miércoles, 30 de abril de 2014

Nobleza obliga…


Hace poquito, postee una entrada en la cual comentaba la terrible desilusión que me provocaron ciertos escritores noveles que conozco con sus actitudes y donde confesaba mi depresión y mis intenciones de hasta bajar los brazos y abandonar toda propensión literaria de mi parte. Pues bien, nobleza obliga a mencionarlo: he recibido muchísimo apoyo en estas últimas horas (y días) de muchas y diversas personas, las cuales me aconsejaron no abandonar la cosa como si nada y “seguirla peleando”. También, junto con ello, muy sabios consejos que espero poder poner en practica a partir de este momento.
Es gracias al apoyo de esas personas que se tomaron unos momentos en escribirme un correo o dejarme un mensaje, que desde acá, pase lo que pase, PROMETO NO BAJAR LOS BRAZOS. Mi sueño es ser escritor de verdad. Si hay que pelearla, se la seguirá peleando. Y si tengo que seguir escribiendo gratis y para todo el mundo, seguiré escribiendo, gratis y PARA TODO EL MUNDO. Escribir (una narración, un fanfic, etc) es un placer para mí –además de una excelente forma de comunicación con el mundo– así que… no puedo ir contra mi esencia.
De nuevo, quiero dar las gracias a todas esas personas que me brindaron su apoyo cuando estaba “depre” y que me animaron a no arrojar por la borda lo que he conseguido, en especial, un gran abrazo a mi amigo Roberto Cruz de Tierra-53 y Action Tales por sus palabras y consejos. Y a mí queridísima madre, Celina Torres, mi fan número 1 (y con mucho orgullo, jejeje), cuyo apoyo incondicional y amor fue fundamental para que siga haciendo lo que más me gusta, que es ESCRIBIR.
A ellos y a todos, MUCHISIMAS GRACIAS!!!
FEDERICO H BRAVO
PD: Ya en el nuevo mes que comienza, la última parte de mi Trilogía de Constantine. Y no, no será el último escrito que leen de mí, tranquilos. Sin duda, habrá más. Gracias a ustedes y a Dios, principalmente. ;)

domingo, 27 de abril de 2014

Zoombi, de Alberto Bermúdez Ortiz


El día del juicio final ha llegado a la Península Ibérica. ¿Quién asumirá la defensa de los pocos enclaves en los que todavía quedan supervivientes?: ¿el Gobierno?, ¿el ejército?… Sólo unos pocos privilegiados adelantados a su tiempo supieron predecir el Apocalipsis. Uno de estos visionarios formará parte del grupo resistente de un pequeño pueblo peninsular. Como experto en el fenómeno zombi intentará poner sus conocimientos al servicio de los integrantes de La Resistencia: no tienen armas y nadie sabe que existen, sólo se tienen los unos a los otros… Y se enfrentan a la criatura más peligrosa sobre la faz de la tierra: el zombi ibérico.
Un relato donde se entremezcla el humor que camina entre la ironía más sutil y la pura escatología, donde los trazos de la crítica social, política, y de la propia psicología humana van de la mano, y donde la mezcolanza de géneros dispares (cómic, cine, literatura…) tienen cabida por igual. Imaginativo e innovador, nunca antes el género zombi tuvo una representación tan genuina como en Zoombi: un libro con auténtica denominación de origen.
No dejes que otros asuman el reto de salvar tu vida. Adelántate a los acontecimientos… y sobrevive.
MI OPINION SOBRE ESTA NOVELA:
Quizás sea yo –lo más probable que así sea– pero me sucedió algo muy peculiar mientras leía este libro…  y es que no me causo gracia. Y es lamentable, más cuando la intención inicial de la novela es más bien todo lo contrario: que te desternilles de risa por las ocurrencias que su autor vierte entre sus páginas. Pero no. Al menos, no fue mi caso.
“Zoombi” es una nueva novela más del Genero Z (zombis, claro). Es otra historia de supervivientes a un apocalipsis Z pero contada con un estilo particular. Su narrador, un excéntrico personaje, haciendo gala de un fluido lenguaje, nos cuenta más o menos cómo el Fin del Mundo llega a la Península Ibérica y cuáles son sus preparativos para resistir a las hordas de no-muertos que parecen haber decidido tomar la Tierra por asalto. Unos zombis muy peculiares, estos, puesto que difieren un poco en los habituales que todos conocemos en muchas cosas, siendo los más principales rasgos cierto nivel de intelecto entre ellos y una increíble fobia a la luz del sol (no resisten los rayos UV). Con tamaños zombis como amenaza de fondo, nuestro “intrépido” protagonista narrador nos cuenta cómo se prepara para combatir la amenaza y cómo acaba formando parte de “La Resistencia”, un grupo variopinto que supuestamente está para luchar contra el enemigo no-muerto, pero que parece salido de una autentica comedia costumbrista española…
Y es ahí donde la cosa me chirria y bastante, puesto que lo que parece gracioso, al menos conmigo no funciona. Si bien la novela no es larga y tiene una parte narrada y otra que viene a funcionar como ejemplar manual de supervivencia contra zombis, la cosa no acaba de convencerme nunca. Lo repito: a lo mejor soy yo, que no estoy pasando precisamente por un buen periodo anímico personal, pero no hay nada más triste en toparse con una comedia hilarante y no lanzar ni una carcajada durante todo su transcurso.
No tengo mucho más para decir de éste libro. Su lectura puede resultarle curiosa y hasta interesante al fan del Genero Z, pero tampoco lo recomendaría como para “tirar petardos”. A título personal, le daré un “término medio”: ni tan bueno, ni tan malo.
Saludos.

sábado, 26 de abril de 2014

Una triste verdad...


De nuevo, pido perdón de antemano porque este post va a ser diferente a los acostumbrados de este blog, pero hay una situación que me duele –y mucho– y quería contarla por aquí, con la esperanza de que al menos alguien la lea y sepa también, como ahora yo lo sé, una triste verdad que rodea al mundo de los escritores amateurs –como es mi caso– y el de los escritores noveles, consagrados… Creo que no es misterio ni secreto; a estas alturas el habitual lector de este blog sabe cuál es mi sueño: llegar a convertirme en uno de estos últimos. La vengo peleando duro desde hace algunos años, dándome de porrazos con la insensibilidad de las Grandes Editoriales, las cuales no solo se empecinan en ignorarme, sino que también se empecinan en no contestarme ni por un “si” o por un “no” simplemente cuando les envió mi material. De esto, el destrato y la soberbia de las Grandes Editoriales, podría hablar y mucho, pero no serviría de nada. Nada cambiaria, por más que patalee y proteste: ellos seguirían –y siguen y seguirán, mucho me temo– ignorándome.
No, no es de las Grandes Editoriales de quienes quiero hoy hablarles… es de mis “compañeros” escritores, mis “congéneres”.
Por supuesto, aclaremos que de quienes voy a hablar es de los escritores de la segunda categoría, los así llamados “noveles”, los “consagrados”… los que se llevan todos los laureles y los aplausos y cuya POCA SOLIDARIDAD para con quien recién comienza –o está intentando forjarse un nombre– he probado en carne propia en estos últimos tiempos. Mi actitud hacia esta gente siempre fue la misma: agachar la cabeza y decirme que la próxima me tocará mejor suerte y que tal vez – solo, tal  vez – la fortuna me sonreiría y pudiera convertirme en uno de ellos. Quizás de esa forma entonces ya no tendría que agachar nunca más la cabeza, erguirla y observar de frente a un futuro esperanzador, mientras disfruto de un presente prometedor…
Soñar no cuesta nada, dicen. Es verdad. Pero luego te das un buen porrazo contra la dura pared de la realidad y adiós, sueño lindo.
Conozco a algunos escritores noveles. En concreto, conozco algunos cuantos. Muchos me han dicho en su momento que gozaba del “privilegio” de contar con su amistad. Un hecho que –ahora lo sé– es FALSO y MENTIROSO. Lo comprobé cuando en nuestras numerosas charlas, solía contarle a esta gente lo difícil – por no decir casi imposible – que se me estaba haciendo acceder al mundillo literario “de en serio”. Luego de augurarme futuros éxitos y de ser políticamente correctos conmigo, estos escritores han sonreído, me han dado una paternal palmadita en el hombro y han seguido por su solitario camino, cosechando éxitos, premios y muchísimos elogios de la “crítica especialidad” por sus obras. Y, mientras tanto yo, su “supuesto” amigo, me he tenido que contentar con permanecer entre las sombras, en el sótano de la literatura, observándoles ganar fama, renombre y talento, sin más.
No quiero – no es mi intención – que este post suene a reproche de alguna clase… a queja o algo así… Celebro que les vaya bien a estas personas, adoro sus novelas, relatos, libros, etc… No. Lo único que realmente me ha dolido en el alma de esos escritores consagrados que conozco es la poca solidaridad para conmigo. Como ya he dicho, son más que sabedores archi-conocidos de la sin fin de problemas que tengo con las Grandes Editoriales – para las cuales, ellos trabajan firmando jugosos contratos monetarios – y lo más bochornoso, lo más triste es que ninguno (¡NINGUNO!) de ellos me ha dado una “manito”. Apenas es una miseria lo que les pido. Un “empujoncito”, una recomendación. Un “oye, ¿quieres escribir conjunto conmigo algún relato o novela?”. Algo así, que serviría – y mucho – como para que los señores para quienes ellos trabajan puedan fijarse también en mí y darme una oportunidad.
Es sabido que en el mundo de las Grandes Editoriales, los escritores se manejan por el “padrinazgo”. Esto es así y sé que van a venir a negármelo, pero vamos a la realidad VERDADERA y CONCRETA: solo con esfuerzo y talento no alcanza. Es como con todo: si queres publicar un libro, macho, entonces tenes que tener un buen padrino dentro. Un “enlace”, un “contacto”. Lo más curioso es que yo los tengo… pero NINGUNO me ha dado una mano.
Todo lo contrario: palmadas paternales en el hombro, sonrisas condescendientes, promesas de “ya te va a llegar” y a cerrar filas entre ellos, nomas. Que parece que para eso que son buenos. Eso y embolsarse el grueso cheque de las Grandes Editoriales por los servicios prestados… y, mientras tanto, el que les escribe (o sea, yo) sigue hacinado en el sótano, viéndola pasar desde lejos, muy lejos.
Nada, gente. Es eso. Solo quería contarles la triste verdad que he aprendido, una triste verdad que me lleva a replantearme mi futuro. Me ENCANTA escribir, lo adoro casi tanto como leer, pero sucede que gracias a esto –la persistente ignorancia de las Grandes Editoriales hacia mí persona y la poca solidaridad y el elitismo de algunos escritores noveles que dicen ser “mis amigos”– estoy perdiendo las ganas y el interés. Y como parece –y se ve– que NADA de lo que diga y haga va a cambiar el presente gris que vivo, lo mismo que el futuro funesto que me espera, entonces lo más probable sea que en los próximos meses venideros, no les extrañe asistir a la despedida de la red de este humilde blog. Que la persiana de mis intenciones literarias se baje y ver qué otro camino alternativo tiene la vida para mí…
…Yo siempre lo digo. Antes era en broma, pero ahora va en serio: quizás acabe plantando geranios en algún jardín. No sería el primero – ni creo que voy a ser el último – intento de escritor que acaba tirando sus sueños por la borda y termina trabajando con la pala y el rastrillos en una huerta junto a las plantitas.
Sin ánimos de ofender a nadie (y si se ofenden, me importa un pimiento, la verdad), pero creo que las plantitas van a ser más agradecidas y cariñosas por mis atenciones que estos escritores exitosos y consagrados que dicen ser “amigos míos”. :(
Un saludo, gente.
PD: El mes que viene, la parte final de mi Trilogía de John Constantine. Espero que disfruten muchísimo del Fanfiction. A lo mejor y lo más probable es que sea LO ULTIMO que leen de mí, en lo que ficción escrita de mi autoría respecta, claro.

jueves, 24 de abril de 2014

El Apocalipsis de los Muertos, de Joe McKinney


Y los muertos se alzarán… Dos años de infierno. Ése es el tiempo que ha pasado desde que el huracán inundara la Costa del Golfo y los muertos se levantaran de entre las ruinas. Las ciudades fueron puestas en cuarentena y los infectados, recluidos. Los pocos y desafortunados supervivientes, que en ella quedaron fueron abandonados a su suerte para que se las arreglaran por sí mismos. Un festín para los muertos.
MI OPINION DE ESTA NOVELA:
¡Al fin he acabado de leer este libro tan largo! Trescientas y pico de páginas de puro tormento y no miento. Cuando comencé a leerlo, ya sabía de antemano que la cosa iba a ser pesada… aunque nunca me imaginé que acabaría siéndolo demasiado.
“El Apocalipsis de los Muertos” es otra típica novela del Genero Z. Esto es: Zombis, supervivientes, tipos malos, tipos buenos, tiros, acción, tripas desparramadas por doquier, historias personales de los personajes, etc. Pero lamentablemente, si bien cuenta con una portada genial a cargo de la gente de Editorial Dolmen y comienza prometedoramente, luego todo finaliza convirtiéndose en un lodazal difícil de digerir.
Partamos desde el principio. El argumento viene más o menos así: un huracán terrible, parecido al Katrina que arrasó Nueva Orleans, hace lo propio con la ciudad de Houston, Texas, y sus alrededores. Como si este desastre no fuera suficiente, estalla un repentino brote de un extraño virus que vuelve a los muertos zombis caníbales, con lo que tenemos miles de personas que perecieron en medio de la tormenta volviendo a la vida para zamparse a los que todavía no fallecieron en el caos inicial. Como resultado de este hecho, el gobierno de los USA no tiene la mejor idea que aislar Houston y la zona del Golfo de México –donde se da el brote– del resto del país y del mundo con una enorme barrera de varios metros de altura. Una acción irracional que luego tendrá sus consecuencias funestas para el mundo entero, cuando lo que estaba bajo cuarentena en la zona escape y la infección vírica Z se extienda a lo largo y a lo ancho del mundo sin control…
La novela se centra en muchos personajes. Algunos son supervivientes directos de la Zona Cero de la infección, otros son venidos de afuera. Todos y cada uno de ellos deberán pasar por un largo periplo que los llevara directamente ante la enigmática figura del Reverendo Jasper Sewell, un tipo que tiene la particularidad de ser aparentemente inmune a los no-muertos. La razón de dicha inmunidad, con toda la pena del mundo, JAMAS es explicada entre las páginas de este libro, de modo que con esta revelación les ahorro tenerse que tragar –como yo lo hice– las trescientas y pico de páginas que componen esta novela. Pero donde sin duda alguna la cosa si se vuelve llamativa es en el propio Reverendo Sewell y su congregación, “La Familia”, una secta con todas las de la ley, donde la libertad es una ilusión y en donde las técnicas de dominio coercitivas están a la orden del día.
Todos los personajes de esta novela (que son variopintos y hay de todo para escoger: desde un Ranger de Texas retirado, hasta una actriz porno, pasando por un ex convicto reformado, una chica ciega, un periodista y demás) acaban su larga huida por un país invadido de zombis en las garras del Reverendo Jasper y su enfermiza organización. Suena en cierta manera interesante, pero luego lees y se vuelve largo, tedioso y pesado. Sobre todo, pesado…
Para resumirlo y no hacerlo yo tampoco tan largo, seré franco: no me gustó la novela. Creo que para novela de zombis, hay otras mucho y muy mejores venidas de la mano de otros autores. Esta realmente me ha parecido excesivamente larga y a la vez –lo reitero– tediosa.
Háganme caso: pasen de ella. Y si deciden leerla, pues ni modo. Quedan avisados.
Un saludo a todos.
PD: El Reverendo Sewell me pareció asqueroso, la verdad. Otro Falso Profeta y van. No es fuera de lo común toparse con este tipo de personaje en este tipo de novelas, por cierto. Algo tristemente en común entre muchos autores del Genero Z es presentarnos a ciertos hombres religiosos o bien como delirantes enajenados, o bien como lobos monstruosos disfrazados de ovejas; o bien como fanáticos realmente enfermos. Una pena que exista ese prejuicio, que más que significar un avance literario, se vuelva algo repetitivo y reutilizado hasta el cansancio. No todos los que llevan sotana y alzacuello son malas personas, ni enfermos, ni fanáticos religiosos. Conozco a muchos y muy buenos Hombres de Fe que en situaciones como las planteadas en estas novelas podrían y muy bien capitanear la situación y ayudar a las personas. Una pena que muchos autores del Genero Z solo vean en los curas  y los religiosos una amenaza latente, desquiciada y peligrosa… Supongo que es uno de los tantos paradigmas de los tiempos que estamos atravesando, donde si profesas alguna fe, para el resto del común de los mortales, tienes “un serio problema mental”. Triste, pero cierto. :(

lunes, 21 de abril de 2014

Superman: Zombie (Cuatro)


4 

Cuando el fatal desenlace le ocurriera, quería estar solo. Si tenía alguna duda de que su condición física iba en franco deterioro, se disipó al volver la fiebre y comenzar los escalofríos. Pensó en aislarse en su Fortaleza de la Soledad en el Ártico, pero estaba demasiado lejos y volar hasta ella era impensable. Con la ayuda de un mapa, buscó una ruta y finalmente la encontró: el sur. El único lugar al que podía ir y donde nadie le buscaría. Quizás alguno de los pantanos de la Florida estuviera bien.
Alquiló un coche de segunda mano con un nombre falso, pidió licencia anticipada en el trabajo por mala salud y partió. Antes de irse, robó el meteorito del laboratorio del Prof. Hamilton, por las dudas –era la primera vez en su vida que robaba algo. Se sintió fatal por hacerlo, pero no podía simplemente dejar aquello allí–. Lo único que lamentaba profundamente de toda la situación era no poderse despedir de Lois. Por más que lo deseó, descartó la idea de contarle lo que le pasaba y revelar de paso el secreto de su verdadera identidad. La muchacha no necesitaba ese tipo de preocupaciones en su vida. Que mejor lo recordara como lo había conocido: como el amigo y compañero de trabajo que era. Nada más.
Y así fue como Clark Kent inició su viaje, saliendo de Metrópolis en auto hacia el sur por una carretera desierta. Con su salud empeorando minuto a minuto, segundo a segundo. Con la muerte pisándole prácticamente los talones…  

***  

En medio de la ruta.
A varios kilómetros de Metrópolis. Ahora.
Una vez se bañó en el corazón del Sol, indiferente a los altos géiseres de llamas que le amenazaban con violencia. Ahora, por su atrevimiento, el Sol que entraba a raudales por la ventanilla del coche lo cocinaban poco a poco. La fiebre era fuerte, muy fuerte. La carretera enfrente suyo comenzaba a borronearse. Se esforzó por mantener el control, por despejarse y seguir manejando, pero el calor y el sopor que le invadían era demasiado para él. De a poco, fue abandonándose a la enfermedad, a la peste que le corría el cuerpo.
-Clark – oyó a su lado. No quiso mirar, puesto que conocía al dueño de aquella voz y sabía que estaba muerto desde hace varios años – Clark, déjalo ya. Es el fin.
Clark tragó saliva. Le costó hacerlo y cuando lo hizo, la garganta le picó de tan hinchada que se le había puesto. La fiebre aumentaba más y más a cada momento.
-Déjalo ya – dijo Jonathan Kent a su lado. Lo miraba con tristeza – Se acabó, hijo. Hasta aquí llegaste.
-No… No – murmuró a la alucinación de su padre adoptivo. Los ojos se le iban cerrando, la vista nublando más – No… no puedo… no debo…
-Se acabó, Clark – Jonathan le apoyó una mano en el hombro – Déjalo. Deja de pelear. Acéptalo.
Agotado, finalmente Clark Kent se rindió. Se desplomó inconsciente encima del volante. El coche derrapó y se estrelló a la vera de la ruta. Dio dos vueltas de trompo y estalló en llamas al incendiarse su depósito de combustible.
Un manto de fuego envolvió al auto destrozado. De repente, la puerta del lado del conductor salió eyectada al aire de un golpe. Surgiendo de las llamas como una tea viviente, Clark caminó de nuevo hacia la carretera. Deliraba mientras el fuego iba consumiendo rápidamente su carne…
-¿Lois? ¿Papá? ¿Mamá? ¿Dónde estoy? ¿Dónde están… todos?
Aquellas fueron sus últimas palabras. Acabado, agotado, se desplomó en medio de la ruta, muerto al tocar el piso.  

***  

Un par de minutos después, una patrulla de policía que acertaba pasar por allí descubrió su cuerpo. El fuego había hecho su trabajo, pero no del todo como cabría esperar. Parte de su invulnerabilidad había vuelto y las llamas no acabaron destrozándolo del todo. Si bien seguía muerto y yacía con la ropa humeante, parte de su carne comenzaba un rápido proceso de regeneración.
-Pobre tipo – comentó uno de los dos policías que lo hallaron. Con sumo cuidado, se agachó y le dio la vuelta – El fuego casi lo desfiguró, pero parece parcialmente intacto – observó su cara - ¿Te suena de alguna parte? – le preguntó a su compañero.
-¿Debería? – el otro policía regreso al patrullero. Tomó su radio y comunicó el hecho por ella a la Central – Central, aquí el movil-40, reportándose. Accidente en la ruta 90. Coche estrellado. ¿Me copian? Cambio.
-Aquí Central. Afirmativo, móvil-40. ¿Sobrevivientes? ¿Heridos? Cambio.
-Ninguno. Sólo un tipo muerto, parcialmente quemado en medio de la carretera. Central, llamen a una ambulancia y al equipo forense para que recojan el cadáver. Cambio.
-Afirmativo, móvil-40. ¿Alguna pista sobre la identidad del occiso? Cambio.
El policía con la radio miró a su compañero. Le hizo un gesto con las manos. El que estaba agachado sobre el cadáver humeante procedió a revisar sus ropas ennegrecidas, en busca de alguna identificación. Se llevó la sorpresa de su vida cuando retiró los restos de una chaqueta y una camisa y halló un escudo con una “S” roja en el pecho.
-¿Superman? – parpadeó, confundido. Lo miró a la cara.
La piel del rostro del cadáver parecía cada vez más sana, más curada. Una rápida regeneración post-mortem estaba teniendo lugar. El policía acabo reconociendo las facciones características del famoso superhéroe del traje azul y la capa roja.
-¿Y bien, Chuck? – le insistió su compañero, desde el patrullero – Central espera una respuesta.
-¡Mike, no vas a creértelo! ¡Este tipo es Super…!
El policía jamás acabó la frase. En ese momento, Clark Kent abrió los ojos, volviendo a la vida… sólo que ya no era él. En absoluto. Una terrible metamorfosis había tenido lugar, un cambio total en su biología kryptoniana.
Con un rugido animal, se abalanzó hacia el cuello del hombre y lo mordió con fuerza. El policía aulló de dolor e intentó retroceder para huir, pero las fuertes manos del Hombre de Acero lo apresaron, inmovilizándolo como si se tratara del agarre de una tenaza. No contento con la primera mordida, Clark masticó y volvió a pegar otra dentellada. Y luego otra, y otra…
Estaba devorando prácticamente vivo al pobre hombre.
-¡Santo Dios! – el policía parado al lado del patrullero soltó la radio y tomó su pistola reglamentaria. Se acercó a la escena donde el dantesco acto caníbal tenía lugar y efectuó una serie de disparos sobre el agresor, sin ocasionarle ningún daño. El zombie que alguna vez fuera el mayor superhéroe de todos acabó su sangriento banquete y se volvió hacia él, incorporándose de un salto y plantándosele enfrente.
-¡Móvil-40, móvil-40! ¡Aquí Central! ¿Qué sucede? Cambio – dijo la voz en la radio.
El policía que quedaba no pudo responder. Clark le introdujo supervelozmente una mano en el pecho, reventándoselo y extrayendo de su interior el palpitante y sangriento corazón. Ante la pasmosa visión del hombre que moría, se comió el órgano con una increíble y golosa voracidad…
-¡Móvil-40! ¡Aquí Central! ¡Responda, por favor! ¿Qué sucede? Cambio.
El festín del Super Zombie acabó pronto. Completamente empapado en sangre y dejando tras de sí dos cadáveres devorados, volvió sus afiebrados ojos en dirección norte y olisqueó el aire. Dando uso a su visión telescópica vio allá en la distancia el objeto de su deseo y gruñó con satisfacción anticipada, como un animal salvaje paladeando el sabor de su presa.
Dio un gran salto. Se elevó en el aire y luego volvió a caer, kilómetros más adelante. Tomó impulso nuevamente y volvió a saltar. Lo hizo varias veces. Iba en dirección de Metrópolis.
Su hambre atroz solo se saciaría con la carne de todos los seres humanos vivientes de aquella ciudad.
Iba a devorarlos a todos…  

¿FIN?

Superman: Zombie (Tres)


3 

Los días siguientes, las cosas no mejoraron. Fueron de mal en peor…
Sus superpoderes siguieron sufriendo apagones y volviendo cuando menos se lo esperaba. Su super-oido, por ejemplo, le volvió de forma ensordecedora de pronto en plena calle, a la hora pico de actividad en Metrópolis. Creyó que moriría, gracias a todo ese impacto sonoro que recibió… Más tarde, se le cayó una taza de café de la mesa en el trabajo y cuando quiso atajarla con su supervelocidad, descubrió que ésta también se había apagado.
Sabiendo que esta situación no podía seguir así –se le helaba la sangre de tan solo imaginar sufrir un apagón general de todos sus superpoderes cuando iba de Superman– decidió aceptar lo imposible: estaba enfermo y la causa eran los microorganismos en el meteorito. Fue así que como Superman, acudió ante la presencia del Prof. Hamilton en el Instituto de Estudios Espaciales de la NASA y le pidió acceso a aquel pedazo de roca, para analizarlo.
Hamilton se mostró receloso al principio, pero sabiendo –y viendo– quién le hacia el pedido, no pudo negarse. Le permitió a Clark analizar el meteorito en el interior de su laboratorio. Por supuesto, el científico y astrónomo ignoraba el verdadero motivo que el Hombre de Acero tenía para hacer esto y él no se lo dijo. Superman tenía muchos enemigos, casi todos ellos muy poderosos. No podía darse el lujo de permitirles saber que estaba débil y enfermo.
Clark revisó la roca. Utilizó para ello su visión microscópica. Lo hizo en busca de indicios de un posible antídoto. Tras media hora de hacerlo, ese superpoder falló y tuvo que dejarlo.
Fue entonces que finalmente comprendió que no existía cura para su mal. No podía ir a ver a un médico y decirle: “Doc, creo que estoy enfermo. Revíseme, ¿sí?”. No podía hacerlo, sin descubrir su identidad secreta.
Lo último que quería era ver en la portada del diario para el que trabajaba su foto y el siguiente título: “¡SECRETO REVELADO! CLARK KENT ES SUPERMAN”. No, definitivamente no existía –ni había– nadie sobre la Tierra que pudiera ayudarlo.
Estaba enfermo. Probablemente, iba a morir.
Su única duda fue saber dónde.

Superman: Zombie (Dos)


2 

No tuvo su confirmación hasta un día después de la conferencia. El ataque primerizo de fiebre cesó abruptamente y todo iba bien, hasta que accidentalmente se cortó una mano con una grapadora en el trabajo. No fue nada serio, apenas un pequeño tajo del que salió algo de sangre. Lois incluso bromeó con él sobre el hecho, al verlo tan pálido y muy serio…
-¡Vamos, Clark! Te portas como un niño – dijo, sonriendo - ¡Solo te has hecho un tajito! Ponte una curita y ya está. Después de todo, recuerda: no eres Superman, ¿sabes?
Pero lo era. Ese era el caso y el motivo principal de su preocupación. Nunca, jamás antes le había sucedido eso. Su piel era invulnerable, poderosa. Las balas solían rebotar en ella y el fuego no podía quemarla. Entonces, ¿Cómo se explicaba aquello?
Su invulnerabilidad tardó aproximadamente una hora en volver. Fue como si después de un súbito corte de luz, de igual manera alguien hubiera reactivado la corriente. Pero aquel no fue el único apagón momentáneo que sufrieran sus superpoderes… poco después descubrió que no podía ver a través de los objetos solidos ni a distancia.
Como a las seis de la tarde, su visión de rayos X volvió, pero aun sintió sus oídos como taponados con algodón. Asustado por estas reacciones inesperadas que estaba teniendo, adujo no sentirse bien y decidió irse del trabajo a casa. Lo hizo usando la vía acostumbrada –echando a volar por los cielos de Metrópolis– pero a mitad de camino ese superpoder también sufrió un imprevisible apagón y cayó en picado. Salvó su vida sólo de milagro al aterrizar dentro de un camión de arena que pasaba por allí. El golpe fue duro, pero más allá de algunas contusiones, estaba vivo. Después de aquella experiencia tan traumática, decidió tomar el metro como cualquier ciudadano –y terrícola– más.
Al llegar la noche, intentó dormir. Cuando luego de horas de dar vueltas en la cama concilió el sueño, tuvo horribles pesadillas en las cuales se veía a sí mismo devorando con ansias la carne de sus amigos. Un atroz acto de canibalismo imparable en donde se comía los intestinos de Jimmy Olsen y Perry White y acababa la faena destrozando a dentelladas y consumiendo las entrañas de la misma Lois Lane.
Despertó de la pesadilla mareado y aterrorizado. Corrió al baño y vomitó en el inodoro la comida del día. Llorando y temblando, Clark se desplomó en el piso del baño con las manos en la cabeza, agotado.
-Dios mío… ¿Qué me pasa?

domingo, 20 de abril de 2014

Superman: Zombie (Uno)


(Escrito por Federico H. Bravo) 

INTRODUCCIÓN  

En Elseworlds, los héroes salen de sus lugares habituales y son colocados en lugares y momentos extraños –algunos que han existido y otros que no pueden, no pudieron o no debieron haber existido–. El resultado son historias que crean personajes que son tan familiares como el ayer y que parecen tan frescos como el mañana…  

1 

Clark Kent conduce un automóvil por una carretera desierta hacia el sur. Es mediodía y el interior del coche se cuece como un horno por efecto del calor del Sol. En ese momento, un débil hormigueo recorría su nuca. Sentía la húmeda camisa pegada al cuerpo… sus ojos (sin las gafas que usualmente solía llevar cuando “iba de civil”) están enrojecidos, y el espacio de su visión estaba lleno de alucinaciones…
Está enfermo y él lo sabe, como también sabe la causa. Es más, la lleva a su lado envuelta en hojas de papel del periódico para el cual trabajaba: una roca negra, un meteorito.
Al volverse para mirar a aquel pedazo de material caído del espacio, el coche de repente se desvía. Clark frena súbitamente a tiempo… su rodilla golpea el tablero, pero el dolor no es novedad para él a aquellas alturas.
Suspira y se pasa una mano por la cara. Su aspecto era terrible. Consultó el espejo retrovisor, confirmándolo en su reflejo: mirada cansada, ojos rojos, ojeras y el asomo de una barba sin afeitar que crecía. Sumado a todo ello estaba el sudor y la palidez de su piel.
Estaba enfermo. Lo sabía.
Iba hacia el sur, buscando alejarse de todo y de todos.
Iba a morir.  

***  

Metrópolis.
Un par de días antes…
Lois Lane y Clark Kent se hallaban en el interior de un observatorio, propiedad del Instituto de Estudios Espaciales de la NASA en Metrópolis, cubriendo la conferencia de prensa organizada por su principal científico y astrónomo, el Prof. Emil Hamilton, quien no dejaba de hablar loas y maravillas sobre el último descubrimiento de la Agencia Aeroespacial, el cual estaba siendo en ese momento exhibido al público por primera vez dentro de una vitrina: un pedazo de meteorito de color negro.
Aburrida, Lois bostezó visiblemente y le susurró a su compañero al oído:
-La verdad, no entiendo a Perry – dijo, en referencia al Editor en Jefe del periódico para el cual ambos trabajaban – No sé para qué nos envió a este lugar. ¿Qué puede tener de asombroso un pedazo de roca caído del espacio? ¿Eh? ¿Puedes tú explicármelo?
-Pues… - Clark iba a responder, pero entonces el Prof. Hamilton llegaba a su fin con su larga disertación y optó por callar. El momento de las preguntas y respuestas iba a comenzar pronto.
-…En resumen, damas y caballeros… en estos días en que los informes de contactos con extraterrestres son frecuentes, este meteorito no parece especial…
-Lo que yo decía – murmuró Lois, con una sonrisa irónica en los labios.
-…Y no lo es, excepto por lo que hay en su interior: una pequeña masa de microorganismos vivos, bacterias, que han sobrevivido a los rigores del espacio y al calor extremo de la entrada a la atmosfera. Obviamente, no pueden ser observadas a simple vista sin la ayuda de un microscopio. Sin embargo, esta forma de vida es real, está ahí y ha vivido durante siglos en un vacío absolutamente glacial.
Hamilton hizo una pausa y se acomodó sus lentes. Clark aprovechó para utilizar dos de sus poderes y analizar el meteorito: visión de rayos X y visión microscópica. Al instante quedó patente ante sus ojos la verdad expuesta por el científico y astrónomo de la NASA. Un montón de microorganismos de forma extraña, alienígena, se extendían dentro de la roca. No eran muchos, pero sí los suficientes para ser llamativos.
-Para la ciencia, es un descubrimiento sin precedentes – continuó Hamilton. Hizo otra pausa y miró a los presentes con una sonrisa en el rostro – Muy bien. ¿Alguien quiere hacer preguntas?
Muchas manos se alzaron, la de Lois incluida. Hamilton se tomó un vaso con agua y acomodó los papeles que llevaba consigo allí, arriba del atrio en el que estaba. Miró a la muchacha y reconociéndola como la periodista estrella del Planet, la señaló en primer lugar.
-Diga, señorita Lane.
-Profesor Hamilton, este hallazgo… ¿Es realmente importante? – disparó.
-Bueno… - empezó el científico, pero Lois todavía no había acabado.
-…Porque desde hace varios años, hemos tenido a un extraterrestre indestructible sobre nuestro planeta – completó.
-Oh… claro. Se refiere a Superman – Hamilton carraspeó – Lo cierto es que a diferencia de estas bacterias, Superman no podría estarse quieto durante… lo que podría ser años de investigación, je.
Hubo una breve carcajada de los presentes. Lois no se dio por vencida ni satisfecha y antes de que el científico pasase a otro periodista, formuló una nueva pregunta.
-Profesor… Dice que estos microorganismos, estas bacterias, están dentro de ese meteorito, ¿correcto?
-Así es.
-¿Sabemos si son peligrosas para el hombre? Perdóneme el atrevimiento, pero me parece muy riesgoso e imprudente exhibir ante el público una roca que podría traer consigo patógenos que podrían provocar alguna rara y peligrosa enfermedad…
La sala estalló en murmullos escandalizados. Lois tenía razón. Hasta Clark hubo de admitirlo. Volvió a analizar la roca meteórica con su visión microscópica. Los microorganismos, si bien en apariencia inofensivos, bien podrían representar algún tipo de amenaza biológica latente. Dudaba mucho que la vitrina en la que la piedra se encontraba fuera suficiente protección para contener alguna posible infección de alguna clase.
Pese al pánico general que se produjo en el salón, el Prof. Hamilton llamó a todos a la calma y explicó que una de las primeras pruebas hechas al meteorito dictaminó que las bacterias eran inofensivas para el ser humano o cualquier otro organismo animal y vegetal originario de la Tierra. Por lo tanto, concluyó, nada debían de temer acerca de aquellos “pequeños visitantes” extraterrestres alojados en la roca…
Todos respiraron aliviados al oír aquello. Todos, menos Clark. Las palabras de Hamilton (“Bacterias inofensivas para el ser humano o cualquier otro organismo animal y vegetal originario de la Tierra”) no llevaron ninguna tranquilidad precisamente a su atribulada mente. Es más, lo pusieron bastante nervioso.
Los humanos podían estar a salvo de aquellas bacterias y de alguna posible enfermedad que produjeran, pero resultaba que a lo mejor él no. Después de todo, era extraterrestre. Se vestía y parecía humano, pero no lo era…
Decidió restarle importancia al hecho y autoconvencerse de que su “súper-inmunidad” a las enfermedades conocidas por el Hombre bastaría para también protegerlo de ello. Acabada la conferencia, Lois y él salieron del observatorio. Ella iba muy aburrida y desilusionada. Descontando el momento de las preguntas y respuestas, según su criterio personal, aquello resultó una mañana desperdiciada en una nota que no valía la más mínima pena.
-La próxima vez, que Perry envíe a otro – protestó – No sé… a Jimmy, quizás. Yo no vuelvo a pisar ese observatorio hasta que no pase nada relevante. Eh, Clark… ¿Te encuentras bien? De repente como que te pusiste pálido.
-Estoy… bien. Estoy bien – dijo él, titubeando. Un súbito mareo, seguido de un escalofrío lo invadió por sorpresa un momento. Parpadeó y se llevó una mano a la frente. Sudaba.
-No lo creo. No luces nada bien – Lois también le tocó la frente – Lo que me temía. ¡Tienes fiebre! Mejor vas a ver a un doctor.
-No, no. Estoy bien – aseguró él, con una sonrisa forzada – Bueno, capaz que esté por engriparme. Creo que me ha hecho mal el cambio de ambientes. Salir de un lugar calefaccionado al frío de la calle acabaría con cualquiera, je.
La excusa – bastante pobre – convenció a Lois de que solo se trataba de los síntomas de un inminente cuadro gripal. Volvió a aconsejar a Clark visitar pronto a un médico y ambos tomaron un taxi, marchándose del lugar.
Durante todo el día, Clark no hizo otra cosa que pensar en el hecho. Una duda acuciante se había instalado en su mente: ¿Y si las bacterias en el meteorito lo habían enfermado de algo?

viernes, 18 de abril de 2014

Próximamente, en este mismo blog…


¡Llega una historia inesperada! ¡SUPERMAN: ZOMBIE! ¿Qué pasaría si el Hombre del Mañana fuera infectado por un virus extraterrestre y acabara convirtiéndose en un imparable y superpoderoso muerto viviente con un ansia atroz de devorar carne humana? ¡Averígualo en esta pequeña historia de cuatro partes en las cuales asistirás a la muerte y resurrección (de otra manera) del más grande superhéroe de todos los tiempos! ¡Una versión Z de Superman que no querrás perderte!
Próximamente, por este mismo blog.
¡Felices Pascuas a todos! XD

jueves, 17 de abril de 2014

Constantine: Fallen Angels (Siete)


7
El final de esta historia  

Interior de un depósito abandonado.
Puerto de Los Ángeles.
Papa Midnite estaba enojado.
Se hallaba en algún lugar, sentado en una silla y fuertemente atado con unas sogas de pies y manos, pero miraba a las personas (ángeles) que lo vigilaban de cerca. Ninguno le quitaba la vista de encima. Sus posibilidades de escape eran prácticamente nulas.
“Malditos sean”, pensó, hundiéndose en la amargura. Toda la situación era una mierda. Se reprochó a sí mismo por no haber escuchado el consejo de John cuando le dijo que aumentara la seguridad de su club nocturno. Prácticamente, esos tipos habían llegado y arrasado con todo y con todos. Kenny, el guardia de la puerta y sus cartas, sus clientes (demonios menores e híbridos absolutamente inofensivos), Kendra, su amiga (la bella mujer morena de lengua de reptil, la que viera Constantine cuando fue a visitarlo la ultima vez)… todos y cada uno de los que conocía estaban muertos. Yacían incinerados de adentro hacia fuera. Y no contentos con matarlos y secuestrarlo a él, le prendieron fuego también a su negocio, dejándolo totalmente arruinado.
Y ahora, iba a ser el cebo para atraer a su amigo a una trampa.
Sí. La situación era una putada. Una autentica mierda.
-¿Lamentando el final de tu corrupta vida, Papa Midnite? – le preguntó Samael, acercándose con una sonrisa en los labios. Sus seguidores bajaron la cabeza respetuosamente en cuanto llegó.
-Maldito seas – Midnite lo miró con odio - ¡No puedes hacerme esto! ¡Se suponía que yo era neutral!
-Tú mismo lo has dicho: eras neutral – Samael se cruzó de brazos – Tus días de tibio han terminado. La situación ha cambiado. Las cosas no son ya grises: o estás con nosotros o estás contra nosotros. No existen más los términos medios. Esta es una santa cruzada contra los pecadores y lo que vosotros no entendéis es que si os oponéis a mí, seréis destruidos. Así de fácil.
-¡Que le den a tu “santa cruzada”! – exclamó Midnite, enojado - ¡Cuando Constantine venga, personalmente pateara tu culo hasta el mismo Infierno!
Samael alargó una mano. Uno de sus ángeles se acercó y le puso en ella una filosa daga.
-¿Sabes? En realidad si bien te necesito con vida, eso no quita que no pueda torturarte un poco. Después de todo, eres un pecador, Papa Midnite… te has juntado con demonios y hasta puede que hayas tenido comercio carnal con ellos – el arcángel frunció el ceño – Estás corrupto… y yo debo purificarte.
Le hizo un tajo en la cara. Midnite gritó.  

***  

Sabriel lo llevó hasta la guarida secreta de Samael y juntos trazaron su plan. Para John, no era complicado. Sólo tenia que aparentar que había mordido el anzuelo que sus enemigos le habían tendido. Y eso hizo: caminó lentamente hasta la entrada del depósito, donde un par de fornidos sujetos montaban guardia.
-Hola, amigos. ¿De casualidad, alguno de ustedes tiene fuego? – preguntó, mostrándoles su cigarrillo apagado.
Los ángeles se volvieron hacia él, desplegando sus enormes alas amenazadoramente.
-Supongo que eso significa “no”.  

***  

Lo llevaron al interior del edificio, prisionero. Samael le esperaba. Midnite estaba a su lado, en muy mal estado. John observó que tenía varios cortes encima.
-John… - murmuró, mirándolo.
-Midnite – Constantine se mordió el labio inferior. Miró a Samael con odio - ¿Qué le hiciste?
-Oh, nada serio. No he tocado ningún órgano vital e importante. Sólo fue un precalentamiento… una entrada hasta la llegada del plato principal. Y veo que ya está aquí – el arcángel sonrió con malevolencia – John Constantine, el pecador más grande de todos. Volvemos a vernos las caras.
-Ya no hablas con acento tan “bíblico” como antes, Sammy – se burló John - ¿Qué pasó? ¿Al fin te diste cuenta que sonabas muy ridículo?
-Mófate mientras puedas. Lo cierto es que has sido lo suficientemente estupido como para caer en mi trampa.
-Oh, vale. He picado. Que miedo – Constantine se encogió de hombros - ¿Y que te propones hacer conmigo?
-¿Y tú que crees?
-Sí. Ya. Matarme y todo eso. Pero aun eliminándome, resulta que no tendrás las cosas fáciles. Hay otros que quieren pararte…
-¿Te refieres a Sabriel y sus seguidores? – Samael rió – Son poca cosa. Apenas una molestia, nada más.
-Yo también lo soy… y, sin embargo, te has tomado muy enserio el trabajo de eliminarme. Ahora, antes de morir, yo te pregunto: ¿Qué sentido tiene lo que haces? Dios ha muerto. ¿Acaso crees que hay alguien allá arriba al que le importe un carajo el castigo de los pecadores?
-Allá arriba ahora está Gabriel, el blasfemo. Cuando terminemos nuestra tarea en la Tierra, volveremos al Cielo y le plantaremos batalla. Yo derrotare a ese inicuo y recuperaré el Paraíso.
-…Y lo gobernaras después. ¿O acaso me equivoco? Oh, ¿no les has contado a tus seguidores esa parte del plan, verdad? – John miró a los demás ángeles que los rodeaban. Sus caras mostraban confusión – Sí, veo que no se los ha contado, chicos. Pero es verdad. Cuando su jefe derrote a Gabriel, planea convertirse él mismo en su sucesor. ¿No me equivoco, no? Te gusta el poder, ¿verdad, Samael? Que todos te teman y respeten. Antes sólo eras un simple arcángel que obedecía a Dios. Poco más que “el chico de los recados”. Ahora que Papi ha muerto, consideras que el trono que dejó vacío te pertenece por derecho, ¿verdad?
-¡Calla! ¡Cierra tu sucia boca! – estalló Samael, enojado - ¡No sabes lo que dices! ¡No entiendes ni la mitad del asunto!
-Explícamelo. Tengo todo el tiempo del mundo – Constantine se llevó un cigarrillo a la boca y lo encendió. Midnite lo observó, incrédulo. ¿Acaso John tramaba algo? Tenía que ser. No podía ser que se hubiera dejado capturar así como así. No. Tenía que tener un plan… de lo contrario, podrían darse por muertos.
-¡Ese puesto debería ser MIO! – dijo el arcángel, exasperado. John sonrió. Había picado el anzuelo de su manipulación psicológica. Estaba reaccionado como lo esperaba - ¡Yo era el más poderoso del Cielo! ¡No Miguel, ni Rafael, ni siquiera Uriel! Si nuestro Padre algún día se iba… si nos abandonaba por alguna razón, yo debía ser el heredero natural de Su trono. ¡YO! ¡No ese engreído de Gabriel! ¡Ese corrupto, inicuo, blasfemo! ¡Ese usurpador, sucia bestia andrógina! ¡Ese… ese…!
De repente, Samael enmudeció. Parpadeó, confundido.
Sus ángeles, sus seguidores, lo estaban observando. Por primera vez, lo miraban a los ojos.
-Samael… has cometido un pecado – dijo Zafiel. Había sido el ángel que le acercara la daga con la que torturó a Midnite – Uno muy grave: soberbia.
-¿Qué decís? ¿¡Acaso os habéis vuelto locos de remate todos!? – los miró, furioso - ¡Bajad vuestras miradas! ¡AHORA! ¡Mostradme el respeto que me debéis, la sumisión! – ninguno de ellos le obedeció. Todos se limitaron a observarlo, viéndolo por primera vez como era realmente: un pecador, soberbio y egoísta.
-Parece que te has quedado solo, Sammy – se burló John – Tu mascara se ha caído. Que pena.
-Tú… Tú… ¡Hijo de Perdición! ¡Lengua viperina!
-Gracias. Yo también te quiero.
-¡Te mataré! ¡Te mataré por esto! – Samael esgrimió su daga. Se volvió hacia Midnite - ¡Pero antes, veras morir a tu amigo! ¡Su agonía será un bálsamo, comparado con lo que te espera a ti!
-Sí. Debí suponerlo – cuando el arcángel le dio la espalda, tranquilamente John metió una mano entre sus ropas – Lo bueno es que he venido preparado para esta eventualidad…
Sacó la espada angélica que Sabriel le había entregado. Sin perder tiempo, se la clavó en la espalda. La hoja de la cuchilla lo atravesó, surgiéndole por el pecho. Samael gritó. Se produjo un fogonazo de luz y estalló un trueno. Cayó al piso, fulminado.
-Es curioso, pero tus hombres me detuvieron y nunca me registraron. Creo que en el fondo, siguen siendo ángeles: cerebros de pajarito bastante ingenuos.
 Zafiel, Mikael y los demás ángeles presentes reaccionaron tarde. Su error le vino bien a Sabriel y sus seguidores, quienes estaban aguardando ese momento para entrar, las armas en alto. Prácticamente, no tuvieron que tirar un solo tiro: muerto Samael, todos alzaron las manos, rindiéndose.
-¿Cómo la llevas, Midnite? – Constantine lo desató. El otro lo miró, tambaleándose.
-Algún día, vas a tener que decirme cómo haces esas cosas, John – suspiró.
-¿La verdad? Sólo ha sido pura suerte. Si me hubiesen registrado cuando me capturaron, estábamos perdidos. Sólo deje que el azar decidiera.
-¿El azar? – Midnite estaba indignado - ¡Que le den al azar! ¡Es un autentico milagro que todavía estemos con vida!
-El Hacedor de Milagros ya no está por aquí – John miró a Sabriel – Aunque hay quién cree que no hemos visto lo ultimo de Él… quizás tenga razón. Aunque dudo mucho que “La Resurrección: Parte Dos” llegue a ser un éxito. Dicen que Segundas Partes nunca han sido buenas.
-¿Sabes qué opino yo de eso?
-No, Midnite. ¿Qué?
-Que si en esa hipotética secuela vuelve Dios y arregla todo este desastre, yo me apunto para ver esa película.
Constantine sonrió. Le palmeó el hombro.
-Vamos, amigo… Salgamos de aquí.  

Epilogo  

Los Ángeles. California.
Tiempo después…
Sabriel se encontraba sentada en el banco de una plaza pública bajo la luz del Sol de la tarde, leyendo un libro, cuando John llegó y ocupó el lugar vacío a su derecha. Rebuscó en el interior de su gabardina oscura y sacó la espada angélica. Se la tendió a la arcángel.
-Quédatela – Sabriel sonrió. Llevaba unas bonitas gafas de Sol sobre su pálido rostro – Podría llegar a servirte de nuevo en el futuro.
-Pero es tuya – replicó él.
-Ya no la necesito – disimuladamente, Sabriel se desabrochó la chaqueta que llevaba puesta y le mostró la culata de una pistola – Ahora manejo otro tipo de armas, digamos más acorde con el mundo donde vivimos – hizo una pausa. Ocultó la pistola - ¿Cómo está Midnite?
-Se ha ido. Dejó la ciudad en el primer autobús que consiguió.
-¿De verdad?
-Fue idea mía. Los Ángeles no es territorio seguro para él ahora. Ya no. No mientras siga habiendo tipos como Samael sueltos por ahí, listos para castigar a los “pecadores”.
-Entiendo.
-¿Y que hay de sus seguidores? ¿De verdad ya no volverán a hacer de las suyas?
-Hemos capturado a todos. Te garantizo que no volverás a oír de ellos nunca más.
-Lo que debería ser todo un alivio, si no fuera porque es como dije antes: todavía hay más ángeles caídos dando vueltas, por allí fuera. ¿Qué pasara ahora? ¿Vendrán todos a por mí?
-Puede que algunos sí lo hagan. Puede que no. Confiemos en que la noticia de la muerte de Samael haga que al menos, se lo piensen dos veces antes de molestarte.
Constantine asintió. Se produjo un prolongado silencio entre ambos.
-Entonces… Esta es la despedida, nena.
-¿Vas a extrañar soñar conmigo, al menos? – preguntó Sabriel, sacándose las gafas oscuras y mirándolo. John suspiró ruidosamente – Eso quiere decir que sí, ¿verdad?
Como él no respondió, ella meneó la cabeza y sonrió con picardía. Se inclinó y lo besó suavemente en los labios. Luego, se puso de pie.
-Adiós, John Constantine. Hasta que nos volvamos a ver – dijo y se marchó caminando.
Él permaneció sentado en el banco de plaza, mirándola irse. No pasó mucho hasta que otra figura ocupó el lugar que ella había dejado vacío. Una figura que no llegó caminando ni volando. Simplemente, apareció allí.
-Tú y yo tenemos que hablar – dijo.
John resopló, indignado. Se prendió un cigarrillo, antes de dignarse a mirar al otro y dirigirle la palabra.
-¿Qué no voy a poder tener ni un solo puto segundo en paz? – protestó - ¿Y ahora que rayos quieres, Lucifer?
El “hombre” sentado a su lado soltó una carcajada. Estaba feliz de ser un incordio para Constantine, de perturbarlo. Pero no había venido por eso. Tenía motivos serios, muy serios, como para dejar su hábitat sobrenatural.
-Tenemos que hablar, John – repitió el Diablo – Sobre un asunto que pide a gritos solución. Un asunto llamado “Gabriel”… 

FIN
(Por ahora…)