, he aceptado este cargo, el cual me fue impuesto por el Espíritu Santo, quien descendió y guió a mis hermanos cardenales en la votación. Es para mí un honor, pero también una gran responsabilidad convertirme en el sucesor de tan amado Papa como lo fue mi antecesor, Francisco, a quien llevaremos siempre en nuestros corazones.
Juan Pablo III hizo una pausa en su oratoria. La multitud guardó un respetuoso silencio en honor del Papa fallecido.
-No es tiempo de tristeza, sin embargo, sino de gozo – continuó Su Santidad – Su legado y el de Pedro… el legado de fe y esperanza de Nuestro Señor Jesucristo, continuara. Hoy, aquí en esta plaza, ante todos ustedes, me comprometo a llevarlo conmigo hasta el final de mis días. La Iglesia y los fieles, todos nosotros en conjunto, encararemos la tarea de que la Palabra de Dios siga viva y llegue a los corazones de todo el mundo.
De nuevo hubo exclamaciones y vítores. Alguien le susurró al Papa que era hora de impartir la bendición. Juan Pablo III asintió y se dispuso a hacerlo.
-Que los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, en cuyo poder y autoridad confiamos, intercedan por nosotros ante el Señor.
-Amen – respondió la multitud.
-Que por a las oraciones y los méritos de santa María, siempre Virgen, de san Miguel Arcángel, de san Juan el Bautista, de los santos Apóstoles Pedro y Pablo y de todos los Santos, Dios todopoderoso tenga misericordia de vosotros y, perdonados todos vuestros pecados, os conduzca por Jesucristo hasta la vida eterna.
-Amen.
-Que el Señor omnipotente y misericordioso os conceda la indulgencia, la absolución y la remisión de todos vuestros pecados, tiempo para una verdadera y provechosa penitencia, el corazón siempre contrito y la enmienda de vida, la gracia y el consuelo del Espíritu Santo y la perseverancia final en las buenas obras.
-Amen.
-Y la bendición de Dios omnipotente (Padre, Hijo y Espíritu Santo) descienda sobre vosotros y permanezca para siempre.
-Amen.
Cuando acabo, la multitud de nuevo estalló en júbilo. El Papa saludó a los fieles esta vez extendiendo ambas manos hacia ellos y volviendo a bendecirlos. La ceremonia había concluido. Era hora de entrar de nuevo en la basílica.
“Bendito, bendito seas, Dios”, pensó, con lagrimas de emoción en los ojos, “Gracias, Señor, por permitirme vivir este momento. Espero ser digno de la sagrada tarea que me encomiendas”.
Las campanas comenzaron a sonar, de una en una, mientras Juan Pablo III retrocedía dentro de la basílica junto con su comitiva. Por todo el mundo la gente festejaba en las calles. Una nueva era de fe empezaba. Muchos e importantes cambios y desafíos le esperaban a Su Santidad en los días por venir. Más, con entereza, fe, humildad y firmeza, los encararía todos…

El comienzo…

Habemus Papam (Cuatro)



4

Cuando la segunda votación finalizó, en la Capilla Sixtina donde el Conclave se reunía se hizo el silencio. Era hora de contar los votos y ver si en esta ocasión finalmente sucedía lo esperado y había un ganador.
-Sabatini – el cardenal diacono comenzó, anunciándolos en voz alta a medida que le pasaban las papeletas de la caja donde las habían depositado – Sabatini… Sabatini…
…Y así siguió. Los cardenales se volvieron y miraron al italiano. Una semi-sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro. Parecía que tenía todas las de ganar.
-Sabatini… Sabatini… - prosiguió el cardenal diacono. Súbitamente se detuvo cuando le entregaron otra papeleta. Se aclaró la voz y continuó – O’Toole…
Hubo un rápido estallido de murmullos en la sala. O’Toole se congeló en su asiento. Tragó saliva y casi tembló. ¿Habían dicho su nombre? ¿Podía ser?
-O’Toole… O’Toole… - los votos siguieron saliendo. Cuando los “O’Toole” se impusieron enormemente sobre los “Sabatini” las dudas de todos se despejaron. Los cardenales se pusieron de pie y rodearon al norteamericano, sonriendo.
O’Toole pestañeó varias veces. No lo podía creer, pero había conseguido la mayoría aceptable de votos que se necesitaban para ser Papa.
-Bendito sea Dios – murmuró.
-¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice? – le fue preguntado. Otra vez se hizo el silencio.
O’Toole miró a sus compañeros. Todos aguardaban su respuesta, expectantes.
“Querido Dios… es verdad”, pensó, “He sido elegido”.
Su corazón galopaba de la emoción en su pecho. Estaba feliz, pero por otro lado muy, muy asustado. ¿Sería capaz de tomar el puesto?
-¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice? – le volvió a ser preguntado. El cardenal norteamericano cerró los ojos, aspiró una amplia bocanada de aire y dio su respuesta.
-Sí.
“Hágase Tu Voluntad, Señor”.
Murmullos de alegría salieron de los presentes. El mismo O’Toole se halló sonriendo con timidez. Era todo tan increíble como maravilloso.
-¿Cómo deseas ser llamado? – le fue preguntado. O’Toole se congeló de nuevo. El nombre. Aquello era algo sumamente importante para un Papa. Su nombre diría mucho a los creyentes sobre él y su misión evangelizadora en el mundo.
Pensó en el Papa anterior que tanto cariño, fe y humildad había traído consigo a la Iglesia y repartido entre los fieles del mundo: Juan Pablo II. Admiraba a este hombre y era su inspiración. Quería honrarlo de la mejor manera que podía…
-Me llamaré… Juan Pablo III.

-¡Atención! ¡Atención! – gritó el periodista ante la cámara de TV. Seguía en la plaza de San Pedro, donde los fieles se habían reunido otra vez. Ya era de noche – ¡Sale humo de la chimenea! ¡Y es blanco!
La multitud estalló en júbilo. “¡Viva el Papa!”, gritaron algunos.
-¡Humo blanco, damas y caballeros! – dijo el periodista – ¡Hay Papa!

miércoles, 3 de abril de 2013

Habemus Papam (Tres)



3

La pausa que siguió a la primera votación en el Conclave le permitió al cardenal O’Toole reflexionar un poco sobre la situación. Las aguas se habían dividido una vez más en el Vaticano, un hecho para nada raro a estas alturas. Un tercio de los votantes no se ponían de acuerdo y el otro tercio tampoco.
En el receso que siguió a la votación, el cardenal norteamericano se retiró a su habitación privada en la Casa de Santa Marta donde reflexionó y oró delante de una cruz de madera colgada a la pared.
-Querido Dios – dijo – Te pido humildemente que ilumines a mis amados hermanos cardenales para que puedan elegir al digno sucesor del Santo Padre Francisco. Dales la fuerza espiritual que necesitan para que esto se resuelva pronto – se persigno – En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amen.
O’Toole se acercó a una ventana y miró al exterior. Comenzaba el atardecer en Roma. Dentro de poco habría una nueva votación. ¿Sería la definitiva, tal vez?
Peter O’Toole era un hombre de recio porte. Había nacido en Kansas hace 76 años atrás, en el seno de una humilde familia de granjeros católicos. Ya desde chico, sus padres consideraron que a su educación escolar laica tenían que sumarle la religiosa, por lo que desde pequeño y hasta que su vocación se asentó y entró en el seminario, conoció la Biblia como nadie. Era un experto en la Palabra de Dios y aquello se sumaba una importante cuota de humildad que le acompañaría toda su vida.
Estados Unidos era un país difícil para el catolicismo, como bien O’Toole sabía. Casi un altísimo porcentaje de la población pertenecía a las iglesias protestantes… el otro por ciento a las congregaciones de índole evangélicas. En el gran país del norte, los telepredicadores hacían su agosto, convirtiéndose en un gran negocio redituable que movía millones de  seguidores y dólares. Vaya si el catolicismo no tenía problemas allí…
O’Toole era un optimista; estaba convencido que las cosas podían cambiar. Llevó a cabo su tarea de fe con ahínco y devoción, y su estilo de evangelizar llegó a los corazones de muchos. Mucha gente concordaría en que oír al Padre O’Toole en su momento fue revelador. Lejos de los acostumbrados sermones condenatorios, sus oratorias eran una delicia. Oír hablar a aquél hombre y sobre todo sentir el cariño, el respeto y el amor con que trataba a sus feligreses invitaba a pensar que el cambio era posible. Que la Iglesia podía acercarse a los tiempos modernos y abordar problemáticas actuales.
Todo esto sumó mucho a la hora en que O’Toole ascendió en el escalafón eclesiástico. Convertirse en el Arzobispo de la Diócesis de Nueva York fue la natural culminación de años de esfuerzo y fe.
Y ahora, esto… ser uno de los que la opinión pública señalaba como “papables”.
O’Toole no creía honestamente tener chances. No es que le faltara confianza en sí mismo, sino que a su criterio existían buenos y mejores hombres que él. Tal era su grado de humildad que no se le pasaba por la cabeza creer que podía ser el próximo Santo Padre.
-Dios mío – murmuró, considerando la idea por un momento – ¿Cómo podría llevar esa tarea yo? No, de ningún modo. Hay otros mucho más capacitados. Será mejor rezar por ellos.
Un par de golpes en la puerta de su habitación lo desviaron de sus pensamientos. Era la hora: la votación se iba a reanudar.
Persignándose de nuevo, O’Toole marchó hacia su destino…

martes, 2 de abril de 2013

Habemus Papam (Dos)



2

Entre la prensa apiñada en la plaza de San Pedro había muchos periodistas de televisión junto con sus equipos. Transmitían en vivo las 24 horas desde que el Conclave comenzó. Uno de ellos, micrófono en mano y mirando a la cámara, decía:
-En estos momentos, detrás de mí y dentro de la Capilla Sixtina, se encuentran reunidos los miembros del Conclave, quienes esperan elegir al sucesor del fallecido Papa Francisco. ¿Quién de todos estos hombres será el que ocupe la Silla de Pedro? Todavía es una incógnita – el periodista hizo una pausa. Consultó unos papeles entre sus manos y continuó – Extraoficialmente estamos en condiciones de citar a los más nombrados, los que más chances tienen para suceder al anterior Papa que, recordemos, fue el primer Sumo Pontífice latinoamericano y argentino. Estos son los nombres que más suenan…
El periodista hizo otra pausa. Con voz fuerte y clara – consultando siempre sus papeles – nombró a los cinco cardenales más sonados.
-En primer lugar tenemos al cardenal Sabatini, de origen italiano, con muchas chances según varias encuestas, de ser votado. Le siguen el alemán Karl Heilmann, el español Manuel Vázquez, el francés Bedarieux y, finalmente, Peter O’Toole, el cardenal de Estados Unidos. Estos cinco son los más sonados y los favoritos en las encuestas de todo el mundo. Uno de ellos es muy posible que hoy, tal vez, o en los próximos días –de extenderse la votación– sea elegido como líder espiritual de la grey católica apostólica mundial. Seguiremos transmitiendo en vivo para todos ustedes con…
El periodista se interrumpió bruscamente. Sus compañeros comenzaron a hablar, todos excitados. La cámara se volteó hacia la chimenea de la fumata, cerca de la basílica. Estaba saliendo humo de allí.
-¡Atención! ¡Sale humo de la chimenea! – exclamó, exaltado – ¡Ya terminó la primera votación y es…! Es… humo negro – hubo un murmullo de decepción entre la gente. Las banderas bajaron y la multitud empezó lentamente a dispersarse – Humo negro, lo que significa que no hubo consenso todavía entre los miembros del Conclave. Se espera entonces que la próxima votación sea hoy al atardecer, en Roma. Continuaremos transmitiendo en vivo para todos ustedes con todas las novedades que se produzcan.

lunes, 1 de abril de 2013

Habemus Papam (Uno)



Escrito por Federico H. Bravo
“Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificare mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella”.
Mateo 16:18
1
Ciudad del Vaticano. Roma, Italia.
Hacía rato que el funeral del Papa Francisco había finalizado. Ante los ojos de la multitud reunida en la plaza frente a la basílica de San Pedro y del mundo entero merced a la radio, la televisión y la internet, el bello ataúd labrado en madera, con el sello papal encima y la bandera del Vaticano cubriéndolo, había sido despachado a su última morada en la Tierra: un apacible cementerio en las afueras de Roma, donde el Santo Padre pidió yacer, como última voluntad antes de morir. Fue siempre un hombre abnegado y humilde, jesuita de corazón, dedicado enteramente a los pobres y su tiempo como sucesor de Pedro seria recordado por todos los fieles alrededor del mundo como el más austero de todos. La suya fue la época de “la gloria del olivo”, un tiempo de paz y el renacer de la fe. A la posteridad no solo le legó haber acercado a la Iglesia al mundo, sino también constancia de su tarea evangelizadora, la cual fue tan intensiva y apasionada que conquistó hasta los corazones más fríos, enterneciéndolos. De hecho, en los dos mil años desde que la Iglesia católica existe, nunca hubo una época con tantos conversos como en la suya…
Francisco descansaba en paz. Era tarea de los cardenales que formaban el Conclave elegir un digno sucesor y eso mismo estaban a punto de hacer aquella tarde. Marchando en fila uno detrás de otro, los hombres de fe se disponían a encerrarse en la Capilla Sixtina el tiempo que fuera necesario para ponerse de acuerdo y votar al que ocuparía el puesto más importante de todos: representar a Dios en la Tierra.
Entre la fila de religiosos que marchaban al Conclave, se hallaba un humilde personaje. Él todavía no lo sabía, pero Dios mismo le deparaba una gran sorpresa y responsabilidad; sería el elegido y sorprendería al mundo.